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Imre Dobos, maestro de esgrima: “La estocada imparable no existe”

El instructor húngaro afirma que su pericia le ha sido útil en alguna pelea en el ‘metro’

Imre Dobos, maestro de esgrima. Albert Garcia

Cuando el fotógrafo se disculpa por si no le estará haciendo adoptar alguna posición incorrecta, Imre Dobos sonríe lobunamente y la sonrisa se refleja en la guarda de su sable: como con Chuck Norris (Rip), con él no existe la posibilidad de un gesto de combate que no sea absolutamente preciso, perfecto. Imi Dobos (Budapest, 67 años) es maestro de esgrima, fundador de la Escuela Húngara de Esgrima de Barcelona,...

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Cuando el fotógrafo se disculpa por si no le estará haciendo adoptar alguna posición incorrecta, Imre Dobos sonríe lobunamente y la sonrisa se refleja en la guarda de su sable: como con Chuck Norris (Rip), con él no existe la posibilidad de un gesto de combate que no sea absolutamente preciso, perfecto. Imi Dobos (Budapest, 67 años) es maestro de esgrima, fundador de la Escuela Húngara de Esgrima de Barcelona, que cumple 30 años, y un acerado experto que ha dedicado toda la vida a la búsqueda de la excelencia con su arma y que ha enseñado a más de 10.000 personas los secretos de su disciplina. Alto y atractivo es un hombre amable y tranquilo aunque en el fondo de sus ojos de gato percibes una extrañeza magiar y una alerta; que no baja la guardia vamos.

Pregunta. ¿Cómo llega un esgrimista húngaro a Barcelona?

Respuesta. Con 27 años me escapé de mi país mientras hacía el servicio militar, deserté y pasé a Alemania, donde me concedieron asilo. En 1986 vine a Barcelona cuando concedieron las Olimpiadas a la ciudad: parecía un buen momento para la esgrima. Me ficharon como entrenador. Recuerdo haber hablado en una inauguración con Jordi Pujol en alemán. “Muy bien, muy bien”, me dijo, “ahora tienes que aprender catalán”.

P. ¿Tenía antecedentes esgrimísticos?, usted, no Pujol.

R. No, yo quería ser futbolista, pero en la Hungría comunista hacías lo que te decían, ellos establecían en qué deporte lo harías mejor. Mi madre quería que fuera alguno de blanco, tenis, gimnasia deportiva o esgrima. Fue esgrima. Tuve la suerte de formarme con el maestro Borsodi, el último de los que revolucionaron la esgrima húngara de sable. Tenía 85 años.

P. Sable.

R. Siempre sable, tras un año de florete al principio de todo. Es el arma de más éxito en Hungría. La esgrima húngara viene fundamentalmente de la caballería que usaba sobre todo el sable. Es el arma más dinámica, es tan distinto al florete y la espada, por la rapidez, la filosofía, la toma de riesgos. El sable es… como cuando en un castillo ya no queda casi nadie vivo y los últimos veinte abren las puertas para una salida desesperada, suicida, contra diez mil turcos. Kirohanas decimos en húngaro, correr sin cabeza, hay muchas historias así en Hungría.

P. ¿Le gustan los húsares? Su Nobel, László Krasznahorkai, los detesta.

R. Supongo que por eso no es muy querido en Hungría. Yo tampoco soy de húsares y todo ese rollo nacionalista, se convirtieron en símbolo del hungarikum, la hungaridad tópica. Hay gente ultra que se pone la chaqueta de húsar, el dolmán o atila para marcar, gilipollas.

P. ¿Qué es para usted la esgrima?

R. No tengo una idea romántica, pero cuando te engancha te engancha. No es por las armas. Es porque ningún otro deporte te da tanto la oportunidad de mezclar juego mental y físico. Hay un nivel de estrategia muy grande. Se la compara con el ajedrez, y es verdad. Curiosamente, he aprendido más esgrima enseñándola que practicándola. Siento mucha responsabilidad; de mis siete maestros, a los que no podía tutear, cuatro fueron campeones olímpicos. Siempre pienso qué pensarían de cómo enseño. Me siento parte de esa cadena. Con esa perspectiva te impones no hacerlo mal.

P. ¿Qué aporta la esgrima?

R. Da mucha agilidad, coordinación, elasticidad, concentración y potencia la decisión rápida. En el momento en que lo haces realmente bien llega la soltura: eres rápido y efectivo, pero sin tensión.

P. ¿Ayuda a defenderse en la calle?

R. Para eso tendrías que llevar el sable. Pero en realidad, sí. Yo he ganado alguna pelea en el metro gracias a la esgrima, por el sentido de la distancia, la anticipación, el tempo, dominas el uno contra uno.

P. ¿Cree que está mal vista hoy la esgrima?

R. No, no, para nada. Algunos la consideran elitista, y es cierto que competir es caro. Por otro lado, si no compites, puede volverse monótona. Se la ha relacionado con lo militar y la violencia, pero es sin duda el menos agresivo de los deportes de combate. En realidad, no hay choque directo y el material es muy seguro.

P. ¿Ha visto algún accidente?

R. No, nunca, sé que los ha habido, aunque creo que tienen que ver con un exceso de competitividad y poca responsabilidad por parte de los maestros. No se deben enseñar o alentar acciones que pueden ser peligrosas. No buscar atajos, no saltarse la convención.

P. ¿Existe la estocada imparable?

R. No, la esgrima es un círculo, empiezas con la acción más sencilla y se va complicando hasta volver de nuevo a lo más sencillo. La estocada de los 200 escudos no existe, lo siento. Siempre hay una reacción que la neutraliza.

P. ¿Su acción favorita?

R. El tocado a tempo en la mano.

P. ¿Qué es lo mejor en el cine?

R. Me encanta La princesa prometida, pero lo mejor es El prisionero de Zenda; Tim Roth en Rob Roy, Los duelistas, esgrima más sucia, más de combate real; El desafío. El Zorro impresiona a la gente que no sabe. La esgrima teatral es distinta. Cuando ves hacer una pirueta, olvídala: si la hicieras en un duelo real, estarías muerto. Puedes hacer cosas vistosas en una secuencia de duelo en el cine o el teatro, pero hay límites…

P. ¿Hay diferencia entre hombres y mujeres en la esgrima?

R. Como en el tenis, en igualdad técnica, gana el hombre por el físico.

P. Denos dos consejos para mejorar la esgrima.

R. La constancia y las ganas continuas de aprender. Yo sigo aprendiendo.

P. Les ha hecho publicidad Rosalía.

R. Sí, como en su día Madonna. Pero, ¿sabes?, Rosalía lleva en el vídeo un sable de zurdo, ¡en la mano derecha!

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