Oasis
Chile vive una transición inédita, y aunque hay escaramuzas menores, entre los que salen y los que entran, el 11 de marzo asumirá en completa normalidad un nuevo Gobierno tras un ciclo electoral competitivo y un mandato ciudadano indiscutible

En un continente donde la política se siente como un volcán en constante erupción, el Chile de hoy se parece más a un oasis que al epicentro de una tormenta. No se trata de negar las tensiones internas ni de sugerir que el país está libre de problemas estructurales, sino de señalar una calma relativa e inusual en un momento regional de alta intensidad política y conflictividad institucional. Esta calma estival no es ausencia de política, sino una pausa narrativa y estructural que invita a la reflexión y al análisis.
En octubre de 2019, solo 10 días antes de que Chile entrara en uno de los ciclos de desborde de la protesta social más intensos de su historia reciente, el entonces presidente Sebastián Piñera describió al país como “un verdadero oasis” en el convulsionado paisaje latinoamericano. Era una estupenda frase destinada a transmitir estabilidad, pero la historia la convirtió en triste ironía. Un poco más de seis años después, en febrero de 2026, la idea del oasis reaparece, pero ya no como autocomplacencia, sino como descripción realista del clima social que vive el país. Chile atraviesa un momento de calma relativa, especialmente si se lo compara con el entorno regional. Y esa calma merece ser leída con cuidado, porque el silencio o la omisión también puede ser un dato relevante.
El país vive una transición inédita, y aunque hay escaramuzas menores, propias del momento, entre los que salen y los que entran, el 11 de marzo asumirá en completa normalidad un nuevo Gobierno tras un ciclo electoral competitivo y un mandato ciudadano indiscutible. Mientras tanto, la política visible se mueve a menor intensidad; no hay grandes protestas, ni crisis institucionales abiertas. El debate público está concentrado en asuntos que no incendian calles, sino que ocupan oficinas, en temas como déficit fiscal, diseño presupuestario, ajustes administrativos, estrategias de seguridad pública. Más gestión que épica. Más cálculo que consigna. En una región donde la política suele dar sorpresas, Chile se ve, por ahora, más silencioso y calmo, un verdadero oasis. Pero que la política se escuche menos no significa que la sociedad esté más tranquila. Puede significar simplemente que el malestar cambió de forma.
Un reciente estudio global de Gallup ofrece una pista relevante. Al preguntar cuál es el principal problema que enfrenta cada país, la respuesta dominante es la economía. Le siguen trabajo, política y seguridad. El punto clave no es el ranking, sino el mecanismo. La preocupación económica no se correlaciona de manera significativa con el crecimiento del PIB. No es la macroeconomía lo que organiza la ansiedad social, sino la experiencia cotidiana. Es decir, si el ingreso alcanza o no, si el arriendo pesa demasiado, si la deuda asfixia, si el empleo ofrece o no estabilidad real. La economía, hoy, es una vivencia antes que un indicador. Este hallazgo del estudio permite entender algo decisivo: el conflicto no necesita necesariamente manifestarse como protesta masiva para existir. Puede instalarse como preocupación persistente, como inseguridad material sostenida, como evaluación constante del presente. De manera que Chile puede estar en una calma visible y, al mismo tiempo, vivir bajo presión permanente. El informe muestra otro dato relevante: cuando cae la confianza en las instituciones, la política misma pasa a ser percibida como el problema. En esos contextos, la frustración no se canaliza necesariamente de inmediato como movilización; primero aparece como desafección, escepticismo, distancia. De manera que la calma puede ser una señal de gobernabilidad, pero también puede significar el agotamiento ciudadano con la política.
En este escenario, la narrativa de un Gobierno de emergencia, instalada acertadamente por el presidente electo, no contradice para nada la idea del oasis; más bien la interpreta cabalmente. El oasis describe la superficie, una baja conflictividad visible; la emergencia describe el fondo, la percepción extendida de riesgo en seguridad, migración y economía. Si la seguridad se instala como prioridad dominante, cambia la vara con que se evalúa al Estado. La ciudadanía no juzga solo por intenciones o discursos, sino por capacidad efectiva; por resultados concretos, por control del entorno inmediato. Y esa evaluación es más exigente que cualquier consigna partidaria.
El oasis chileno de febrero de 2026 puede ser una tremenda oportunidad. Una ventana para ordenar prioridades, fortalecer la gestión y reconstruir la anhelada confianza sin el ruido permanente de la crisis. Pero también puede ser el preludio de la tormenta, porque todos sabemos que los problemas estructurales de Chile siguen ahí, inmutables, acechando el futuro. La evidencia comparada sugiere que las sociedades hoy no necesariamente estallan de inmediato; primero acumulan, evalúan y esperan. La pregunta no es si Chile está en calma, la pregunta es qué sostiene esa calma. Si se sostiene en expectativas, puede convertirse en legitimidad: si se sostiene en cansancio, puede transformarse en ruptura. Efectivamente, Chile parece hoy un oasis en el paisaje regional, pero no porque esté libre de tensiones, sino porque esas tensiones parecieran estar contenidas, reordenadas y, quizá, temporalmente suspendidas, en una especie de periodo de gracia sin plazo conocido.
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