Todas las personas podemos ser antirracistas
El debate público colombiano actual revela la vigencia y profundidad del racismo en el corazón del Estado. No se trata de una metáfora mal entendida ni de una expresión sacada de contexto. Se trata de una evidencia dolorosa

Desde niños aprendemos a clasificar: “el negro”, “la mona”, “el indio”. No nos preguntamos por qué lo hacemos. Lo vemos en la casa, en la escuela, en los medios. Aprendemos a pensar que lo diferente es menos. Y ese aprendizaje, si no se revisa, se transforma en racismo cotidiano: a veces sutil, otras veces violento. El mensaje es claro: hay cuerpos que se consideran, de forma naturalizada, fuera de lugar.
El dolor que eso genera es profundo, tanto como cuando quienes nos abrogamos las causas de la diversidad nos descubrimos repitiendo ese patrón. Todas las personas podemos ser antirracistas. Pero eso requiere un ejercicio honesto y constante de revisión: ¿a quiénes estamos escuchando? ¿A quiénes estamos garantizando plenamente sus derechos?
El debate público colombiano actual revela la vigencia y profundidad del racismo en el corazón del Estado. No se trata de una metáfora mal entendida ni de una expresión sacada de contexto. Se trata de una evidencia dolorosa: las formas en que se sigue reproduciendo el racismo cuando no se le confronta críticamente.
Afirmaciones pronunciadas sin pudor desde posiciones de poder no solo hieren: reactivan imaginarios coloniales que durante siglos han reducido a los pueblos africanos y afrodescendientes a cuerpos que obedecen, no a sujetos de derechos con voz y agencia.
Esta coyuntura me permite retomar un artículo que publiqué hace algunos años, en el que introduje la categoría de “cuerpos y territorios vaciados”. En ese momento argumenté que no me refería a personas vacías, sino a cuerpos a los que se les ha vaciado de significado, de sentimientos y de historia.
Cuando una vicepresidenta y ministros del Estado se enfrentan a discursos descalificadores por el color de su piel, la sociedad entera reconfigura sus prejuicios históricos, los justifica y los actualiza. Así, en el transporte público, hay quienes se sienten con la autoridad de despreciar a una mujer afrodescendiente. A una niña afro le cortan las trenzas en su colegio de Bogotá y los docentes consideran que “no es tan grave”. Candidatos repiten frases colonialistas en campaña y luego las justifican como expresiones populares de nuestra colombianidad. No son hechos aislados: son síntomas de un país que aún debe evaluarse críticamente y entender su pasado.
El racismo no es solo contra personas: también contra territorios. El Chocó, el Pacífico, el Caribe: zonas tratadas como márgenes, como “problemas”, en vez de ser reconocidas como fuentes de poder, cultura, sabiduría, riqueza y dignidad. Cuando una región entera es vista solo como espacio de extracción o abandono, su violencia se legitima. Así se justificaron masacres como la de Bellavista, y así se sigue hablando del Pacífico como si fuera una tierra sin historia. La historia que no se cuenta se borra. El silencio también es racismo.
Frente a este panorama, no basta con no ser racistas: podemos ser activamente antirracistas, como lo propone Angela Davis. Esto implica revisar nuestras palabras, nuestras acciones, y también nuestros silencios. Implica resistir la tentación de contar una sola historia.
Chimamanda Ngozi Adichie lo explicó con claridad: el peligro de una sola historia es que reduce al otro a una sola cosa, una y otra vez. La solución no es silenciar esa historia, sino multiplicarla. Chinua Achebe hablaba de la necesidad de un equilibrio de historias. Eso es lo que necesitamos: que todas las voces puedan narrar su dignidad, y explicar los criterios que orientan las decisiones que toman desde los cargos a los que han llegado legítimamente.
La raza no es una verdad biológica. Es una construcción de poder que define jerarquías. Pretender que la piel, el género o el origen determinan inteligencia, valor o capacidad, es repetir la lógica colonial.
Hoy, cuando el racismo vuelve a aparecer sin disfraz, incluso en discursos que dicen hablar de igualdad, es urgente decirlo con claridad: ser antirracista no es un acto de caridad ni una moda. Es una responsabilidad ética. Es dejar de usar el dolor de diversas personas como herramienta política.
Es reconocer que todas las personas tienen derecho a habitar este país con dignidad.
Sin comillas, sin metáforas degradantes, sin condicionantes.
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