Usa
y
para navegar por el fotorrelato
Después de 50 años y medio millón de muertos, el presidente de Colombia lidera la cuarta intentona de negociar el fin del conflicto con la guerrilla de las FARC.
Por John Carlin
Con el sereno convencimiento de que ha llegado una oportunidad que no se debe desaprovechar, Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia, ha embarcado a su Gobierno en un proceso de diálogo con las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), para intentar poner fin a una guerra civil que ha durado 50 años. El balance de fuerzas militar, favorable al Gobierno; el apoyo de los países vecinos, Estados Unidos y Europa y el ejemplo visible para la guerrilla de que en América Latina la izquierda ya no tiene que recurrir a la fuerza para acceder al poder son los factores que han llevado a Santos a concluir que este es el momento de optar por una paz negociada. Pero no deja de ser una apuesta valiente. El precio del fracaso sería alto. Hay gente poderosa en su país que se opone a dialogar con gente considerada por la mayoría de los colombianos más como asesinos, secuestradores y narcotraficantes que como auténticos interlocutores políticos. Si el diálogo con las FARC, iniciado el mes pasado en La Habana, se hunde, Santos se arriesga a una humillación que probablemente acabaría con su carrera política e, incluso, con su reputación. Consciente de ello, y de los inevitables tropiezos y las angustias que las negociaciones conllevarán, Santos ha asumido lo que considera ser su responsabilidad histórica. Lo fácil, lo políticamente tímido, hubiera sido insistir en acabar con las FARC por la vía militar. Pero eso significaría condenar a su país a muchos años más de guerra. Las circunstancias le han convencido de que la paz hay que empezar a ganarla hoy.
John Carlin es periodista y escritor
Nació en Cádiz y apunta como candidata a la alcaldía de París. Pero, sobre todo, representa un valor de futuro del Partido Socialista en Francia.
Por Jean-Marie Colombani
El actual alcalde de París, Bertrand Delanöe, ha anunciado que apoyará a Anne Hidalgo, su primera teniente de alcalde, como sucesora. Esto implica dos requisitos: primero, que su partido la designe como candidata a las elecciones municipales de 2014; segundo, que ella sea capaz de… ganarlas. Si su resultado fuera favorable, simbolizaría el combate de Delanöe en favor de la paridad. ¿Bazas de Hidalgo? La herencia de Delanöe y la garantía de continuidad que representa. ¿Hándicaps? Es concejala por el distrito 15 de París, de los más poblados de la capital, cuya junta municipal nunca ha logrado conquistar. Se trata de un distrito burgués –aunque con una burguesía moderna–, y para pretender dirigir el conjunto de la municipalidad y lidiar con los 20 presidentes de distrito es preferible mandar en la casa propia, lo cual tiene pocas probabilidades de conseguir.
Jean-Marie Colombani es exdirector de ‘Le Monde’. Traducción de José Luis Sánchez-Silva.
El titular de Interior del nuevo Gobierno socialista francés es el más popular y controvertido político del Gabinete de François Hollande.
Por Miguel Mora
Ningún miembro del Gobierno socialista formado por François Hollande en mayo pasado es más popular y controvertido que el barcelonés Manuel Valls. El titular de Interior arrasa en las encuestas, y, paradójicamente, los franceses sienten que ha aumentado la delincuencia desde que llegó al cargo, aunque los datos lo desmienten. Autoritario, incontinente, hiperactivo y mediático, muchos ven en él a un clon de Sarkozy. Aunque encarna la derecha del Partido Socialista, él reivindica que ser firme no es incompatible con ser de izquierdas. Tras culpar a la oposición del regreso del terrorismo a Francia durante un calentón en la Asamblea Nacional, Valls ha bajado el tono. Pero su ambición sigue siendo máxima.
Miguel Mora es corresponsal de EL PAÍS en París.
La esposa del presidente de El Salvador, activista por los derechos de las mujeres, es la promotora de la valiosa iniciativa Ciudad Mujer.
Por Juan José Dalton
Vanda Pignato es abogada de profesión y primera dama de El Salvador por estar casada con el presidente Mauricio Funes. Rompió la tradición que hace de las esposas de los mandatarios una especie de figura decorativa y desde que Funes asumió su cargo, el 1 de junio de 2009, asumió el liderazgo de la Secretaría de Inclusión Social, un ente para atender a la población excluida. Su dinamismo le ha convertido en la personalidad política mejor evaluada por la población salvadoreña. Creó la iniciativa Ciudad Mujer, basada en centros de atención y servicios exclusivos a mujeres de salud sexual y reproductiva, atención a la violencia de género, autonomía económica y atención infantil. También ha recibido reconocimientos internacionales por impulsar políticas públicas y ha promovido la aprobación de leyes contra la violencia y discriminación contra las mujeres en una sociedad tan patriarcal como la salvadoreña.
