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Mujeres que han hecho historia(s) en EL PAÍS

La conversación entre la sociedad y el diario tiene en el feminismo uno de sus capítulos más relevantes. Charo Nogueira, Pilar Álvarez e Isabel Valdés, redactoras especializadas en igualdad en distintas etapas del diario, comparten anécdotas y luchas. De la defensa del divorcio y el aborto a la trágica estadística de la violencia de género

Manifestación en Bilbao por el Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo de 2018.VINCENT WEST (REUTERS)

Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma, reza la reflexión atribuida al dramaturgo estadounidense Arthur Miller. La conversación que han mantenido la sociedad española y este periódico en los 50 años que ahora celebramos ha tenido en el feminismo uno de sus capítulos más relevantes: el uno y la otra han caminado juntos desde los tiempos en que se desperezaban los derechos al divorcio, los anticonceptivos o el aborto hasta el papel determinante que jugaron las periodistas de este y otros medios en el éxito de ...

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Un buen periódico es una nación hablándose a sí misma, reza la reflexión atribuida al dramaturgo estadounidense Arthur Miller. La conversación que han mantenido la sociedad española y este periódico en los 50 años que ahora celebramos ha tenido en el feminismo uno de sus capítulos más relevantes: el uno y la otra han caminado juntos desde los tiempos en que se desperezaban los derechos al divorcio, los anticonceptivos o el aborto hasta el papel determinante que jugaron las periodistas de este y otros medios en el éxito de la multitudinaria manifestación y exitosa huelga de mujeres de 2018, que hicieron soñar con la consolidación de una cuarta ola de igualdad. En el restaurante Malpica de Madrid se reunieron muchas de ellas un mediodía de aquel año para organizar la lucha del 8 de marzo. El sotanillo del local estaba a reventar y muchas compañeras se sentaban en las escaleras. “Las periodistas paramos”, fue el lema, y España entera tuvo noticia de ello cuando la televisión fue a negro y los diarios amanecieron sin firmas de mujeres. A aquel encuentro en el sótano, que hoy es un almacén, asistió una nutrida representación de EL PAÍS, entre ellas Pilar Álvarez e Isabel Valdés; también fue Charo Nogueira, que había trabajado 25 años en el periódico. Las tres han vuelto a reunirse en el establecimiento siete años después, entre salmorejo y tortellini, para rememorar cómo este periódico forjó su diálogo feminista con la nación.

Bajo el cabello blanco de Nogueira, de 66 años, bullen decenas de anécdotas, como aquel viaje a Suecia en la primavera de 2007 para contar cómo el Estado de bienestar favorecía la igualdad entre mujeres y hombres. “Entrevisté incluso a la obispa de Estocolmo, lo que además me permitía poner la palabra obispa en el texto. Y lo hice, pero me colocaron una cursiva porque no figuraba en el diccionario”, ríe. El lenguaje, herramienta del periodismo, lo ha sido también de la lucha feminista. Homicidio o asesinato, violencia de género o violencia machista, juez o jueza, gestación subrogada o vientres de alquiler, personas gestantes o mujeres sin más. Todas esas discusiones se han dado en este periódico, no pocas veces con la Real Academia Española (RAE) como una china en el zapato. La RAE, excusa de quienes se resistían a incorporar nuevos conceptos, y la RAE otra vez, que no quería que el Gobierno bautizara su ley como de Violencia de Género, recuerda Nogueira. Pilar Álvarez (48 años, 18 de reportera en EL PAÍS, donde ha estado al frente de la cartera de igualdad) sigue irritándose cuando alguien dice que las mujeres tienen más “sensibilidad” para cubrir determinadas noticias: “Sensibilidad no, oigan, oficio, conocimientos, bagaje”.

Si hace décadas se optaba por poner en los reportajes “organizaciones de mujeres” para no espantar a quienes se espantaban con la palabra “feminista”, hoy el asunto de la terminología sigue siendo endiablado. El Libro de estilo del periódico asentó “vientres de alquiler”, por ejemplo, pero el concepto abre frentes en algunos colectivos, que hasta pueden negar la palabra a las periodistas en el ejercicio de su trabajo. Valdés, de 40 años y 13 como redactora en EL PAÍS, lo sabe bien: “El periodismo debe renovar su compromiso con la terminología, como se hizo siempre: no se trata de no enfadar a nadie, sino de elegir. ¿Ponemos homicidios solo porque lo pidan las fiscalías cuando sabemos que la inmensa mayoría de los crímenes contra mujeres son asesinatos bien premeditados?”. Enfrascadas en el lenguaje, Nogueira se quejará de “personas gestantes o menstruantes” y Valdés dirá que conoce alguna trans que lo es. “Me parece una falta de respeto a las mujeres”, insiste la primera. Y su debate es el vivo reflejo del que este periódico ha sostenido durante décadas para afinar su redacción y revisar el criterio editorial al son de los tiempos. El Libro de estilo, que ha plasmado en sucesivas ediciones el destilado de esas discusiones, incorporó en 2021 criterios para informar sobre violencia machista y vigilar el sexismo en el lenguaje. Pero ya en 1980, ese manual exigía decir diputada y abogada y ministra, algo que no era común en la época. Tampoco se estilaba entonces mencionar a las mujeres solo por su apellido, se decía Margaret Thatcher o señora Thatcher. EL PAÍS decidió equilibrar el tratamiento de ambos sexos.

