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Filosofía
Opinión

La sobriedad como estética del límite

En una sociedad en la que siempre se puede hacer, decir o tener un poco más, lo elegante o sobrio no es brillar, sino aprender a percibir cuánto es suficiente

En una sociedad en la que siempre se puede hacer, decir o tener un poco más, lo elegante o sobrio no es brillar, sino aprender a percibir cuánto es suficiente

¿Por qué sentimos la necesidad de hablar más duro de lo necesario? ¿Por qué expandimos la presencia, exageramos, insistimos? ¿Por qué nos resulta tan difícil dejar de hacer, de comprar, de tener, de aparecer? ¿Por qué la medida de las cosas parece ser hoy gastar un poco más, decir un poco más, mostrarnos un poco más? Tal vez valga la pena detenernos y preguntarnos qué dice este “un poco más” sobre nuestra relación con lo justo y lo necesario.

En efecto, el entorno actual parece pedir siempre “un poco más”. Más allá del volumen, se trata de ese ruido difuso que atraviesa la vida cotidiana: conversaciones donde el énfasis reemplaza al matiz, imágenes que ocupan espacio más que sentido, agendas que se llenan sin pausa, emociones que se expresan sin contorno. En diversas dimensiones, da la impresión de que existir exige sobrepasar la proporción.

Quizás sin intención, creamos un clima. Una forma de estar en el mundo donde el impulso tiende a expandirse y el límite deja de ser una pregunta. Donde el “un poco más” se vuelve regla y el “hasta aquí” casi no se enuncia. Y entonces surge la inquietud: ¿qué nos pasa cuando perdemos la medida?

Para pensar esta pregunta conviene volver a una idea antigua y discreta: la sobriedad. En su origen, la sobriedad no nombra la renuncia, sino la lucidez. Proviene del latín sobrietas y designa un estado preciso: no estar embriagado, conservar claridad de juicio, mantenerse en posesión de sí. El sobrio no es quien no siente, sino quien no se deja arrastrar por el exceso.

Desde ahí, la sobriedad se vincula con la proporción: la relación justa entre las partes, la medida de lo que corresponde a cada cosa. Cuando esa relación se pierde, una parte ocupa más espacio del que le toca y la experiencia se vuelve informe. La filosofía clásica pensó en esto como clave de la vida buena. En Aristóteles, la virtud no se juega en los extremos, sino en el justo medio: una sabiduría práctica que no reprime la intensidad, sino que la ordena.

Más cerca de nosotros, Ortega y Gasset pensó algo similar desde el lenguaje de la forma y la elegancia. Lo elegante —decía— no es lo que brilla más, sino lo que no sobra. Pensar bien, escribir bien, vivir bien exige contorno. Y el contorno siempre implica límite. Una idea sobria es una idea bien delimitada; una vida sobria no necesita exagerarse para ser intensa.

Pensada así, la sobriedad es una estética del límite: no del vacío ni de la austeridad, sino del ajuste fino. Saber hasta dónde. Saber cuándo basta. Saber cuándo no hace falta insistir. No todo gana sentido cuando se intensifica; de hecho, a veces lo pierde.

Y es también una virtud civil. Ayuda a vivir en sociedad porque cuida el espacio común: evita que la palabra invada, que la emoción se imponga, que la presencia lo ocupe todo. No elimina el conflicto, pero lo mantiene en proporción.

Educar en la sobriedad exige, ante todo, educar el sentido de la medida: aprender a percibir cuánto es suficiente, dónde detenerse. Exige también educar la atención, esa capacidad cada vez más frágil de demorarse, de no reaccionar de inmediato, de sostener la presencia sin dispersarse. Implica educar la precisión del lenguaje, para decir lo necesario sin inflar las palabras, para expresar sin invadir, para cuidar la forma como parte del sentido. Supone, además, educar la orientación del deseo: no apagarlo, sino ayudar a distinguir entre lo que nos ordena y lo que nos arrastra, entre lo que intensifica la vida y lo que la desborda. Y, finalmente, educar en el valor de los límites y las restricciones, no como castigo ni carencia, sino como condición de posibilidad de la forma, de la convivencia y del juicio.

Tal vez educar hoy consista justamente en eso: devolverle a la vida cotidiana la experiencia de la proporción, para que la intensidad no se pierda en el exceso y la libertad no se confunda con la falta de contorno.

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