J. J. Dalton escribe para EL PAÍS en San Salvador.
La mandataria brasileña no ha hecho más que afianzar su prestigio internacional desde que llegó al poder para suceder a Lula da Silva.
Por Moisés Naím
El año 2012 fue bueno para Dilma Rousseff y malo para Brasil. La presidenta Rousseff goza de altísimos índices de popularidad en su país e, internacionalmente, su prestigio personal no podría estar mejor. Junto con Angela Merkel y Hillary Clinton aparece en todas las listas de las mujeres más poderosas, admiradas y célebres del mundo. En contraste, Brasil ahora aparece con igual regularidad en las listas de países emergentes cuyos problemas sorprenden y preocupan. En 2012, el ‘boom’ de Brasil se convirtió en crecimiento económico anémico; escándalos de corrupción a granel; icónicos líderes del partido del Gobierno en la cárcel y la revelación de que explotar el petróleo descubierto aguas afuera tardará más y costará más de lo que se anticipaba. La criminalidad desatada y la ansiedad por que las obras prometidas para el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos podrían sufrir significativos retrasos completan el preocupante cuadro del año 2012 brasileño. El desempleo, sin embargo, y afortunadamente, sigue en niveles bajísimos, y la presidenta está tomando medidas para reanimar la economía. Ojalá que sus esfuerzos den resultados y en 2013 a Brasil le vaya tan bien como le fue a su presidenta en 2012.
Moisés Naím es columnista en EL PAÍS.
En un año de luces y sombras para el monarca, la Casa del Rey afronta el reto de adaptarse al siglo XXI para consolidar la institución.
Por Ángel Viñas
La figura del rey Juan Carlos en 2012 no ha escapado a las contradicciones de una época convulsa. Ha combinado luces y sombras en casi igual medida. En este sentido, el monarca ha sido prototípico de un tiempo de incertidumbres. Luces: el rey ha revalidado su papel como primer embajador de España. Algunos dirán que no ha hecho sino cumplir con su deber. Otros acentuarán que el éxito ha coronado sus esfuerzos en dos ámbitos esenciales de la acción exterior del Estado: el apoyo a la expansión industrial española en el extranjero y el empeño en contribuir al reforzamiento del eje latinoamericano. No son logros desdeñables. Sombras: en primer lugar, las consecuencias de su ocultado y, a la postre, malhadado viaje de caza a Botsuana, reveladas con sus interioridades por los medios extranjeros (también en España). En segundo lugar, las salpicaduras de los oscuros manejos financieros de su yerno. Todo ello sobre un trasfondo en el que la generación que exaltó su papel en la recuperación de las libertades democráticas empieza a salir de la escena y en el que el porcentaje de españoles que no muestran particular afección por la forma monárquica del Estado no deja de aumentar. La monarquía más vieja de Europa, la británica, tampoco ha carecido de claroscuros. Los ha superado brillantemente. ¿Logrará un éxito parecido la española? La primera tiene raíces profundas. Sobre la profundidad de las raíces de la segunda se aceptan apuestas.
Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid.
Afronta un periodo histórico. El heredero de la Corona española tendrá que apostar por la renovación si desea preservar la monarquía.
Por Elvira Lindo
Pensábamos que quien lo había tenido difícil era el padre. Ahora, tal vez porque aquello que le tocó vivir al progenitor ya es pasado y estamos inmersos en una época convulsa, somos conscientes de que el heredero necesitará mucha astucia, rectitud y transparencia para que la monarquía sobreviva en este presente en el que todo parece a punto de desmoronarse. Son otros tiempos, las virtudes que adornaron a su padre no son las mismas que se esperan del hijo.
Felipe de Borbón es un hombre serio y dulce, con una vocación de servicio que no se ha nutrido de la disciplina militar en la que se educó don Juan Carlos, sino en la Universidad de un país democrático. Más que nunca, el Príncipe tendrá que ser fiel a la doctrina que le inculcaron de niño: el suyo es un puesto que se gana a diario. En estos últimos tiempos ha probado la cara áspera del país en el que espera reinar: sin ser responsable de los maridos que eligieron sus hermanas sabe que ha de cargar con el coste de sus equivocaciones, de la frivolidad de uno o del comportamiento directamente delictivo del otro. También es consciente de que no disfrutará de la libertad de la que gozó su padre para manejar la vida privada a su antojo.
