Los tres
Orbán, Meloni y Kast buscan reordenar el Estado desde dentro: devolverle dirección, capacidad de mando y sentido de disciplina. No reniegan de la democracia, pero buscan reequilibrarla en favor de la autoridad y del ‘carácter’

Su asistencia al encuentro ‘Escudo de las Américas’, convocado por Donald J. Trump en su campo de golf de Doral, en Florida, generó de inmediato una identificación del nuevo presidente chileno con el “trumpismo”. Su improvisada visita a Javier Milei, a horas de ser electo, tuvo una lectura semejante. Pero conviene no confundirse: si se busca el parentesco de Kast con la familia conservadora que hoy se expande en el mundo, no es en la rama Trump-Milei donde hay que mirar, sino en la que encarnan Viktor Orbán y Giorgia Meloni, primeros ministros de Hungría e Italia, respectivamente, por quienes el presidente no ha ocultado su admiración.
La similitud no es evidente a primera vista, pero se vuelve más nítida al observar la trayectoria y el tipo de proyecto político que encarnan.
Los tres se inscriben en tradiciones donde el orden y la autoridad ocupan un lugar central. Orbán se formó bajo un régimen autoritario —el comunismo húngaro—, donde el orden emanaba del Estado y descendía verticalmente sobre la sociedad. Meloni proviene de la tradición posfascista italiana, articulada en torno a la nación, la autoridad y la jerarquía. Kast, por su parte, se formó bajo la dictadura de Pinochet, a la que estuvo ligado por razones ideológicas y familiares.
También sus partidos responden a una lógica similar. Fidesz, Fratelli d’Italia y el Partido Republicano son maquinarias de poder aceitadas, no partidos testimoniales. Su energía no se destina a procesar discursivamente las diferencias internas, sino a planificar y ejecutar estrategias, marginando sin vacilar a las disidencias. Son organizaciones articuladas en torno a un líder, que privilegian la cohesión y la eficacia por sobre la representación o la pluralidad. Nada de esto se observa en Trump o Milei: ambos descansan en círculos personales estrechos y en movimientos altamente personalistas.
La afinidad es también de proyecto. Orbán, Meloni y Kast buscan reordenar el Estado desde dentro: devolverle dirección, capacidad de mando y sentido de disciplina. No reniegan de la democracia, pero buscan reequilibrarla en favor de la autoridad y del ‘carácter’, aun si ello implica ajustar reglas y procedimientos. No pretenden destruir el sistema que los llevó al poder, ni ensayar experimentos doctrinarios, ni gobernar desde la pura gestualidad personalista. Son insiders: no buscan incendiar la casa, sino restablecer jerarquías y redefinir su funcionamiento. En eso se distinguen de manera nítida de Trump y Milei.
Orbán, Meloni y Kast comparten una dimensión aún más fundamental: la nostalgia por una comunidad perdida. De ahí que la política no sea concebida como un espacio de agregación de intereses —como lo entiende el liberalismo progresista— sino como resguardo, o recuperación, de un cuerpo colectivo que se percibe amenazado o derechamente extraviado.
A eso responde el énfasis en la seguridad, la recuperación del orden y el control de fronteras. Pero no basta con eso. Más importante aún es cultivar el sustrato moral en que esa comunidad reposa y que encuentra en la religión una de sus principales fuentes. De ahí que Meloni insista en la tríada “Dios, patria, familia”, o que Orbán hable, sin tapujos, de la defensa de la Europa cristiana ante la invasión islámica. Kast, en su última visita a Orbán, en febrero pasado, declaró que “al igual que Hungría, Chile valora las sociedades tradicionales basadas en la familia”. No se trata de una copia, sino de la recuperación de los fundamentos del viejo conservadurismo chileno, como señaló el historiador Cristián Garay en una entrevista a El Mercurio del 15 de marzo de 2026. En los tres casos, no se trata solo de gobernar mejor, sino de recomponer el orden moral de la comunidad.
En el caso de Hungría, ese alineamiento ha exigido un esfuerzo ingente orientado a la conquista de la hegemonía cultural. Como señaló The Economist el 11 de marzo de 2026, desde 2010 Orbán ha “reconfigurado metódicamente la vida mediática e intelectual” de ese pequeño país centroeuropeo, para lo cual ha recurrido al control estatal de los medios de comunicación y de la vida académica, así como al abuso de poder en la arena electoral. Todo ello tiene un costo. Lo resumió con dureza László Krasznahorkai: “De 10 millones de habitantes, hoy en día seguimos teniendo un millón de alcohólicos. En pleno régimen de Orbán, me sorprende que sólo haya un millón”.
Pero las cosas últimamente se han complicado, al menos para dos de los tres.
Giorgia Meloni sufrió su primera gran derrota electoral desde que asumió el poder en 2022, con el rechazo reciente a su reforma judicial en un referéndum. En las próximas elecciones parlamentarias de Hungría, previstas para abril, las encuestas dan a Orbán como perdedor, aunque pocos creen que aceptará el resultado. En tal caso, Krasznahorkai recomienda a sus compatriotas huir. ¿Adónde?: “¡Lo más lejos posible! ¡Que corran y corran muy lejos! Espero que nos acojan, solo somos unos pocos millones. No creo que haya, en ningún otro país que no sea formalmente una dictadura, el riesgo de ser duramente castigado por tus opiniones críticas.”
Como se ve, la rama europea de la ola conservadora —la más cercana al presidente Kast— no atraviesa su mejor momento. La otra, la de Trump, menos todavía. Conviene mirarlas, entonces, no solo como modelos de ascenso, sino también como experiencias expuestas al desgaste y al declive.
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