En general, las periodistas se dieron a la tarea de fabricar sus propias claves para tratar los temas de igualdad, que no siempre eran bien recibidas entre sus compañeros. La redacción gusta recordar cuando el periódico, a inicios de este siglo, decidió hacer su propia contabilidad de las mujeres asesinadas. Nogueira comunicaba los casos que pasaban por sus manos a Mercedes Chuliá, del departamento de Documentación. Cuando el Gobierno decidió poner en marcha esa estadística para uso común, solicitó el archivo del periódico porque los datos oficiales hasta entonces eran “incompletos, sesgados y retrasados”, dice Nogueira, autora de La mujer que dijo basta. La larga lucha por la igualdad y contra la violencia de género en España (1970-2017) (Libros.com). Cada año el periódico se hizo eco de la trágica realidad de cientos de mujeres maltratadas y decenas asesinadas, de la brecha salarial que no acaba de cerrarse, de la enésima disputa sobre la capacidad de las mujeres de decidir sobre su propio cuerpo. Y EL PAÍS fue el gran foro para el debate.

En 2017, las protestas por el caso de La Manada cristalizaron en las grandes convocatorias del 8 de marzo de 2018 y 2019. “Entonces las periodistas nos preguntamos: ¿y nosotras qué?, ¿qué hay de lo nuestro, cuántas somos jefas o corresponsales, cuántas opinan, cuánto cobramos las mujeres en el periódico?”, dice Álvarez. “De ahí surgió la creación de la corresponsalía de género, una herramienta que buscaba también facilitar la interlocución de las periodistas con la dirección”. Ella fue la primera en desempeñar el cargo, que también existe en las redacciones de EL PAÍS en Argentina y México.

El movimiento de las mujeres fue arañando cuotas de poder. Se celebraba el nombramiento de cada redactora jefa, cada corresponsal, la primera defensora del lector… Hasta que se nombró la primera directora del periódico, Sol Gallego-Díaz, que encabezó entre 2018 y 2020 el destino de un diario que siempre fue progresista en asuntos de igualdad.

“El periódico sigue teniendo músculo feminista”, asegura Álvarez. “Aquel glamur, si es que fue moda, dejó un poso intelectual, colectivo, en esa materia”, pero es consciente de que ahora no está el horno para bollos, con la ultraderecha pisando fuerte y dejando consignas ramplonas y antifeministas que, añade Valdés, “van calando en la sociedad y quizá también en el ánimo del periódico”. “Este aniversario es crucial para decidir en qué creemos, cómo y de qué escribimos”, añade. “Dónde estamos y dónde queremos estar, que tiene que ver con qué periódico queremos y qué sociedad queremos. Hay que pensar y decidir de nuevo”. El feminismo es una lucha que siempre empieza.

Lo que sí se ha conseguido, dice Valdés, actual corresponsal de género y autora de Violadas o muertas (Península), es convencer de que quienes cubren feminismo “no son activistas, al contrario, centran el debate, lo alejan del sesgo histórico”. “Es una cuestión de estar al lado de los derechos humanos”, remata Nogueira. “Exacto, lo mismo que estar en contra de los genocidios o del racismo”, zanja Valdés.

Entre mayo de 1976 y mayo de 1977, cuando se cumplió el primer cumpleaños del periódico, se publicaron en portada 465 fotos: dos tercios tenían a hombres como protagonistas. En las 53 en las que aparecían mujeres, 38 estaban identificadas con su nombre, y 11 eran de la reina Sofía. Medio siglo después, el recuento ha mejorado: de las 823 fotos publicadas en primera en 2025, la mitad eran mujeres, reflejo del cambio social y político, aunque muchas, 130, están colocadas en pequeño bajo la cabecera, un lugar destinado a menudo a temas culturales o de espectáculo. Álvarez cita una frase que menciona la periodista Macarena Baena: “No se trata de hacer más historias de mujeres, sino de meter más mujeres en las historias”. En eso, el periódico y la sociedad también van de la mano.

En 2010, EL PAÍS creó su blog de mujeres, en 2017 se despojó de los anuncios de contactos. Aun antes cesaron las colas en el pupitre de Nogueira para preguntar por qué la nueva ley de Violencia de Género agravaba algunas penas a los hombres frente a las mujeres por idéntico delito, o por qué seguían matando si se había hecho una ley. “Porque las leyes no acaban con los delitos”, contestaba ella. Más quisiéramos. Ahora, sugiere Valdés, “hay que hacer un esfuerzo sobre el tratamiento de la violencia sexual, que es lo que menos entiende la sociedad, también dentro del periódico”. Cree, sin embargo, que los jefes han ido cambiando, “sobre todo, los responsables de la sección de Sociedad”, donde se han cocido siempre los debates de mayor carga feminista.

“Ingeniero industrial acusado de parricidio” se titulaba el primer caso de asesinato machista que contó este periódico en 1976. Es irresistible resumir aquella media columna de tribunales: el susodicho, “acusado de depresión endógena y alcoholemia crónica”, padecimientos que “disminuyen” su voluntad, disparó contra su esposa. El abogado defensor argumentó que en realidad quería suicidarse. Pues menos mal que lo desarmó un vecino, porque también “intentó matar a su madre política”. España ha cambiado, pero se enfrenta a días de furia en esta materia y el buen periodismo tiene que seguir propiciando el diálogo de la nación consigo misma.

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