El Príncipe ha de reinventar la institución si desea preservar su existencia. Con una América Latina menos dispuesta a aceptar la solemnidad de una monarquía ajena, una Europa en decadencia y un pueblo español furioso por sentir que está pagando errores ajenos, Felipe de Borbón se enfrenta a un periodo histórico. Nadie puede hoy vaticinar lo que le espera y nos espera, pero sería injusto no reconocerle el mérito de ser un hombre que se toma en serio la misión para la que fue instruido. Le harán falta ingentes dosis de equilibrio emocional, saber elegir bien a sus amigos y consejeros y no perder ese temple que, sin duda, ha heredado de su madre.
Este hombre maduro, de sólida vida familiar, que trabaja en equipo con su esposa, Letizia, y lidera misiones internacionales, deberá contar con varios factores para llegar a reinar antes de que la institución se deteriore: la generosidad de su padre y la aprobación del pueblo español. Desconozco hasta dónde llega el deseo de un rey de morir como tal en su cama y hasta dónde llega el anhelo republicano de los españoles. Sea como fuere, el Príncipe es un hombre valioso, concienzudo y razonable.
Elvira Lindo es escritora y columnista de EL PAÍS.
El presidente de México ha vuelto a llevar el Partido Revolucionario Institucional al poder después de 12 años en los que esta formación mantuvo un segundo plano.
Por Enrique Krauze
En México, la biografía presidencial era destino nacional. Pero las cosas han cambiado. México es una democracia, Ahora, la biografía presidencial es solo un factor –importante, no único– en el rumbo del país. Nadie conoce, cabalmente, la biografía de Enrique Peña Nieto. Sabemos que hizo estudios de Administración, que creció en seno del Grupo Atlacomulco (creador de un estilo político alambicado y cortés, colindante con la diplomacia) y que sin experiencia previa hizo un Gobierno eficaz en el Estado de México. Su modelo original fue Adolfo López Mateos, un presidente popular (risueño, viajero y sibarita) cuya gestión (1958-1964) descansó en un buen Gabinete. Peña parece más activo y pragmático que su antecesor.
Ha proclamado su deseo de “mover a México”. Para hacerlo, primero deberá “mover al PRI”, cuyos poderosos sindicatos, gobernadores corruptos y pesadas burocracias no se han enterado de que vivimos en democracia. Una nueva ciudadanía, crítica y atenta, espera ese “movimiento”. Peña haría bien en apelar a ella.
El país abriga la esperanza de que sea un líder responsable y moderno, que haga una diferencia en los problemas que nos angustian: la pobreza, la falta de crecimiento y la violencia. No sé si será ese líder. Solo sé que no tiene mucho tiempo para probarlo.
Enrique Krauze es escritor mexicano.
Magistrado de la Audiencia Nacional, con una brillante carrera judicial, se atrevió a criticar “la decadencia de la clase política”, por lo que recibió duras críticas de la derecha política y la caverna mediática.
Por Baltasar Garzón
Conocí a Santiago Pedraz el 3 de noviembre de 1983. El mismo día en el que, en una de las Salas del Tribunal Supremo, aprobó las oposiciones de juez. El destino ha hecho que su historia judicial haya coincidido en gran parte con la mía. Uno de sus primeros destinos fue Villacarrillo (Jaén), donde yo había estado; unos años más tarde coincidimos en Almería; después de su paso por el País Vasco, donde también estuve, llegó a Madrid como facultativo del Consejo General del Poder Judicial, donde yo había prestado servicios como inspector delegado de los Juzgados y Tribunales de Andalucía. Volvimos a coincidir en la Audiencia Nacional, en los Juzgados Centrales de Instrucción, hasta mi inicua suspensión, a manos de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, en 2010.
La amistad y el respeto mutuos han sido la regla entre nosotros; por eso puedo decir que el juez Pedraz es un hombre honrado, amante de la justicia por encima de presiones y manipulaciones, tan al uso en nuestro país; progresista, de firmes convicciones democráticas, y con gran determinación a la hora de tomar decisiones, de conformidad con la ley. Los ataques groseros que recibió este año por parte de los sectores más reaccionarios de la derecha política y mediática española y, entre ellos, de algunos miembros del Partido Popular, no solo fueron injustos, desmedidos y fruto de la frustración ante una situación a la que son incapaces de hacer frente, sino inútiles al fin que pretendían. La expresión “pijo ácrata”, muestra la calidad moral de quien la profirió, por mucho que se disculpara después, y de quienes la compartieron. Desde luego, no identifica a un buen juez que dictó una resolución difícil, justa y equilibrada, en la que destruyó la descabellada línea iniciada por el Ejecutivo de intentar criminalizar las justas protestas que los ciudadanos/as españoles/as se están viendo obligados/as a hacer para reivindicar sus derechos, frente a quienes se esconden en forma cobarde, evitando explicar la situación atroz a la que nos están conduciendo.
