Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crónica:CIENCIA FICCIÓN

Historias de catástrofes espaciales

AÑO 1947. UN GRUPO de temerarios pilotos pretende hacer historia rebasando la mítica barrera del sonido (340 metros por segundo, o Mach 1). Muchos lo intentaron y pagaron cara su osadía. Pero un antihéroe, Chuck Yeager (Sam Shepard), un piloto tranquilo, sin refinada formación técnica, logra la hazaña y marca la senda que seguir para toda una nueva generación de pilotos, dispuestos a arriesgar sus vidas por entrar en los libros de historia, con un nuevo récord de velocidad bajo el brazo. Sólo 10 años más tarde, la Unión Soviética pasaría la delantera a Estados Unidos con una noticia que conmocionó al mundo: el lanzamiento del Sputnik 1, que daba comienzo a la llamada carrera espacial.

Para mantener su prestigio, el Gobierno de Estados Unidos decide impulsar la investigación espacial y planea convertirse en el primer país en poner hombres en el espacio (algo que tampoco conseguiría). Los mejores pilotos de las Fuerzas Aéreas, de la Armada y de los marines son elegidos para ese momento de gloria, y se erigen en estandartes de la emergente juventud norteamericana.

Esta es, a grandes rasgos, la piedra angular sobre la que se articula la interesante película Elegidos para la gloria (The Right Stuff, 1983), dirigida por Philip Kaufman, adaptación de la obra homónima de Tom Wolfe que recrea el alborear del programa espacial norteamericano. Una carrera jalonada por clamorosos éxitos (el alunizaje del Apollo XI, entre otros) y rotundos fracasos. En esta entrega pasamos revista a algunos de los momentos más dramáticos vividos en la carrera espacial, que el reciente accidente del transbordador Columbia ha vuelto a poner de actualidad.

La primera tragedia espacial se produjo el 27 de enero de 1967 (pese a que, para muchos, la verdadera primera víctima del espacio fuera la perra Laika, que en el año 1957 a bordo del Sputnik 2, pereció a los seis días del lanzamiento).

La llamada a ser primera tripulación de la exitosa serie de misiones Apollo, integrada por Virgil Gus Grissom, Edward H. White y Robert B. Chaffee, perecía en un incendio fortuito desatado dentro de la cabina de la nave, en pleno Centro Espacial Kennedy. El fuego duró apenas 15 segundos, pero resultó letal. Un presunto cortocircuito en la atmósfera pura en oxígeno de las Apollo fue la probable causa del accidente. Poco antes, tras su vuelo en la Gemini 3, el propio Grissom había afirmado premonitoriamente: "Si muriéramos, la gente debería aceptarlo... La conquista del espacio merece el riesgo".

Ese mismo año, al otro lado del telón de acero, el veterano héroe de la Voskhod 1, Vladímir M. Komarov, moría a bordo de la primera nave Soyuz tripulada: tras efectuar 18 órbitas completas, 26 horas después del lanzamiento desde Baikonur, un fallo en la fase de reentrada propició la colisión, fulminante, de la Soyuz contra el suelo, a más de 650 kilómetros por hora.

El 30 de junio de 1971, Georgi T. Dobrovolski, Victor L. Patsaiev y Vladislav N. Volkov, a su regreso de una exitosa misión espacial, son encontrados sin vida en el interior de la cabina de la Soyuz 11. Una fisura durante la reentrada y la consiguiente y súbita descompresión fueron las causas probables de su muerte. Mucho más recientes, y trágicos por el mayor número de víctimas, son los accidentes de los transbordadores espaciales Challenger (28 de enero de 1986) y Columbia (1 de febrero de 2003).

En total, 21 víctimas, soñadores que dieron su vida para que algún día la humanidad toque las estrellas. Habrá quien piense que fueron accidentes evitables, fruto de la arrogancia humana, que, incapaz de solventar sus problemas aquí en la Tierra, osa violar el incólume espacio exterior. También habrá quien invoque un misterioso fenómeno paranormal como explicación de la patente coincidencia de fechas en las que han sucedido los tres accidentes estadounidenses (con un estrecho margen de seis días, pero no hay teoría perfecta).

Esperemos que su sacrificio, en aras de la humanidad, no haya sido en vano, y que, como especie presuntamente inteligente, los humanos dediquen sus esfuerzos a la conquista de ese cosmos, vasto y plural, del que formamos parte. Eso si no nos destruimos unos a otros por unos miserables barriles de petróleo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 20 de febrero de 2003