Purgas internas y tutela externa: el chavismo reconstruye su fe sobre las ruinas de Maduro
El oficialismo estaba preparado para morir, pero no para someterse a Estados Unidos. El nuevo liderazgo de Delcy Rodríguez desplaza al círculo de influencia del matrimonio presidencial y se rodea de nuevas lealtades

Durante meses el chavismo se preparó para morir, pero no para salir malherido. De todos los escenarios que se plantearon durante la ofensiva de Donald Trump contra Nicolás Maduro, que se lo llevasen vivo no estaba en los planes de nadie. “Yo en mi vida había agarrado una pistola, un fusil… y me preparé en estos meses para asumir cualquier situación que se presentara, pero no esta”, cuenta un miembro destacado del oficialismo. La dirigencia chavista estaba convencida de que Estados Unidos acabaría invadiendo Venezuela por tierra y bombardeando sitios estratégicos, y que entonces reaccionarían como auténticos soldados de la revolución. “Habríamos volado las refinerías y los campos petroleros”, dice. Pero los sorprendieron.
El propio Maduro tenía previstos varios escenarios. No su secuestro. Estaba decidido a morir en la batalla, cuentan a EL PAÍS algunos de sus allegados. Menospreció la amenaza y cuando comprobó que Trump iba en serio, ya era tarde. En unas horas estaba en una prisión de Nueva York, mientras su círculo más cercano se recuperaba de la conmoción y —bajo sospechas de traición— tomaba las riendas de un país intervenido a partir de ese momento por su mayor enemigo: Estados Unidos.
Tres meses después de aquel 3 de enero, el chavismo sigue en pie por razones que no coinciden con las que el movimiento proclama. Ni la unidad indiscutible ni el “patria o muerte” que el oficialismo sigue pronunciando alcanzan a explicar por qué no han estallado sus costuras.
Las razones son más prosaicas y hay que ir levantando capas para encontrarlas, aunque una sola palabra puede resumir bien el momento actual: supervivencia. Arriba, los hermanos Rodríguez —con el apoyo de Diosdado Cabello— recomponen el entorno más cercano al poder, desplazando sin aparentes resistencias al círculo de Maduro y su esposa, Cilia Flores. Abajo, el núcleo duro, más fanático, se sostiene obediente, aunque humillado por la intervención. Y en medio, otros sectores, entre ellos los militares, que tratan de no perder peso. El antiimperialismo, columna vertebral del proyecto de la Revolución Bolivariana durante casi tres décadas, está siendo lo más difícil de tragar.
“El chavismo es más una religión que una ideología”, advierte un dirigente. Y como toda religión, sobrevive con un núcleo fervoroso, un cinturón de creyentes que asisten al culto con más o menos fe y una buena dosis de doctrina para sostenerse. También de intereses económicos. Y como en toda iglesia, hay ateos.
Tras la conmoción del 3 de enero, dudar, en lugar de considerarse una traición —el fanático lema del chavismo—, fue un derecho. “Era natural, pero las dudas que pudieron surgir en la confusión se disiparon con el pasar de las horas y los días”, concede uno de los aliados de la nueva presidenta encargada. “Luego todo se acomodó. Hay confianza en lo que se está haciendo. No cuestionamos las decisiones”. Dice Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y presidente de la Asamblea Nacional, que el chavismo está más unido que nunca. La frase, pronunciada en su entrevista con EL PAÍS, suena exagerada, pero sí es cierto que el movimiento se sostiene, muta y obedece. Por las buenas o por las malas.

Mientras el círculo de Maduro seguía en estado de shock, el mundo observaba con desconcierto cómo la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez ocupaba el poder en un país quebrado y exhausto. Se pensó que, después de 27 años, el chavismo caería, que María Corina Machado volvería como líder indiscutible. Sin embargo, el plan de Estados Unidos pasaba por respaldarla. Sin fisuras. Trump quería estabilidad y no repetir errores como los de Irak o Libia, donde sacó de cuajo a sus gobernantes y sembró el caos. ¿Pero lo lograría después de que Maduro armase a la población civil para protegerse? Aquella insurrección armada nunca llegó a ocurrir.
Tras el ataque, todos los ojos se volcaron entonces en Diosdado Cabello, el todopoderoso ministro del Interior que controla el submundo represivo del chavismo. El secretario general del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), el partido de Gobierno. La pieza clave —dicen las fuentes consultadas— para que no se desatase una guerra. “Como los Rodríguez, Diosdado también quiere sobrevivir”, cuenta una fuente ajena al chavismo que conoce bien las entrañas del oficialismo. “Diosdado es radical porque está dispuesto a llevarse por delante a cualquiera, pero es pragmático”, advierte un analista venezolano que, para hablar con mayor libertad, prefiere hacerlo bajo anonimato. Enseguida, los Rodríguez y Cabello comenzaron a aparecer juntos en todos los actos oficiales como señal de unidad. Allí, al menos, no había grieta.
Cabello, sancionado por Estados Unidos, no se rebeló como muchos predijeron y ejerce de tercera pata del poder. “Diosdado es la figura que garantiza la cohesión del chavismo de base”, cuenta una fuente cercana al ministro. “Hay una falsa percepción de que Diosdado, por la manera como se expresa, es extremadamente dogmático, pero es un hombre flexible”, añade. Sabe además que para Washington su cabeza sigue teniendo un precio: 25 millones de dólares.
Mientras Cabello se mantiene y se refuerza —con gestos como el nombramiento de su hija como ministra—, varios alfiles intocables del chavismo han ido cayendo como peones en los últimos meses. Rodríguez ha cambiado al 40% de su gabinete, ha destituido al fiscal de Maduro, Tarek William Saab, y ha ido moviendo piezas para alejar de su estrecho círculo de confianza a aquellos que respondían al matrimonio presidencial. Hace una semana salió del Banco Central la excuñada de Maduro y está previsto un torrente de renuncias en el Tribunal Supremo, en el que Cilia Flores tuvo siempre una enorme influencia.

