El facho podrías ser tú
Con ligereza y ánimo de descalificación, se usa la palabra facho. El orden y la autoridad son blanco perfecto de la majadería en tiempos de caos

Hay cosas que me resultan difíciles de entender. Sigo sin saber cómo funciona un microondas. Y lo uso a diario. Comprendo (en parte) el concepto de operación cuando lo leo, pero, en últimas, está lleno de misterios para mí. No quiero seguir hablando de mi caso, a riesgo de ser visto como un analfabeto. Por eso me abstendré de plantear las dudas que, a estas alturas de la vida, aún tengo sobre la transmisión de imágenes y audios por el aire y la manera en que se sostienen los aviones entre las nubes.
Lo que sí diré es que siempre se sorprende uno, que es inculto declarado, con la necedad ajena. No entiendo por qué personas que fueron a las aulas, leyeron y se cultivaron en alguna rama del conocimiento, se dan el lujo público de llamar fachos a quienes comulgan con ideas de derecha. Lo hacen de frente y sin sonrojarse.
Esa tendencia resulta de un cuestionable proceso mental que combina el prejuicio con el facilismo. Y que elude cuestiones básicas: facho es fascista. De manera que no se trata de un mote amable. Va implícito el ánimo de ofender. No creo que a nadie le guste que le digan facho, o nazi, o talibán, o jemer.
El fascista es autoritario, racista, desecha la pluralidad de ideas, acepta el uso desmedido de la fuerza como forma de dominación, manipula miedos y debilidades, miente como forma de adoctrinamiento, gradúa chivos expiatorios y enemigos en cada esquina, aborrece la libre expresión y la sana crítica, estatiza todo lo que se le cruza por delante y, en suma, no se siente a gusto con la democracia.
Así las cosas, no se trata de un mal endémico de la derecha recalcitrante: la inmensa mayoría de los regímenes de izquierda, que vemos germinar con la idea de aferrarse al poder por décadas, están teñidos de fascismo. Gran paradoja: la izquierda, cuando ejerce con fundamentalismo, termina encarnando la pavorosa manera de actuar que tanto aborrece.
La senadora María Fernanda Cabal comentaba en entrevista con 6AM W: “Me describo de derecha, pero siento que se entiende la derecha como si fuera una dictadura de derecha. (…) El defecto nuestro es ser muy aburridos cada vez que hablamos, y contamos de números y de una cantidad de conceptos que el público no entiende”.
Por supuesto, no desconocería yo aquí las muy nobles causas que conlleva el pensamiento de izquierda y su preocupación por el bienestar de la gente y de los trabajadores. Pero la izquierda ha resultado más efectiva para soñar que para ejecutar. La derecha, en cambio, es práctica y, a riesgo de defraudar a inmensos sectores, hace cosas. Y hacer cosas siempre implica no poder hacer otras cosas, lo cual no es popular. La izquierda sucumbe a prometerlo todo. La derecha lleva la peor parte: administra realidades. Las personas quieren soñar y flotar hasta el infinito, expandiéndose por el universo hasta fundirse en una sola etnia cósmica. A nadie le gusta que le pinchen el globo. A la derecha le ha tocado ser la aguja que nos aterriza con brusquedad.
Imposible disculpar o justificar las tremendas injusticias de la derecha autoritaria y sus odiosos regímenes, pero va siendo hora, sobre todo en épocas en que a la misma izquierda le apena reconocerse (prefiere eufemismos como “progresismo”), que prescindamos de atropellos verbales como el de llamar fachos a quienes simpatizan con la derecha.
La gente de derecha confía en principios tan valiosos como la libertad de empresa y de expresión, la pluralidad de ideas políticas y el respeto a la individualidad y a la institucionalidad. Pero pareciera que creer en el imperio de la ley, la autonomía de la voluntad privada, la familia, el ejercicio de la autoridad, la separación de los poderes públicos, la Constitución, el derecho al progreso económico o el privilegio de trabajar y gozar de los frutos de esa actividad se ha convertido en un “delito”.
Aquello de facho, que parece una cándida intrascendencia verbal, envuelve algo bien delicado: es una manera cotidiana de segregar, señalar, calumniar y cultivar odios. Y ya se sabe desde hace más de dos mil años, como reveló el profeta Oseas, que quien siembra odios, cosechará tempestades.
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Retaguardia. Dolorosos los testimonios de periodistas que fueron sometidas a acoso sexual y violencia de género. Inadmisible. Brille la verdad sobre estos hechos, que no solo deben ser objeto de investigaciones internas (como la que, con seriedad, hizo Caracol Noticias), sino que deberían darse frente a la administración de justicia. Son conductas que se dan en todas las instancias de la vida profesional, no solo en los medios. Como anotó el exmagistrado José Gregorio Hernández: “La gravedad de lo que ocurre es evidente. Cabe recordar principios de orden constitucional y normas relativas a los derechos fundamentales. El delito debe ser denunciado, investigado y sancionado. De ello depende precisamente la razón y el fundamento de la justicia, indispensable en cualquier sociedad. Pero la administración de justicia corresponde al Estado, no a los medios de comunicación, ni a las redes sociales, ni a la imaginación de la audiencia. Compete a los jueces y tribunales, de conformidad con sus competencias y según la ley”.
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