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Una vida en 14 canciones

Mauro Libertella estructura ‘Canción, llévame lejos’ en capítulos de no más de diez páginas, cada uno dedicado a una canción, con la brevedad y síntesis que ellas exigen

Toda generación tiene un soundtrack particular. O al menos eso subyace a Canción, llévame lejos, un libro entrañable en el que Mauro Libertella (1983) pasa revista a un cancionero personalísimo desde el cual intenta dar cuenta no solo de su vida, sino de una generación —la suya— en un tiempo y un espacio particular. Al más reciente volumen del argentino subyace la idea de que siempre habrá un puñado de canciones y tres o cuatro discos —o así habrá sido, al menos, antes del streaming— que marcan a fuego a quienes viven la adolescencia o la primera adultez, esa etapa en la que ya no somos niños, pero en la que todavía no hemos tomado esas decisiones que dan un rumbo definitivo a nuestra vida.

Los catorce capítulos que componen el libro están dedicados a esas canciones que el autor escuchó en su etapa formativa —y a las bandas y discos que les dieron vida— y que lo han acompañado desde entonces. Al modo de las compilaciones domésticas que tan de moda estuvieron hasta principios de los 2000 —primero en cassettes, luego en CDs—, el escritor argentino selecciona canciones desde las cuales explora algunas señas de su propia identidad. El rock juega aquí una función protagónica, pues, como afirma el autor, “la juventud pide ese tipo de relación obsesiva y excluyente con algo, y el rock tenía todo para ocupar el espacio imposible de una totalidad”.

En Canción, llévame lejos la ligereza de la crónica calza muy bien con el formato breve de las piezas que describe. Aquí no tenemos sesudos análisis de cantatas, sesiones de jazz ni obras ambiciosas del rock progresivo; por el contrario, Libertella estructura su compilado en capítulos de no más de diez páginas, cada uno dedicado a una canción, con la brevedad y síntesis que ellas exigen. Así, el autor va desde los tangos que escuchaba su padre hasta el britpop de los 90, pasando por los clásicos del rock argentino —Charly García, Fito Páez— y los grandes artistas anglo de la segunda mitad del siglo XX —los Beatles, los Rolling Stones o Bob Dylan—. Como todo compilado, este mix conjuga distintos géneros, ritmos y lenguas, dando como resultado un volumen equilibrado y sugerente, que invita a buscar y escuchar las canciones sobre las cuales trata.

Libertella es muy consciente del poder de este arte. Como dice en el prólogo del libro, “pasar música es muchas veces manipular las emociones ajenas, sin el sentido peyorativo que se le adjudica al término manipular. Es guiar a otros —quienes escuchan— por un campo minado”. La invitación que nos hace, por tanto, es a seguirlo en sus descubrimientos estéticos, en su educación sentimental y en el cultivo de un fanatismo donde las bandas dan forma a un modo de ver el mundo, donde rockeros irredentos y al mismo tiempo sensibles han abierto una puerta desde la cual se puede comprender mejor todo aquello que nos rodea.

El anecdotario desde el cual recorre estas canciones entremezcla sus experiencias personales con los relatos legendarios acerca de sus ídolos. Está cruzado por los conciertos a los que el autor asistió (o a aquellos a los que sus padres no le permitieron ir), por los discos que él y sus amigos escucharon hasta el hartazgo o por los artistas que marcaron una época de sus vidas. Aparece Carlos Menem lanzando diatribas contra los Guns N’ Roses, los encuentros entre Bob Dylan y los Beatles en un hotel en Nueva York o David Bowie con un dulce colgándole de un ojo en la mitad de un concierto.

A pesar de dedicar algunos capítulos a artistas algo más de culto —Stampone y Expósito, Franco Battiato o Nick Cave—, la mayor parte de las canciones elegidas son la música que sonó masivamente, tanto para su generación nacida a mediados de los 80 como aquella que había sonado en la época de sus padres. Así, no teme volver sobre Fito Páez y sus discos superventas, sobre Nirvana y su clásico concierto en los MTV Unplugged, sobre los Rolling Stones, artistas que dan forma a una época completa. Y, en esa misma línea, no deja de lado el humor para situar en un lugar absolutamente central a los Beatles, que bien podría merecer ese reconocimiento. Dice Libertella: “Es lícito sentenciar que no se puede confiar en una persona a la que no le gusten los Beatles. No hay puntos medios en este asunto, no se trata de una exageración y mucho menos de una boutade. Los Beatles son un límite indestructible, quizás el único consenso planetario que tenemos: adentro de su órbita, todo lo que está bien; afuera, una tierra yerma, llena de contornos dramáticos, de pura confusión estética”.

Una de las grandes virtudes del libro radica, quizás paradójicamente, que la música no es lo más relevante del volumen. Con toda la importancia que se le otorga, es la voz del autor, entremezclando el ensayo, la crónica y el relato, lo que da una forma universal a este mix: es el modo de hablar de las canciones de nuestra infancia (y no los temas específicos de Roberto Goyeneche), de la experiencia del primer concierto de rock o de los descubrimientos que hacemos en nuestros veintes los que permiten sintonizar con Canción, llévame lejos. Es a partir de una voz propia, por tanto, que volvemos a escuchar esta música desde un nuevo lugar. Así, no es este un canon de las mejores canciones ni de los grandes éxitos, sino un compilado capaz de transmitir una experiencia vital con su propio soundtrack, ejercicio en el que cada lector puede sentirse parte. Es ahí, creo, donde radica el éxito con que Libertella lleva a cabo su empresa.

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