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En colaboración conCAF

Una expedición científica disecciona el Darién: así se hace inventario del corazón de la selva

Un grupo multidisciplinar examinó durante cinco días una de las zonas más biodiversas e inexploradas del mundo. Los expertos sospechan que varios de sus hallazgos son inéditos

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A las 9 de la noche, en el Darién sólo alumbran las estrellas. Apenas una tenue luz ultravioleta apuntando a una sábana blanca en medio de esta selva fronteriza entre Panamá y Colombia le hace competencia. Pocos minutos después de colocarla, se posa la primera polilla de las decenas que vendrán en la madrugada. Un majestuoso insecto de alas bioluminiscentes se cuelga frente a la atenta mirada de los biólogos Saúl Hoyos y Mauricio Mazo. “¿Por qué crees que van donde la luz?”, pregunta el primero. Mazo responde que hay varias teorías que pasan de la orientación lunar a la estrategia para zafarse de depredadores. “Una vez un profesor me dijo que van por curiosidad, que las respuestas a tantos porqués nuestros a veces es el juego. La naturaleza se las pasa jugando a los dados”, responde Hoyos. “A mí me gusta más esa teoría”.

Esa misma curiosidad fue la que acompañó a ocho biólogos a adentrarse en el inexplorado Tapón del Darién, un pedacito del Chocó biogeográfico, donde los académicos presumen que se atesora el 10% de la biodiversidad mundial. El objetivo era compartido: que la conservación llegue antes que los megaproyectos viales o los madereros. “Uno no puede cuidar lo que no conoce. Y en este territorio se han extinguido especies sin que supiéramos siquiera de su existencia”, lamenta Hoyos frente a una ruidosa quebrada. Esta frondosa selva, repleta de árboles centenarios y ríos infinitos no conoce el silencio. Los chillidos de los monos aulladores se turnan con el aleteo de los tucanes y el croar de ranas diminutas. Y casi siempre suena todo a la vez.

El sonido al que no está tan acostumbrado este imponente territorio de bosques nativos es al crujir de los pasos de humanos. Desde que llegó Donald Trump al Gobierno de Estados Unidos por segunda vez y disipó esta ruta como un puente al “sueño americano”, pocos se han atrevido a entrar en lo que se convirtió en la ruta más peligrosa de la región. Un año después, sólo queda el recuerdo de medio millón de inmigrantes que atravesaron en 2024 y los restos perdidos en la travesía: zapatos enlodados, linternas desteñidas, envoltorios de galletas y cobijas de bebés salpican los senderos que hoy transitan los biólogos ataviados con prensas, ganchos herpetológicos y cazamariposas.

El Chocó biogeográfico es la segunda reserva natural más extensa del planeta, después de la Amazonia y el 70% de su área está en jurisdicción colombiana. Su riqueza tiene que ver con una cadena de motivos únicos: el acceso al Océano Pacífico y al Mar Caribe, ser un puente de conexión entre el norte y el sur del continente, el aislamiento que proporcionó la Cordillera Occidental y la confluencia de vientos alisios que lo convirtieron en uno de los rincones más lluviosos del mundo. “Es imposible que, de un territorio como este, no salgan hallazgos importantísimos para el mundo”, resume Sebastián Vieira, director ejecutivo de la Corporación Salvamontes Colombia, la organización encargada de la expedición y quien invitó también a Víctor Quiroz, herpetólogo, Edwin Múnera, ornitólogo, Sebastián Arango, entomólogo, Álvaro Cogollo, botánico, y Valentina Nieto, ilustradora científica.

Durante cinco días, este grupo multidisciplinar compartió ilusión y conocimientos en una aventura que reavive el legado de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, un gran proyecto científico patrocinado por la Corona española en el siglo XVIII para estudiar, clasificar y documentar la flora de los territorios americanos, entonces bajo su dominio. El famoso botánico español José Celestino Mutis viajó hace 200 años junto a un centenar de investigadores e ilustradores científicos varias veces hasta producir el primer y más vasto legado de la taxonomía y la clasificación de especies y sus usos medicinales, esenciales hasta el día de hoy en Colombia.

Aunque el equipo de Salvamontes es modesto con la comparación, hay una distinción principal que subrayan con orgullo entre ambas expediciones: ahora son colombianos descubriendo Colombia. Valentina Nieto reconoce que soñó toda la vida con un proyecto como este y que las más de 6.000 ilustraciones científicas de Mutis han sido un referente en su carrera. Sin embargo, habla de dar un paso más: “Esta riqueza no se puede quedar en círculos académicos. Esto es patrimonio vivo, algo de lo que todos como colombianos nos tenemos que apropiar”, narra embadurnando de verde el pincel. “Ojalá poder contagiar a todos del amor que tenemos y el universo inmenso que existe en una orquídea de un centímetro o en una rana de cristal [denominada así por el vientre traslúcido por el que se ven sus órganos]”.

Media hora después de iniciar la ruta, Álvaro Cogollo, uno de los botánicos más reconocidos de Sudamérica y descubridor de unas 200 especies nuevas, frena en seco frente a un árbol. Da tres pasos hacia atrás, se acerca a los ojos los binoculares y termina por arrancar una rama. “Ustedes caminan y no miran”, espeta entre risas el ya retirado profesor con la muestra en la mano. “Fíjate en las tres nervaduras y en las hojas opuestas”, reflexiona en alto. Saúl Hoyos rumia unos segundos para tratar de adivinar ante qué están. “Pero mira este fruto seco, la yema terminal y el envés grisáceo...”, añade con una tímida sonrisa Cogollo. “Toca asegurarse en el laboratorio, pero estoy casi seguro de que es una especie nueva de Caryodaphnopsis y constituye el primer registro de este género para el Caribe colombiano”, cuenta ilusionado. Diez días después lo confirmará.

