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Tribuna

Plegaria de Pete Hegseth, en servicio religioso en el Pentagono

El secretario de Guerra de Estados Unidos pidió “una violencia absoluta contra aquellos que no merecen misericordia”

Pete Hegseth.Jonathan Ernst (REUTERS)

El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, organizó este miércoles el servicio religioso cristiano que adelantan mensualmente en el Pentágono. Su plegaria fue contundente. En su oración pidió “una violencia absoluta contra aquellos que no merecen misericordia” y añadió que “cada bala dé en el blanco contra los enemigos de la justicia y de nuestra nación”.

La plegaria de Hegseth no es nueva. Forma parte de una vieja estrategia que le comunica al enemigo que la violencia que se usará es sagrada, y que el arrasamiento de líderes, regiones, movimientos sociales son legítimos ya que previamente han sido ya señalados como enemigos incluidos en listas inagotables, y que, además, la tortura es parte de los rituales previos al asesinato.

La justicia que ejercen los países que adelantan el aniquilamiento es propia de los Estados totalitarios. La amenaza suele constituirse en su discurso sin atenuantes. Ese tono lo llevan incluso a los contextos de diálogos multilaterales como el de Naciones Unidas. Si bien inicialmente dicen que quieren dialogar, el diálogo que anuncian es el del exterminio. Esa contradicción conduce a que se anuncie una declaratoria unilateral de guerra, con el consabido lanzamiento de cuantas bombas sean necesarias.

En estos contextos, la mayoría de los asesinatos perpetrados se justifican en la retórica de la defensa de una libertad injustamente atacada. Debe aclararse que para Estados autoritarios como el que Hegseth dice proteger, la libertad es el privilegio que otorga la propiedad privada. Décadas atrás, Bush había ya aclarado en un discurso a su Nación que: «La libertad que atesoramos no es un regalo de los Estados Unidos al mundo, es un regalo de Dios a la humanidad». En sus universos conceptual y discursivo es voluntad de Dios que EU pueda llevar la libertad a donde la considere necesaria, pues, al ser el pueblo elegido, pueden decidir incluso el exterminio de pueblos enteros. Actualmente, EU se atribuye la potestad de decidir quién es terrorista y, al mismo tiempo, la de ejercer el terrorismo de Estado para eliminarlo. Además, se arroga el derecho de confrontar violentamente al país que quiera y, en particular, aquellos que considera una amenaza para la paz según su propio criterio.

La oración de Pete Hegseth deja en claro el desdibujamiento del sentido de dignidad del ser humano. Sus rogativas despojan a individuos y comunidades de sus condiciones de sujetos al convertirlos en objetivos de un imperio. El régimen representado en Hegseth puede tomar la decisión de perseguirlos y aplastarlos con todo el peso de sus aparatos, sus empresas multinacionales y la fuerza militar de que dispone para aniquilar y luego reconstruir el mundo a su imagen y semejanza.

Por su parte, el Parlamento de Israel aprobó una legislación que establece la pena de muerte para los palestinos de Cisjordania que sean acusados de matar a ciudadanos israelíes. Con esta medida sientan las bases que sustentan jurídicamente un sistema que castiga las raíces étnicas y la nacionalidad y deja aún más golpeados los mínimos acuerdos de justicia internacional. La imposición de la pena de muerte inmediata (la fase de sentencia es de tan solo 90 días) legaliza el asesinato en razón al origen. Siguen así los pasos de lo mencionado anteriormente en cuanto al terrorismo de Estado. Se arrasa con el derecho fundamental a la vida, en un giro de regreso a prácticas como el de la horca, que pensábamos ya superadas en la historia, por su crueldad. El sistema sionista apunta a los palestinos y excluye a soldados y colonos israelíes que generalmente actúan bajo el manto de la impunidad.

Las preocupaciones en América Latina en cuanto al ser humano y el derecho a la vida están vigentes, especialmente en lo tocante a las amenazas que se enmarcan en la negación del sujeto. A la cabeza de estas preocupaciones está el bloqueo a Cuba que tiene como objetivo tumbar el gobierno de Miguel Diaz-Canel. Mediante el mantenimiento de esta política del derecho a decidir quién puede vivir, se apela a la presión económica para doblegar al pueblo sin descartar el uso de la fuerza militar cuando lo consideren pertinente, porque ya han construido la imagen del enemigo con lo que justifican la guerra. Sigue también la presión en el Caribe, que inicialmente fue anunciada como una coalición militar destinada a enfrentar los carteles del narcotráfico. Los gobiernos de la región más cercanos a Trump piensan que deben obedecer sus órdenes para garantizar su estabilidad. Como resultado, Washington tiene ahora una base de apoyo político muy importante en la región que es un medio para ejercer en el sur, una forma de hacer política de guerra con el “consenso” en la región.

El sentido de dignidad del ser humano sufre un aplastamiento cuando vive la experiencia de inferioridad propiciada por la realidad de amenazas y muerte. No le queda más al ser humano que recuperar su sentido de sujeto con derecho a la vida. En su plegaria, Pete Hegseth devela la manufactura de un enemigo poderoso al cual perseguir en cualquier lugar. Por y para ello invoca el poder divino como legitimador de la violencia que lo faculta para tomar por la fuerza ese enemigo y dominar en el mundo entero. Estamos, por lo tanto, enfrentados nuevamente a la construcción de un poder mundial que quiere todo el control financiero y económico y según la plegaria, debe ser enfrentada de manera urgente con “una violencia absoluta contra aquellos que no merecen misericordia”. La política usa el lenguaje religioso para transmitir al pueblo estadounidense la confianza de que la aniquilación de un pueblo es un acto de amor al prójimo, si es llevado a cabo por ellos.

La violencia y su victoria son asumidas como actos religiosos que pueblan el actual imaginario de las guerras.

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