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Albert Serra en los Goya: una acomplejada faena de aliño

El cineasta catalán recogió el premio a la mejor película documental por ‘Tardes de soledad’, pero prefirió no hablar de toros

El cineasta Albert Serra, durante su intervención en la gala de los Premios Goya.David Sorrakino Europa Press

Si había alguna duda de que Tardes de soledad, la película dirigida por Albert Serra y protagonizada por el torero Andrés Roca Rey, está concebida y rodada como un alegato antitaurino, quedó ampliamente despejada en la gala de los Premios Goya del cine español, celebrada anoche en Barcelona.

Decepcionantes, muy decepcionantes las palabras del cineasta catalán tras recoger el Goya a la mejor película documental.

Ya es extraño, muy extraño, que la Academia del Cine Español, integrada mayoritariamente por antitaurinos (a un actor, actriz, director o directora hay que buscarlos con lupa en una plaza de toros), conceda un galardón a un trabajo audiovisual que supuestamente demande los valores de la tauromaquia.

Así, la voz en off que acompañó el trayecto del premiado entre la butaca y el escenario ya aclaró que Tardes de soledad “es para unos una película taurina, y para otros una película en la que se muestra el gran sufrimiento y la agonía del animal”.

Pero era una noche de reivindicaciones y no solo del cine español; desde la tragedia de Gaza a la represión de Donald Trump, las amenazas de la violencia machista o contra la infancia.

Y Albert Serra se plantó ante el micrófono, y cuando se suponía que, muleta en mano, afrontaría con valor y vergüenza torera el difícil toro de reclamar el contenido de su obra artística ante un público nada cercano a la causa (le estaban escuchando el presidente del Gobierno y el ministro de Cultura), se lo pensó mejor, prefirió unos mantazos por la cara, huyó con descaro del compromiso, desaprovechó la oportunidad taurina de su vida y no tardó más de un minuto en entrar a matar y esconderse tras las tablas.

Y, claro, no hubo bronca, sino una ovación de gala.

Serra pronunció un brevísimo discurso para no decir nada; nada sobre la tauromaquia, se entiende. Dio las gracias a los técnicos de imagen y sonido de la película, y se enredó en una sombría y engorrosa explicación sobre el choque entre lo político y lo ideológico con la intimidad.

No pronunció la palabra toro, ni torero, ni tauromaquia, ni fiesta… Ni siquiera citó a su protagonista, Roca Rey, que no estaba presente en la sala, y queda la duda si fue invitado a la gala.

Una acomplejada faena de aliño fue la intervención de Albert Serra. Si le gustan los toros, si su obra es taurina, era la ocasión más propicia para defenderla de todos los que la denostan. Pero se decantó por lo políticamente correcto para no molestar al público.

Es una pena que no hace mucho recogiera con todos los honores el Premio Nacional de Tauromaquia con el apoyo incondicional de la Fundación Toro de Lidia, que de nuevo ha errado el tiro.

Tardes de soledad será, sin duda, un buen experimento cinematográfico, pero no es una película de toros. En todo caso, una sucesión de primeros planos de sangre, violencia, sudor, dolor y crudeza. Quién sabe si este el motivo que sustenta sus premios.

Y prueba de ello es que su director tiró la toalla y se parapetó en el callejón cuando la afición —todos aquellos que han creído ingenuamente que habían encontrado un intelectual adicto a la causa taurina— esperaba que cortara orejas y rabo en una plaza tan difícil.

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