El arlequín atelopus fronterizo (una rana detallada sólo en Panamá y parte de una familia en peligro de extinción), una Schnella (de la familia de leguminosas) con tallo redondo y una división tenue de sus hojas, una Calathea lasiostachya que nadie había registrado en Colombia... En apenas cinco días en el Darién, los científicos sospechan que hay varios hallazgos que nunca han sido descritos en el mundo, raramente han sido vistos o son especies de las que no se tenía registros en Colombia. “El Darién es el Disneyland de los biólogos”, bromea Hoyos. En esta expedición se realizaron 95 colecciones botánicas y se registraron 59 especies vegetales conocidas, más de 100 especies de aves (entre ellas, 12 especies migratorias boreales y una especie casi amenazada según la UICN), 14 especies de insectos y 28 especies de herpetos (16 anfibios y 12 reptiles).

Algunas de estas sorpresas van más allá de ser nuevas para la ciencia, y dan cuenta de la pureza del ecosistema. “Haber encontrado Craugastor opimus (una pequeña rana color arena) es muestra de que el bosque en el que habita está en buen estado de conservación”, explica Víctor Quiroz, herpetólogo. Sebastián Arango, entomólogo, asiente: “Las libélulas que encontramos son un bioindicador muy positivo”. Este hotspot de biodiversidad y conservación, sin embargo, es tan rico como frágil. “Cualquier intervención humana podría cambiar por completo lo que estamos viendo hoy”, explica.

Cogollo prensa la nueva especie entre papeles de periódico y la alcoholiza esa misma noche junto a las flores y los frutos, para que puedan estudiarlo en detalle desde el laboratorio días después. Esta rutina se repite en las noches, junto a un trago de aguapanela, pedazos de carne ahumada y mil anécdotas de cada uno en otras selvas, otros ríos y con otros grupos. “La ciencia no la hace una persona; es un conocimiento colectivo. Nadie está viendo algo nuevo, estamos apoyados de un conocimiento que viene de atrás”, zanja Hoyos.

Sabinaria, “la palmera más bella de América”

La raíz de esta expedición tiene que ver con el descubrimiento de una palma. Para Rodrigo Bernal, una de las voces más conocedoras de palmas en América Latina, es la “más bella de América”. La Sabinaria magnífica —en honor a su hija, Sabina— fue descubierta por casualidad hace una década cuando en otra expedición al Darién iban en búsqueda de la Magnolia sambuensis. Los posteriores análisis permitieron corroborar que estaban frente a una familia nueva de palmas, un hallazgo que se da en botánica cada 90 o 100 años.

En esta sexta visita a campo, Hoyos corroboró que esta es una variedad endémica del Darién y que actúa como especie sombrilla, con un valor ecosistémico importantísimo. Sus amplias ramas son dobladas con cuidado por los murciélagos, que hacen de este un techo perfecto para cobijarse de la lluvia. Además, la sabinaria retiene las hojas que caen de otros árboles y las va vertiendo como un compostaje casero en el tronco, donde germinan también otras semillas.

Gracias al hallazgo y la financiación del International Palm Society, lograron inaugurar la Reserva de Sabinaria, de 50 hectáreas, donde respira algo más tranquila esta palmera endémica (y sí, magnífica). Esta protección, sin embargo, no pudo evitar que se traficara ilegalmente. En internet, esta planta oscila entre los 100 y los 900 dólares y se puede encontrar en plantaciones ornamentales de Hawái.

Los biólogos fruncen el ceño ante la rapidez de algunos pobladores en traficarla y lamentan que haya lucro desde la ilegalidad y que, por el contrario, descubrir y describir nuevas especies ni siquiera esté remunerado. “Lo hacemos porque nos gusta y porque sabemos que es importante”, cuenta Vieira. “Pero no sólo es que no nos pagan por hacerlo, sino que más bien nos cuesta a nosotros corroborar en laboratorio nuestras sospechas”.

Pero el goce es superlativo. Los ojos de los biólogos brillan como los de los niños en Navidad. Múnera chulea en una aplicación las aves que vio o escuchó; Vieira corre cuando ve un árbol caído para ver las plantas epífetas que crecen sobre ellos y Quiroz celebra al reconocer las ranas por su cantado. “Es una forma bonita con la que gastarse la vida”, resume Cogollo.

Las ‘hormigas’ del Darién

Entre los miles de árboles que techan la reserva, hay unos que sobresalen por sus hermosas hojas grisáceas. El yarumo, como tantas otras, tiene una relación simbiótica con las hormigas del territorio. Este ofrece huecos en su tronco y peciolo que le sirven de casa y estas, a cambio, se convierten en un ejército ante cualquier amenaza. Del mismo modo, pareciera que el Darién llegó a un acuerdo similar con este grupo de biólogos. La selva dejó que la caminaran y la estudiaran y este equipo prometió ser guardianes del territorio. Y a este ejército cada vez se le suman más soldados. Uno de ellos es don Walter Restrepo, habitante de una parcela colindante a la reserva que decidió complementar el negocio de la madera por el de la conservación, cediendo otras 50 hectáreas a esta misión.

Para este equipo, el giro de Walter es señal de que “logró ver” el territorio en el que habita. Nadie que sabe lo que tiene quisiera tumbarlo, aseguran. Es por ello que el profesor Cogollo insiste en empezar a mirar con sus mismos ojos exploradores. “El niño que vive cerca del páramo tendría que ir a conocerlo, el que vive al lado del manglar, que lo vaya a observar... En Colombia vivimos en un laboratorio científico”, explica desde una hamaca. “En este país nos toca aprender a mirar”.

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