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sábado, 30 de junio de 2007
Crítica:POESÍA

El vértigo fijado

  • Arthur Rimbaud
Una nueva edición y traducción de Arthur Rimbaud siempre es bienvenida. Hoy en su Obra poética se vuelve al texto puro y en Iluminaciones, Antonio Colina revisa su propio trabajo.

Más de un siglo después de su muerte no somos capaces de determinar el alcance de la figura y la obra de Arthur Rimbaud. Casi siempre nos contentamos con señalar la extraordinaria velocidad con la que se sucedió su vida y la prodigiosa capacidad de su escritura. De los grandes poetas de la literatura francesa moderna, seguramente sea el que haya ejercido una influencia más decisiva. Es a la vez punto de llegada y de partida, ejemplo del movimiento incesante del acto mismo de la creación: una obra tejida sobre la misma tela de la existencia, fruto de una continuidad en la que la escritura se anticipa a la vida proclamando su futuro. El inventario existencial y espiritual que aparece en sus textos poéticos, con su carga literaria y vital, viene a reafirmar esta premisa con su testimonio fehaciente: "Pauté la forma y el movimiento de cada consonante, y, con ritmos instintivos, me precié de inventar un verbo poético accesible, tarde o temprano, a todos los sentidos".

OBRA POÉTICA COMPLETA

Arthur Rimbaud

Traducción de Miguel Casado y Eduardo Moga

Prólogo de Miguel Casado

Epílogo de Eduardo Moga

Edición bilingüe

DVD. Barcelona, 2007

431 páginas. 14 euros

ILUMINACIONES

Arthur Rimbaud

Edición y traducción de Antonio Colinas

Edición bilingüe

Devenir. Madrid, 2007

155 páginas. 12 euros

Un centenar de páginas bas

taron para establecer casi todas las posibilidades de la poesía: tras ellas casi nada nuevo, casi nada que decir, y todo por volver a hacer y a decir. Ésta es su lección: demostrar de una vez por todas que la poesía es lo que es y nunca es lo que es, que es una lengua siempre en juego: un juego de sentidos, de ajuste y relaciones, un juego de figuraciones e identidades fruto de una generosa distribución de percepciones y de sonidos nuevos; el producto de una palabra repleta de fulgores y cortocircuitos, de retractaciones y contradicciones; un derroche de incontables y fabulosas energías. Rimbaud consiente que sea posible leer su obra "literalmente y en todos los sentidos". Como pone de manifiesto el poema Saldo, en esta inaudita abundancia de hallazgos que la escritura agota tan velozmente, se acaba por liquidar casi cualquier cosa: "Se venden los Cuerpos, las voces, la inmensa opulencia incuestionable, lo que no se venderá nunca". Aquí están, a la vez, la maravilla de la escritura y el ardor de su desastre.

Así es como la poesía permanece poesía y no se hace mera literatura, asumiendo la posibilidad de su desastre, haciendo de su capacidad de sucumbir parte de su naturaleza. Como acertadamente señala Miguel Casado en su equilibrado prólogo: "Yo es otro, es varios, cualquiera, pues; su voz no es la de un sujeto, la de una subjetividad, sino una voz, la voz de nadie. Poesía objetiva". Ésa es su vocación, sobrepasarse a sí mismo y a sus excesos: ser poema. Léase así el titulado Infancia: a la tercera sección, que desarrolla una sucesión de versos que comienzan por "hay" y que no son más que escenarios extraordinarios y realidades imaginarias, le sigue una cuarta donde se multiplican los "yo soy", las posibilidades de autodefinición. Hay lo que es y lo que no es, y por tanto soy otro. La identidad es tan innumerable como la realidad que la rodea y que la habita. Soy todo lo que pueda ser si las palabras quieren que lo sea: "Soy dueño del silencio".

Todo lector responsable -tras la sucesión de biógrafos, editores, traductores, críticos y hagiógrafos que durante años han difundido su vida, estudiado su obra y establecido sus mitos- se pregunta si es posible y necesaria una nueva edición y traducción de la obra de un poeta que dejó de escribir con tan sólo 20 años. La respuesta es que no es solamente posible sino deseable. Sobre todo en una edición libre de toda erudición, como es esta Obra poética completa, en excelente traducción de Miguel Casado y Eduardo Moga, que nos remite a esa música atonal que, atenta a las contradicciones y la potencia de la frase, consigue integrar forma y materia: es una vuelta al texto puro, a su letra objetiva, a la precisa comprensión de sus detalles. Aquí tenemos la sensación de leer sus poemas por primera vez, de sentir de nuevo la provocación de su extrañamiento, que su lenguaje sigue estando abierto a nuestras experiencias. Los poemas de Rimbaud no son herméticos galimatías, y sus lectores no tienen que ser maniáticos, sino lectores de buena fe.

La versión de Iluminaciones que Antonio Colinas nos ofrece responde sin embargo a un impulso personal, al placer deparado por una lectura que incita a la inmediata traducción, como esta que, ahora revisada, fue realizada hace 38 años, en el otoño parisiense de 1968: a la historia personal se suma la colectiva, y al impulso imaginativo juvenil la intención estética. Aunque inseparable de su tiempo, una de las claves de Rimbaud está en "el desasimiento soñado, la ruptura de la gracia atravesada de violencia nueva" que expresa el poema Genio, y esa liberación hace que su escritura sea capaz de superar su propio tiempo y ejercer sobre el lector de hoy la misma e incuestionable fascinación, la de quien "escribía silencios, noches, anotaba lo inexpresable. Fijaba vértigos".

Arthur Rimbaud (1854-1891), fotografiado por Etienne Carjat en 1871.

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