A veces, solo a veces
Un día las máquinas escribirán como Lorca. Aunque nada sabrán de los lugares perdidos, de los rincones de ayer, de esos bares hondos dónde nos comíamos los labios
La noche se hace redonda, espuelas y llantos. Y los cables cantan sangre de cobre. Delante, la plaza vacía de la pantalla. Un día las máquinas escribirán como Lorca. Las teclas abrirán el vientre de los números. Escarbarán la tierra. Y nos quedaremos a solas con nuestros ojos rojos. Seremos esos hombres huecos, sin pupilas, que ni miran ni ven.
Las teclas son como dientes que muerden el aire dormido. ...
La noche se hace redonda, espuelas y llantos. Y los cables cantan sangre de cobre. Delante, la plaza vacía de la pantalla. Un día las máquinas escribirán como Lorca. Las teclas abrirán el vientre de los números. Escarbarán la tierra. Y nos quedaremos a solas con nuestros ojos rojos. Seremos esos hombres huecos, sin pupilas, que ni miran ni ven.
Las teclas son como dientes que muerden el aire dormido. Un día las máquinas escribirán como Lorca. Tendrán crines, cascos, truenos, serán árboles como verdes cuchillas, serán noches que se ahogan. Un día los datos nos falsearán hasta los sueños, los trenes caminarán hacia atrás y los aviones despegarán sin sentido, porque no tendrán dónde ir.
Un día nos acordaremos de lo que fuimos, de las muchachas en las calles, de los árboles en los parques, del cielo hecho un caimán con ojos de nubes. Miraremos el termitero de las palabras como cosas ajenas. Alguien estudiará lo que fuimos, indagará cómo ardía la vida, como era el abril, y palomas a mil, y algún que otro melenudo que había por entonces, que escribía cosas así.
El pájaro ya voló, voló ya el pájaro, y no lo decía por decir. Lo decía porque la luz que uno pisa tampoco se repite. Porque un día te topas con una ciruela parada bajo el cielo, y eso no es un decir. Porque un día te tragas una rebanada de pan pringado, de pan perdido, de molleja, de lo que sea, y fuera está el sol segando el trigo, fuera está el cielo que corre con los ojos abiertos que parecen liebres.
Y no lo decía por decir, sino porque un día, una noche, una mañana, una tarde, hubo manos, de esas que revuelan como pájaros, de esas que se pasan la vida como el gavilán, oteando, planeando, y abajo, debajo, suave y lento, el vientre. Por ahí las manos van, rápidas como tordos, o quizás sean sisones, o becadas, manos que son palabras que son aves. Y ahí, agarradas a los huertos, truenan, bailan, no se callan, remontan el cielo.
Y aquel peñón, y aquella perdiguera, las manos no se olvidan, ellas son pájaros, como ellos todo lo recuerdan. Un día nos acordaremos de lo que fuimos. Nos acordaremos de que van pasando las horas y no vuelven y tampoco vuelve el que me quiere, sus labios de corcho fino, así lo recuerdo, con toda esta cebada que ha sido nuestra, con todo este trigo, en lo blanco blanco, en lo verde verde, cuando nadie quería dormir, cuando todo eran horas y labios, y sólo pájaros en la mirada.
Un día las máquinas escribirán volando en bandada, aunque nada sabrán de lo que es un día que apunta, a qué sabe, a avellana o a ciruela. Nada sabrán del frío que te pasa la navaja sobre el cuerpo, y que, a veces, solo a veces, eso te pasa, el gran amor. Nada saben de los lugares perdidos, de los rincones de ayer, de esos bares hondos dónde nos comíamos los labios. Nada saben del corazón caballo loco, al galope, del aire grande alto, como una fiesta, porque así es la vida, a veces, con los ojos a voces, con los labios hechos pájaros.
Así las horas que has vivido, nombres, fechas, lugares, así todos los insomnios. Así, a veces, vivimos, pasados tantos años, saliendo de nuevo a pleno día, los pulmones llenos a reventar, pintando de rojo las paredes, buscando el día que se abre, el vuelo de los pájaros. Así, a veces, vivimos, en horas altas y a plena calle, y la noche se alza de puntillas para apuntalar, para dar ese beso que ni el olvido robará, ese beso que ninguna máquina podrá quitarte, ni a porrazos, ni con las pinzas.
Y luego la habitación, y luego el armario, la cama, la luna, y el desviste, y se desviste, y se miran y miran, las bocas se expanden y luego llegará el día y entonces el adiós, y luego todo recomenzará, nunca igual como si nada. Fuera, el ruido de la calle, como el del mar cuando muere sobre la arena, y luego llega el amanecer de gallo en gallo, y entonces sabemos que la vida es así. Se pierde como el eco de un disparo en el valle y, a veces, el aire huele a humo, huele a pólvora, dispara sus balas.
Y entonces sabemos, lo sabemos, que la vida ha sido, ha podido ser, arder y arder y arder. Nada de máquina fría, siempre el calor de un pecho, la vida de una mano, y las palabras que se dicen y que calan dentro, que llegan muy cerca del corazón, que ahí dentro se adentran. Y luego llegará ella, la que quieres que venga lo más tarde posible, y que ningún trasto, ningún cacharro jamás, sabrá lo que es saber que ella vendrá, que ella, a cada minuto, va a llegar.
Vendrá poco a poco para no alertar. Usará los zapatos de servicio, vendrá con las zapatillas en la mano, para no hacer ruido, y sabes que ella quizás no estará cuando te caiga el telón encima, pero no importa: habrás vivido sin plomo en las venas.