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Petro y Lafaurie, intrahistoria de una relación casi imposible

El presidente y su archienemigo, el representante de los ganaderos, se sentaron en la mesa para sacar adelante una reforma agraria con la que pretenden acabar con la historia violenta de Colombia

Juan Diego Quesada
El mandatario colombiano, Gustavo Petro, y al presidente de los ganaderos, José Félix Lafaurie (d), mientras firman un acuerdo de compra de tierras para la reforma agraria, en Bogotá, el 8 de octubre.
El mandatario colombiano, Gustavo Petro, y al presidente de los ganaderos, José Félix Lafaurie (d), mientras firman un acuerdo de compra de tierras para la reforma agraria, en Bogotá, el 8 de octubre.Presidencia de Colombia (EFE)

En la habitación se percibe esa atmósfera densa que se genera cuando dos hombres, con ideas distintas, creen tener la razón. De un lado de la mesa se sienta el presidente. Del otro, José Félix Lafaurie, el representante de los ganaderos colombianos. Los contempla un cuadro de gran tamaño de Simón Bolivar. A esas alturas de la conversación ambos tienen la sensación de estar cerca de un acuerdo que nadie ahí fuera espera, fraguado casi en secreto. Los terratenientes veían a Gustavo Petro como el anticristo y en este momento Lafaurie está a punto de ser clave en su reforma agraria, la más progresista que se ha llevado a cabo nunca. El ganadero ha llamado a Petro nazi, comunista, guerrillero. Y ahora ese mismo hombre, de mirada miope, lo observa impasible detrás de unas gafas cuadradas, con la raya del pelo a un lado como un colegial. El ranchero ha sacado a relucir durante la conversación todo su conocimiento sobre la historia rural del país con fechas, leyes, nombres de presidentes casi olvidados, ministros de los que solo queda testimonio en las enciclopedias. Se remonta al siglo XIX y a sus antepasados, que ya mandaban entonces. Este señor de nariz gruesa y al que le escasea el pelo por la coronilla no tiene fama de ser breve ni parco. Lleva semanas enfrascado en conversaciones con los asesores del presidente, pero ha insistido en tenerlo delante, cara a cara, y no piensa a desaprovechar la ocasión. Lanzado, menciona al trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América.

—John Fitzgerald Kennedy estuvo de visita en Colombia y recomendó que se hiciera la reforma agraria.

—Eso es cierto...—, le concede Petro

—Pero no se hizo—, dice, lo que le pone a él en este momento, o al menos eso cree, en el lado correcto de la historia.

—No, ¿y sabe qué?— continúa el presidente— Esa misma recomendación la hizo Kennedy en Corea del Sur. La diferencia es que mientras la élite colombiana desechó la idea, la coreana se lo tomó en serio. El Estado compró tierras y se la entregó a los campesinos. Hoy tienen una economía mucho mayor que la nuestra.

La reunión está a punto de acabar. Petro parece cansado. Unas horas antes ha recibido en el mismo lugar a Álvaro Uribe, un hombre al que ha odiado toda su vida —el sentimiento es mutuo—, pero al que ahora quiere ungir como jefe de la oposición. A eso se le suma la reunión con Lafaurie, que no ha sido precisamente breve, se ha alargado más de dos horas y media. El representante de los ganaderos se levanta de la silla y se queda de pie, a la espera de que Petro le concrete una fecha y una hora para rubricar todo lo que acaban de hablar: la compra a los hacendados por parte del Estado de tres millones de hectáreas que se entregarán a los campesinos que siembran hoja de coca. Por fin, el consejo Kennedy será tenido en cuenta.

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Para que dos personajes con cosmovisiones tan distintas —uno cree que el otro representaba a la guerrilla y a la extrema izquierda; el otro, que su contraparte era la voz de los paramilitares— se hayan sentado en la misma mesa para refrendar un acuerdo histórico se han tenido que dar una serie de coincidencias. La principal, que ambos tengan trato con Iván Cepeda. El senador cuenta con la total confianza de Petro. Y, aunque se han insultado en público, Cepeda y Lafaurie coincidieron hace una década en un foro organizado por EE UU y después fueron a almorzar a un restaurante del centro de Bogotá. A Cepeda le quedó la sensación en esos dos encuentros esporádicos de que Lafaurie no se cerraba a repartir la tierra y cerrar el conflicto en el campo. La disputa por las tierras entre terratenientes y agricultores ha regado de sangre la Colombia rural y es el origen del nacimiento de las guerrillas y posteriormente del paramilitarismo. El semillero de la barbarie.

Cepeda suele vestir camisas con cuello mao y vive en Bogotá con tres perros de raza china con los que razona como si pudieran entenderle. Tiene 59 años. Su padre fue un conocido político colombiano asesinado en los años noventa por paramilitares. Conoce mucho a Petro, tanto como para saber que no necesita ninguna orden directa suya para arreglar ciertos asuntos. Sus declaraciones públicas, que son constantes, son un llamado a la acción para su gente. Y Cepeda es su gente.

