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La polarización reduce las opciones moderadas

Los aspirantes más cercanos al centro político, salvo Ciro Gomes, han sufrido una pérdida importante en la intención de voto y no han logrado unificar sus candidaturas

A las nueve de la mañana del 25 de septiembre había convocada, en una sala del Instituto de Abogados de São Paulo, una reunión para tomar el control de las presidenciales brasileñas. Miguel Reale Júnior, exministro de Justicia, trataba de reunir a cuatro de los 13 candidatos en liza para las elecciones de este domingo, los de tendencias más centristas y resultados más mediocres en las encuestas. El objetivo: convencerles de que se uniesen. En una hipotética candidatura de consenso sumarían una intención de voto cercana al 17%, una fuerza que, por separado, no tenían para plantarle cara a la ultraderecha salvaje de Jair Bolsonaro. Esa reunión nunca llegó a celebrarse. Dos de los candidatos, precisamente los que tenían resultados más lamentables, Marina Silva (4% de la intención de voto) y Meirelles (un 2% o menos), se negaron a participar.

El candidato de centro-izquierda Ciro Gomes (izquierda) observa cómo la evangelista Marina Silva intenta atraer su atención durante el debate presidencial del pasado 4 de octubre
El candidato de centro-izquierda Ciro Gomes (izquierda) observa cómo la evangelista Marina Silva intenta atraer su atención durante el debate presidencial del pasado 4 de octubre AP

El martes la idea volvió a tomar fuerza. Esta vez fue un manifiesto firmado por unas 13.000 personas en redes sociales, en el que se suplicaba a los candidatos con posiciones más moderadas que fusionasen su candidatura. Bolsonaro se había disparado en las encuestas, el primer turno -este domingo- se acercaba y ya no se podían andar con bromas. “No podemos arriesgarnos a que Brasil sea un rehén de Gobiernos que ampliarán aún más la polarización del país”, decía el texto. A diferencia de la anterior propuesta, esta combinación incluía a Ciro Gomes, de centro-izquierda y tercero en las encuestas con un 11% de la intención de voto. La idea era que asumiese el control de la candidatura conjunta. De nuevo, el intento quedó en nada. Esta vez fue el candidato Geraldo Alckmin (PSDB, centroderecha) quien se negó: “Manifiesto sin autor, sin sentido y sin la menor posibilidad de que ocurra”, gruñó.

Ambas historias refuerzan la misma realidad: la penosa debilidad del centro político en estas elecciones brasileñas. Encuesta tras encuesta, timonazo tras timonazo durante nueve furiosas semanas de campaña, solo ha habido una constante: cuanto más bajaba el índice de indecisos, menos votos tenían los candidatos que decían representar las ideologías más moderadas. Hasta el punto de que la única forma que tienen de ser relevantes es a través de una coalición de candidaturas tan imposible que ha tenido que fracasar varias veces antes de que la idea se abandone.

A un día de las urnas, los indecisos suman un 5% del electorado; el radical Jair Bolsonaro es el favorito con el 40% de los votos válidos, seguido de Fernando Haddad, del Partido de los Trabajadores (PT), con un 22%. Al PT difícilmente se le puede considerar radical, pero por ahora Haddad se ha esmerado en mostrar solo su lado más cercano a la izquierda. Y los cinco candidatos de centro, en su combinación más generosa, se quedan en un 22%: algunos no llegan ni al 3% de la intención de voto. Gane quien gane este domingo, el centro habrá perdido.

“Parte del descontento con el sistema político se materializó en el odio al Partido de los Trabajadores. Y el antídoto a eso ha sido el crecimiento del protofascismo [por Bolsonaro]. Este sentimiento no se ha concretado en un candidato equilibrado, sino que se ha establecido en los extremos”, opina Pedro Ivo, portavoz del partido de Rede Sustenabilidade, de Marina Silva. Cuando esta evangélica moderada se presentó en 2010 y 2014, obtuvo alrededor 20 millones de votos. Este año comenzó con un 16% de los votantes; ahora tiene 4%.

Muchos otros repiten el patrón de Silva: representan proyectos políticos solventes hace años, que fracasaron gradualmente según Brasil se fue descalabrando en los últimos años y ahora han llegado a estos tensos comicios para morir. Henrique Meirelles, por ejemplo, encarna el actual gobierno de Michel Temer, el cual, con un 3% de aprobación es el más impopular de la historia democrática brasileña: el candidato tiene un 2% de la intención de voto. Geraldo Alckmin es el exgobernador de São Paulo, de sobra conocido por el votante y uno de los pesos pesados de su agrupación, el Partido de la Social Democracia Brasileña: tiene un 8% de la intención de voto.

Entre tanto nombre que se ha quedado por el camino destaca el del superviviente Ciro Gomes. El candidato de centro-izquierda comenzó como el tercero con 11% del voto y con esa cifra se ha mantenido hasta hoy, sin crecer pero también sin enflaquecer. Hace semanas, un 11% era una cifra raquítica para un candidato, de centro o de donde fuera. Estos días, en los que prácticamente ningún otro aspirante llega al 10%, convierte a Gomes a el unicornio que muchos esperaban en estos comicios: una alternativa al PT que no sea Bolsonaro.

Gomes es además quien menos problema tendría en derrotar a Bolsonaro en la segunda vuelta, según las encuestas. Tras años de dilatada trayectoria en varias agrupaciones, este candidato gran baza es su capacidad de formar alianzas en un hipotético segundo turno, donde podría hacer lo que justamente pocos esperan de Haddad: unir varias agrupaciones en contra del ultraderechista. Especialmente aquellas que se pueden ver tentadas por los números de Bolsonaro en las encuestas y buscar una alianza con él que acerque al país todavía más al abismo.

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