Baltasar Garzón es magistrado.
El afamado juez vio interrumpida su carrera a principios de año por una sentencia del Tribunal Supremo por las escuchas del ‘caso Gürtel’.
Por María Garzón
La gente nos debe juzgar por nuestros actos, no por las opiniones de algunos. Cuando me preguntan cómo es ser hija de Baltasar Garzón, recuerdo a un padre cariñoso, divertido y estricto con el estudio y la obligación de cumplir la ley; con quien discutía con esa facilidad, entre los que se quieren, de olvidar cuando uno dice la última palabra. Le estoy agradecida por su entusiasmo, su idealismo, su empatía; por jamás perder el buen humor, ni el recuerdo de sus raíces; por enseñarme la responsabilidad, la coherencia, el deber. He comprendido aquello que tanto me decía: “Cuando tomes decisiones difíciles debes tomarlas de acuerdo a tus convicciones, no a las consecuencias que puedan traer”. Seguiremos denunciando un sistema corrupto al que solo podemos salvar los ciudadanos. Lo ocurrido con el juez Garzón es un ataque directo a un tipo de justicia cercana a las víctimas y que nos afecta a todos.
María Garzón es hija de Baltasar Garzón y ha publicado el libro ‘Suprema injusticia’ (Planeta).
Con un centenar de agentes a sus órdenes, esta brasileña es la primera mujer al mando de una Unidad de Policía Pacificadora en las favelas.
Por Juan Arias
La mayor Patricia de Oliveira Azevedo fue la primera mujer al frente de una Unidad de Policía Pacificadora, la de la favela Santa Marta. A sus 34 años, Patricia tiene a su mando 120 policías. Se entrenó en Israel en técnicas militares. Su coraje, demostrado ya en 2007 cuando fue secuestrada por dos traficantes de droga y consiguió huir tres veces de ellos, es casi un mito. Fue premiada por el Departamento de Estado Norteamericano como mujer coraje, galardón que recibió de manos de la primera dama Michelle Obama y de la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton. Evangélica fervorosa, afirma que se puso a rezar ante sus secuestradores y que su fe le salvó de la muerte.
Juan Arias es corresponsal de EL PAÍS en Río de Janeiro.
Su trayectoria marca un antes y un después en la historia judicial brasilena. El instructor del polémico caso Mensalão que afecta al Partido de los Trabajadores ha alcanzado la presidencia del Tribunal Supremo.
Por Francho Barón
El juez Joaquim Barbosa (Minas Gerais, 1954) ha marcado un antes y un después en la atribulada historia de la justicia brasileña. Como magistrado instructor del juicio del denominado Mensalão, que ha sentado en el banquillo a la anterior cúpula del gobernante Partido de los Trabajadores (PT), no le ha temblado el pulso a la hora de promover duras condenas contra los que fueran íntimos colaboradores de su mentor, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva. Negro e hijo de un albañil y una limpiadora, Barbosa lo tenía todo para engrosar las estadísticas de la desigualdad en Brasil. Sin embargo, acaba de alcanzar la presidencia del Tribunal Supremo. Su historia de superación y su profundo sentido de la justicia sirven hoy de inspiración a las nuevas generaciones de brasileños.
Francho Barón escribe para EL PAÍS desde Río de Janeiro.
Mientras luchaba contra el cáncer, logró un amplio respaldo en las urnas para ser reelegido al frente de su país.
Por M. Á. Bastenier
Al cabo de 12 viajes a Cuba y cuatro operaciones por un cáncer pélvico, Hugo Chávez ha sido el paciente con la salud más escrutada del planeta. El presidente venezolano, reelegido por amplia mayoría el pasado 7 de octubre, voló a La Habana sin hacer campaña en las elecciones regionales del 16 de diciembre, lo que sugería que el mal no se había disipado y que habría que seguir interpretando los opacos partes médicos de Miraflores. Chávez, como su mentor, Fidel Castro, ha vivido estos últimos meses de mandato ya pensando en la posteridad, para que cada frase, cada inauguración, cada proyecto engordaran su legado. Y todo apunta a una radicalización del régimen; a una reglamentación burocrática del capitalismo de Estado, al que ha llamado ‘socialismo del siglo XXI’. El último acto de esa obra quedó fijado para el 10 de enero de 2013: la lectura ante la asamblea del nuevo programa de Gobierno.
M. Á. Bastenier es periodista de EL PAÍS.
ESPAÑA
DEPORTES
INTERNACIONAL
MÚSICA