Fotografía de archivo fechada el 20 de julio de 2022 que muestra al senador Iván Cepeda (i) mientras sostiene un cartel que dice "Paz Total", durante la instalación del nuevo Congreso Nacional, en Bogotá (Colombia).
Fotografía de archivo fechada el 20 de julio de 2022 que muestra al senador Iván Cepeda (i) mientras sostiene un cartel que dice "Paz Total", durante la instalación del nuevo Congreso Nacional, en Bogotá (Colombia).Carlos Ortega (EFE)

Así que cuando le escuchó decir al presidente en televisión que quería hacerse con tierras por la vía de la negociación y no la fuerza para repartirlas entre el campesinado, Cepeda se acordó de sus conversaciones con Lafaurie y le escribió un mensaje por WhatsApp: “¿Cómo le va, José Félix? Soy perfectamente consciente de lo dura que ha sido nuestra confrontación. Pero, como se lo he dicho en otros momentos, siempre estoy dispuesto a buscar caminos para el diálogo. Escuché con mucha atención su declaración sobre su disposición a contribuir con la reforma agraria y, en concreto, buscar fórmulas para reunir los tres millones de hectáreas para resolver una parte sustancial del problema y también acabar con las invasiones de tierras. Creo que sería un mensaje alentador que pudiera abrirse el camino para un pacto agrario que se constituiría en un aporte real a la paz política y social en el país. Si usted está dispuesto, con gusto podríamos reunirnos y dialogar al respecto”.

El ganadero contesta con un sticker de él mismo, vestido de camisa y corbata verde. Y añade: “La propiedad privada de la tierra debe tener igual protección que el de cualquier otro activo. Ni más faltaba que los ganaderos no podamos defender nuestro patrimonio. Un fuerte abrazo”. Cepeda no se inmuta ante la insinuación de que los hacendados pueden armarse para evitar la invasión de tierras y responde con la mano tendida: “Como pudo ver, los ministro de Defensa y Agricultura fueron claros al respecto (El Estado respetará la propiedad privada)”. Más adelante, el senador no oculta sus intenciones: “¿Lo del pacto agrario le parece viable?”. “Conversémoslo”, le responde el empresario.

La idea que Cepeda y Petro tienen en mente para concretar la reforma agraria es polémica. Muchas de las hectáreas en manos de los hacendados fueron usurpadas con violencia o robadas al Estado durante el auge del paramilitarismo, en los ochenta. Cientos de hombres armados formaban comandos que se imponían en las regiones, ante la actitud pasiva del Ejército. La Comisión de la Verdad ha cifrado en 205.028 los asesinados por paramilitares. Petro tenía dos caminos, el de arrancar una reforma agraria a la fuerza, es decir, expropiando estos terrenos, o por la vía pacífica, la de negociar con gente como Lafaurie y pagar por otros terrenos que no hayan sido ocupados a la fuerza. La primera opción es la más idílica, la más justa para muchos, pero enfrascaría al Gobierno en un contencioso que duraría años o décadas en el napoleónico sistema judicial colombiano. “Los resultados los verían los hijos de nuestros nietos”, calculaba Cepeda cuando barajaba esa posibilidad en sus conversaciones con Petro.

Y en el caso de que el Estado lograra quedarse con esas tierras, al día siguiente los campesinos tendrían que ocuparlas. “Y se encontrarían con mil tipos armados. ¿Y quién va a ir a defenderlos? No es viable”, pronosticaba el senador. Petro pensaba igual. El presidente transmite a veces la sensación de que levita y que sus pensamientos giran alrededor de ideas grandilocuentes y etéreas, pero esconde un político pragmático. Por eso, Cepeda sabía, sin necesidad de consultárselo, que el Gobierno emprendería el camino más realista.

A los mensajes entre Cepeda y Lafaurie le siguieron semanas de reuniones técnicas, audios de Whatsapp y conversaciones con la ministra de Agricultura, Cecilia López. Juntos iban a desarrollar los puntos básicos para que el Gobierno compre los terrenos. Sentar las bases de la paz en Colombia, o al menos eso cree Petro. Una vez hechos, quedaba la firma. Pero antes Lafaurie quería ver al presidente, tenerlo como interlocutor, sentarse en su despacho. Sin eso no habría acuerdo. Necesitaba sentir junto a él que ambos, cada uno a su manera, honraban la memoria de Kennedy.

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Sobre la firma

Juan Diego Quesada
Es el corresponsal de Colombia, Venezuela y la región andina. Fue miembro fundador de EL PAÍS América en 2013, en la sede de México. Después pasó por la sección de Internacional, donde fue enviado especial a Irak, Filipinas y los Balcanes. Más tarde escribió reportajes en Madrid, ciudad desde la que cubrió la pandemia de covid-19.

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