Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Petrofobia

Esta esquina del globo no debería necesitar más campañas sangrientas, más fantasmas masacrados, para recordar a tiempo el propósito de la democracia

Gustavo Petro durante un acto de campaña, el pasado 5 de mayo.
Gustavo Petro durante un acto de campaña, el pasado 5 de mayo.Mario Caicedo (EFE)

En una esquina del mapamundi, en un país soberano y exuberante y contrahecho de la América del Sur, se propaga a esta hora un miedo inagotable e irracional que puede verse a leguas: la petrofobia. Es el pavor, de sudores fríos, a que la izquierda llegue al poder en aquella nación que tiende a la nostalgia por el feudalismo. Viene del pánico al comunismo que se ha transmitido de generación en generación. Hay quienes lo llaman “sinistrofobia” y hay quienes lo llaman “bolchefobia”. El psicoanalista italiano Nicola Perrotti lo retrató, en un artículo de 1947, como el temor a ser tragado por la masa –por la legión del diablo– en tiempos de desmadre social. Pero Colombia, el país de países del que hablo, vive varado en ese caos. Y la petrofobia, o sea el espanto ante un posible triunfo del candidato presidencial Gustavo Petro, es la variante ómicron del viejo virus que digo, pues se contagia sin lío, sin pausa y sin remedio.

Por supuesto, no estoy hablando de los críticos necesarios que se atreven a recordar que Petro es una voz brillante, un congresista lúcido que cumple treinta años de poner a la política mafiosa en su lugar y un defensor de la paz que sabe encarnar los dramas abismales de este territorio, pero también es un líder que no mira a los ojos y es una figura ambigua, lenguaraz, rodeada, como si no bastara, de alfiles incendiarios, y proclive a prometer fantasías irrealizables –cómo no– porque vive encallado en el mundo de las ideas: de sus ideas. No, no hablo de los demócratas que le ven las costuras al programa petrista, y que lamentan, con argumentos, que sea Petro quien encabece la resistencia a una derecha insaciable, sino de una serie de ciudadanos de todas las suertes sociales que le temen con una furia clasista que aquí en Colombia ha sido siempre un sino.

Si quieren el estómago revuelto, busquen las amenazas de muerte de las redes. Si quieren los nervios de punta, vean ese informe de NotiDanny, el noticiero de humor, en el que gentes de todos los barrios confunden a Petro con Satanás y le escupen virulencias que parecen venir del temor patológico que Perrotti describió en el 47. “¿Tiene Gustavo Petro un pacto con el diablo?”, pregunta la revista Semana extraviada en la lógica de los clics y las trincheras: si quieren despertarse la ciática, asómense a las notas aterradas y prejuiciosas de las viejas voces reaccionarias de ciertos medios criollos, sí, Colombia no es ni va a ser sino Colombia, pero allí campea la descabellada sensación de que esta esquina tan peligrosa para los ambientalistas, los sindicalistas, los periodistas, las mujeres y los niños –miren ustedes los estudios de Global Witness, de la ONU, de RSF, de Save the Children– va a despertarse un día convertida en Venezuela.

Son días perfectos para el extremismo. Después del estruendoso fracaso del centrismo pacifista de las posguerras, que prometió un pacto entre la socialdemocracia y el capitalismo para librarnos de las tiranías, pero acabó entregándole la riqueza al 1,1 por ciento del planeta –y en este país, además, ni siquiera se puso de acuerdo en concederles algún alivio a las víctimas de los conflictos–, el extremismo de hoy no es tanto una agenda política, sino un modo de ejercer la ciudadanía, una indignación en busca de autor que los políticos con vocación de trols han sabido capitalizar. El lugar común de “que cada cual vote por quien quiera”, que es lo mínimo, parece una proeza en esta campaña presidencial. Volver a alguna clase de equilibrio, de las violencias a las críticas, de las zanjas a las inclusiones, suena a empezar otra vez.

Esta esquina del globo no debería necesitar más campañas sangrientas, más fantasmas masacrados, para recordar a tiempo el propósito de la democracia. Esta esquina centenaria debería soportar que subiera el uno o subiera el otro a poner en marcha su Constitución garantista.

Pero aquí estamos de nuevo ante el precipicio –si gana Petro será el fin, si pierde Petro será el apocalipsis– pues no hay nada más colombiano que ser inclemente con Colombia.

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