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La más bella historia de la libertad

Albania era el primer país al que los pasaportes de Franco prohibían expresamente el viaje

Un retrato de Enver Hoxha en un edificio. michel Setboun (Corbis via Getty Images)

Puede discutirse si Enver Hoxha fue el más cruel de los dictadores de su tiempo, pero no puede discutirse que —por comparación con Hitler y Stalin, con Mussolini y con Franco— fuera también el más guapo. El dato parece frívolo o banal hasta que entendemos que esa mezcla de su inhumanidad y ...

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Puede discutirse si Enver Hoxha fue el más cruel de los dictadores de su tiempo, pero no puede discutirse que —por comparación con Hitler y Stalin, con Mussolini y con Franco— fuera también el más guapo. El dato parece frívolo o banal hasta que entendemos que esa mezcla de su inhumanidad y su carisma resultó necesaria para, encerrado allá en Albania, convertirle asimismo en el más longevo. Alguien dejó dicho que, para ser un genocida, Stalin no había sido un mal poeta en georgiano. De Hoxha podría decirse algo parecido. En sus años jóvenes, era el partisano que no eructaba proclamas, sino que citaba a Diderot. Y en su vejez, parecía —rodeado de mujer, hijos y nietos— el patriarca de un anuncio de planes de pensiones. En octubre de 1981, el Politburó, siguiendo la costumbre, fue a su casa a felicitarle por su cumpleaños: lejos de la pleitesía ante un tirano, creeríamos estar en un homenaje al emocionado presidente de la red de concesionarios de Peugeot. Pues bien: en los meses siguientes, 12 integrantes de ese Politburó iban a caer, unos ejecutados, otros encarcelados y alguno incluso llevado al suicidio. A su colaborador de cuatro décadas, Mehmet Shehu, no le valieron de nada las 40 páginas de “autocrítica”.

Sí, coincidir con Enver Hoxha, no digamos haber sido su amigo, era una tragedia que antes o después llegaba a su cumplimiento. Mató al cuñado que lo protegió. Al subalterno que lo libró de un golpe de Estado. Al camarada que le metió en el Partido Comunista. Al financiador del partido, “buen amigo mío”. Hoxha tenía, con todo, una fijación particular con sus compañeros de colegio: los fue buscando a lo largo de su vida hasta no dejar ni uno. Sabiha Kasimati, una de las primeras científicas de Albania, tuvo que morir a culatazos porque las balas del pelotón no terminaron de acertar con ella. ¿Cuál había sido su delito? Reírse alguna vez de Hoxha en el instituto. Para redondear sus crímenes, el dictador solía encargarse de hacer desaparecer los restos y, así, no dejar ni el consuelo de una tumba. Era su firma de autor. Matar, sin embargo, nunca debió de resultarle suficiente, de modo que Hoxha escribió 13 volúmenes de memorias para remachar los ajustes de cuentas.

A nadie le extrañará que, en la Albania de Hoxha, donde estaba prohibido tener pollos “privados”, solo funcionara el espionaje de la Sigurimi. Para 1990 sus archivos contenían un millón de documentos, más o menos uno por albanés. Habida cuenta de que Hoxha había muerto cinco años antes, cabe postular que ningún dictador tuvo el poder que tuvo él: incluso después de su muerte todavía se alzó en su honor, en el centro de Tirana, una pirámide. La megalomanía faraónica de Hoxha, en efecto, había sido la de encerrarse y enterrarse con sus súbditos: por eso fue más estalinista que la URSS y luego más maoísta que China, hasta convertir a Albania en un Palmar de Troya del marxismo-leninismo. Aunque quizá el Palmar no sea un buen ejemplo: Hoxha había abolido la religión, celoso de que los albaneses tuvieran cualquier lealtad que no fuera la suya.

Hasta mediados de los ochenta, Albania fue el país más pobre de Europa y el más cerrado del mundo. La lengua, la bandera y hasta la sintonía —bien marcial— de Radio Tirana le conferían una seducción algo sombría, que en España fue aún más poderosa: por esos azares del orden alfabético, Albania era el primer país al que los pasaportes de Franco prohibían expresamente el viaje.

Hoy Albania es una de las historias más hermosas de la libertad en un mundo que vuelve a verla amenazada. Hoxha controlaba todo lo que se leía, pero se le coló un libro de literatura extranjera, y nunca ha habido un título más prestado que los cuatro ejemplares de Hojas de hierba, de Walt Whitman, que por error alguien había depositado en la biblioteca de agronomía.

Y Hoxha construyó cerca de 750.000 búnkeres en un país del tamaño de Galicia: eran un símbolo de vigilancia, pero para muchos albaneses también iban a ser el lugar donde descubrir esa otra libertad que es el amor.

Han pasado cuatro décadas, y en aquella Albania atea hoy conviven ortodoxos, católicos, musulmanes y, por supuesto, ateos. El país de las crisis migratorias recibe inmigrantes. Aquella nación aislada llama ahora a las puertas de la UE. La pirámide en honor a Hoxha ha llegado a albergar un cuartel de la OTAN. Y la gastronomía dejó de ser una rama de la ciencia ficción hasta el punto de que los albaneses tienen ya uno de los mejores bares del mundo. Está, además, a pocos metros de la casa de quien fue su dictador. Al volver de Tirana es difícil sacar ninguna lección que no sea esta: no solo hemos de amar la libertad cuando nos falta.

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