Rodríguez también sacó de su cargo al longevo ministro de Defensa, Vladimir Padrino, uno de los hombres más poderosos del régimen. Su figura y la de sus inmediatos subalternos habían empezado a generar un enorme rechazo en los cuarteles y era, a fin de cuentas, el máximo responsable de proteger al país de una invasión en una misión que fracasó estrepitosamente. Aun con todo, el relevo tardó dos meses en llegar. Hoy —por alguna misteriosa razón, más allá de que procede de una familia con producciones agrícolas— Padrino se pasea vestido de granjero como nuevo ministro de Agricultura.
Entre las purgas está también la de Álex Saab y la del empresario Raúl Gorrín, figuras clave del madurismo para el sostenimiento económico de la revolución. Ambos están entre rejas desde febrero y el porqué es uno de los secretos mejor guardados de Caracas. “Si están presos es porque algo han hecho”, responden fuentes del oficialismo. “Después del 3 de enero cayeron algunas máscaras”, añaden.
La clave está ahora en cómo se reacomodan las tres corrientes dominantes del chavismo, con intereses distintos pero obligadas a coexistir. El analista describe así esas fuerzas: “Hay un grupo pragmático, el de los Rodríguez, que mantiene un discurso duro, pero está abierto a ajustes y a negociar. Un bloque militar más corporativo que ideológico, con diferencias internas, pero unido por proteger su persona, familia y patrimonio. Y un grupo más ideológico que percibe los cambios como una amenaza a la revolución, pero se mantiene alineado porque fuera queda más expuesto”. Todos dependen, en ese equilibrio inestable, de Delcy Rodríguez: “Es quien puede ofrecer ahora mismo contención interna y alguna expectativa de negociación futura”.
¿Y qué queda del chavismo en la calle, su origen? La respuesta varía según quién la dé, incluso dentro del propio oficialismo. “Mientras más bajas en el territorio, menos dudas hay”, asegura un político chavista cercano a Miraflores. “Uno puede haber visto algunas dudas en algunos cuadros intermedios del partido a nivel estatal, pero a medida que tú te acercas a la base, ahí es un pueblo que tiene esto en su genio”.

Un colega de filas, sin embargo, reconoce que ha habido que desplegarse para tranquilizar a sus fieles: “Lo manejamos con supervivencia política, prudencia y comunicación directa. Nos hemos movido para explicar la situación. El mensaje es unidad, calma y cordura”. Ante las dudas, el propio Maduro escribió desde la cárcel, bendiciendo la gestión de su sucesora: “Hoy más que nunca, llamamos a seguir consolidando la paz del país, la unión nacional, la reconciliación, el perdón y el reencuentro de todos y todas”.
El veterano analista lanza su tesis, algo más demoledora: “El chavismo es ya un tema de élites. Lo de que los más pobres son patria o muerte es mentira”.
En la plaza Bolívar, en el centro de Caracas, tres integrantes de ese núcleo duro que la dirigencia dice intacto defienden sus lealtades al movimiento. Jorge Morales, pedagogo de 51 años, milita en el entorno de Chávez desde 1994 y reconoce que el sapo más difícil de tragar estos días es la intervención estadounidense. “Es una humillación… es muy difícil”, resume Morales. “Ya están aquí dentro. Ya lo tenemos en el país. Y no tenemos la capacidad de respuesta”, mantiene. Lo mismo siente Dairobi Horta Brito, de 47 años, que dirige la fundación Corazones de mi Patria, que forma a mujeres y reinserta familias vulnerables. “Negociar con Estados Unidos es pactar con el secuestrador de mis hermanos”, afirma.
Son lo que el propio chavismo llama “luchadores sociales de base”: gente formada políticamente en los años de Chávez, sin cargos de peso pero con presencia territorial. Ninguno cuestiona un movimiento que consideran imprescindible para que las clases populares y las minorías sean atendidas. Al contrario. Obedecen sin cuestionamientos. “Nosotros esperamos siempre la orden de nuestros máximos líderes”, admite Carlos Silvera, otro líder chavista de base de 44 años. Esa disciplina explica por qué la insurrección armada nunca llegó a ocurrir. “El pueblo no se levantó porque dejaron al mismo gobierno”, dice Morales.
La revolución, en cualquier caso, sigue perdiendo fuelle en la calle. Según encuestas privadas, el apoyo incondicional al chavismo no supera el 6%, aunque sube al 15% si se suman los sectores moderados de izquierda, más pragmáticos. Los expertos vaticinan que, mientras la economía no se recupere, la sangría continuará. Ahora mismo ni siquiera podría aspirar a ser un rival con posibilidades en unas elecciones libres. El chavismo lo sabe y gana tiempo. Así que por ahora —y mientras Trump no dicte lo contrario— el chavismo reconstruye su fe mientras su iglesia se vacía.







































