Los que celebran/lloran por el Ayatolá
Es difícil entender que algunos aplaudan el ataque de Estados Unidos a Irán, pero también es imposible comprender que otros defiendan un adefesio monstruoso como el régimen del país islámico


No hay motivo alguno para lamentar la caída del ayatolá Ali Jamenei. Así como cuesta mucho celebrar el certero ataque de los Estados Unidos a Irán que permitió acabar con la vida de ese dictador ataviado con ropajes religiosos. Sin embargo, hay quienes, cual plañideras, salen a expresar su dolor e ira por el asesinato del hombre que desde 1989 sembró el terror en Irán, mientras que otros, como si esto fuera un partido de fútbol, se muestran felices y exultantes ante una operación militar de altísima precisión, pero contraria a las leyes de los Estados Unidos y en contravía de los principios de la guerra.
Comienzo por los primeros. ¿Qué se puede pensar sobre aquellos que se lamentan y se entristecen por la muerte de Jamenei? ¿En qué mundo han estado viviendo? Decir que es “una lástima” o “una pena” la muerte del ayatolá viene a ser lo mismo que celebrar las decenas de miles de muertos que él y su régimen dejaron hace poco más de un mes en todo Irán, cuando estallaron las protestas populares contra el Gobierno por la cada vez más grave crisis económica por la que atraviesa Irán.
Dirán los defensores de Jamenei que la crisis no es culpa suya. Que son los Estados Unidos y sus aliados los culpables de que en Irán se esté atravesando por una imparable hiperinflación y que las sanciones económicas y el bloqueo comercial son los responsables de llevar al abismo a la economía iraní. Aceptemos dicho argumento (aunque es cuestionable) y a partir de allí pido a esos mismos defensores del régimen teocrático de Irán que me expliquen eso cómo justifica la masacre de los manifestantes. ¿Matando mil personas se desmoronan las sanciones? ¿O es matando diez mil personas que estas se hacen inocuas?
Es difícil de entender cómo supuestos defensores de derechos humanos terminan defendiendo un adefesio monstruoso como lo es un régimen que condena con pena capital a aquellos que piensan diferente. Es imposible comprender cómo se alinea lo uno con lo otro, pero hay quienes hacen malabares éticos para acompasar ambos conceptos.
Así como hay quienes también hacen malabarismos para aplaudir el ataque de los Estados Unidos a Irán, sin admitir que este es un nuevo episodio de los desafueros de los que es capaz Donald Trump y las delicadas consecuencias que puede traer al mundo.
En menos de dos meses, Trump arrestó a un presidente (ilegítimo, pero en funciones) y mató a un jefe de Estado (dictador, pero en funciones). Ambos cayeron en sus propios países. Ambos fueron objeto de operaciones altamente precisas. Ambos casos sirven para demostrar que a través de la fuerza todo se puede y que estamos todos a merced de los Estados que con más armas y mejor tecnología se propongan dominar el planeta.
En el caso de Venezuela al menos hubo un ultimátum. En el de Irán supuestamente la semana que comienza iba a darse una nueva ronda de negociación sobre el asunto nuclear para evitar el ataque. Pero llegaron primero las bombas. Es decir que no solamente seremos víctimas de la presión del más fuerte, sino que, para colmo, no se puede creer en la palabra de aquel que se quiere mostrar civilizado. Vivimos un presente donde los referentes no existen.
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