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OPINIÓN i

El deber no conoce fronteras

El Museo de Historia Natural de Nueva York ha cancelado un homenaje a Bolsonaro en una de sus salas. Es nuestra obligación que los políticos peligrosos no ganen espacio global

Brazilian President Jair Bolsonaro is drenched with rain during a downpour as he attends a ceremony to mark Army Day, in Brasilia on April 17, 2019, two days ahead of the actual celebration date. (Photo by Sergio LIMA  AFP)
Brazilian President Jair Bolsonaro is drenched with rain during a downpour as he attends a ceremony to mark Army Day, in Brasilia on April 17, 2019, two days ahead of the actual celebration date. (Photo by Sergio LIMA / AFP) AFP

El presidente Jair Bolsonaro iba a ser homenajeado por la Cámara de Comercio Brasil-Estados Unidos el próximo 14 de mayo. La celebración tendría lugar en el Museo de Historia Natural de Nueva York. La reserva del espacio fue hecha con antelación, y la administración del Museo entendía el evento como un negocio respetable: Brasil es un país importante para el comercio estadounidense, ¿cuál sería el problema en hospedar el evento? El homenajeado. En los últimos días, cientos de mensajes llenaron los buzones del museo solicitando la cancelación de la actividad. Bolsonaro no podría ser homenajeado en un espacio educativo y de cultura universal. Él, decían, representa una amenaza a los valores democráticos y a los derechos humanos.

La administración del museo se vio ante un malestar: el buen negocio se transformó en un dolor de cabeza en el que judíos, negros, mujeres y ambientalistas fueron algunos de los grupos más activos en la defensa de la cancelación. En los términos de la buena educación estadounidense, el primer mensaje público de la institución decía, en inglés, estar "profundamente preocupados, y explorando nuestras opciones". En el estilo elíptico del enfrentamiento diplomático, este fue el primer anuncio de que el museo cancelaría la presencia de Bolsonaro como homenajeado. Dos días después, ya en portugués y sin rodeos, se apresuró a anunciar la cancelación: “El Museo agradece a las personas que expresaron su opinión sobre el evento. Entendemos y compartimos su preocupación (...) Estamos profundamente preocupados por los objetivos declarados de la actual Administración brasileña”.

La prisa en actuar vino de varios frentes. Bill de Blasio, alcalde de Nueva York, fue uno de los que se pronunció. Describió a Bolsonaro como "ser humano peligroso, no solo por su evidente racismo y homofobia: desgraciadamente también es la persona con mayor poder de impacto sobre lo que pasará en la Amazonía de aquí en adelante". Algunos entendieron su pronunciamiento como un gesto de imperialismo. Sin embargo, es un error de lectura: no hay soberanía o nacionalismo que justifique la violación de derechos humanos que se pone en marcha en el país. En menos de 100 días de Gobierno se ha producido un aumento de la violencia policial y de la persecución a profesores y movimientos sociales, que se sienten intimidados en cuanto a su participación política.

Tan grave como las medidas concretas de restricción de la sociedad civil es el revisionismo histórico que Bolsonaro intenta imponer a Brasil y al mundo. Una de sus obsesiones es reescribir la historia de las dictaduras militares de América Latina como revoluciones o transformaciones culturales de progreso: fue rechazado en Chile, donde hizo homenajes públicos al dictador Augusto Pinochetglorificó al dictador Alfredo Stroessner; y atizó a los militares brasileños a celebrar la fecha del golpe militar de 1964 como fiesta.

Hubo reacciones sin fronteras al revisionismo histórico inconsecuente, pero ninguna como la respuesta del presidente israelí Reuven Rivlin después de que Bolsonaro tratase de enseñar a los judíos a lidiar con el propio pasado del Holocausto. En el corto intervalo entre los dos mensajes públicos del museo, Bolsonaro arriesgó su miopía revisionista hacia la política de Israel. "Podemos perdonar, pero no olvidar", dijo. "Aquellos que no olvidan el pasado están condenados a no tener futuro". El atrevimiento de Bolsonaro llevó a Rivlin a responderle a la altura: "Nunca olvidaremos y nunca perdonaremos: nadie mandará al pueblo judío a perdonar y ningún interés va a comprar ese perdón". El recado sobre "comprar perdón" también iba dirigido a Bolsonaro, que acababa de regresar de Israel de una visita en la que ambos países discutieron sobre sus respectivas políticas económicas y militares, y sobre la promesa de traslado de la Embajada brasileña en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Su respuesta final fue un tonto pedido público de excusas: "Me quieren alejar de los judíos", dijo.

Este episodio, que se inició de la forma más prosaica —el Museo de Historia Natural de Nueva York desconocía a la persona a ser homenajeada— mostró la importancia de la globalización de la participación política. No hay nacionalismo que justifique el silencio ante violaciones de derechos humanos. Y no todo pronunciamiento internacional es un gesto de imperialismo: es solidaridad internacional a los intentos indebidos de emergencia de líderes populistas que violan derechos fundamentales, como es el caso del presidente brasileño. Hay una responsabilidad que debe ser compartida entre los países: los derechos de las mujeres, los derechos de las minorías éticas y raciales o el cuidado al medioambiente son deberes de protección sin fronteras. De directores de museos a ciudadanos anónimos en las redes sociales, es nuestro deber resistir que políticos peligrosos ganen espacio global. Bolsonaro no será homenajeado en un museo.

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