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Crítica:

Chaves Nogales, cronista de la aurora

Al mismo tiempo que se reedita A sangre y fuego, un libro de relatos fundamental para entender la guerra civil, se reúne la obra periodística de Manuel Chaves Nogales. Basada en una sencillez antirretórica, la escritura del autor sevillano se puso al servicio de la República después de hacerse eco de los grandes descubrimientos del siglo XX. Muerto en el exilio londinense, su figura es la de un maestro de la prensa moderna.

La tradición periodística española está repleta de tipos dispépsicos, la mar de graciosos, alojados siempre en el café, diestros en navajear con la lengua y autores de una prosa volatinera cuyo aroma a pachulí es lo único que desafía el paso de los años. Frente a esa tropa, cuyos herederos mantienen su tronío, su zumba y su nada en muchos medios escritos y hablados de la actualidad, se alza la figura rubia, higiénica y elegante de Manuel Chaves Nogales, periodista sevillano, que encaró tres posguerras y sucumbió en la última, que viajó por el mundo y nunca escribió a humo de pajas y cuya escritura seca y culta es todavía hoy un ejemplo raro de tensión antirretórica, de anticasticismo y de compromiso con lo mejor de su tiempo.

OBRA PERIODÍSTICA I Y II

Manuel Chaves Nogales Diputación de Sevilla Sevilla, 2001 952 y 950 páginas 6.000 pesetas los dos tomos

Chaves es hoy un olvidado porque su escritura no tiene un color propio, sino solamente el color de lo que toca, y en el canon literario español esa característica conduce directamente al limbo. La escritura gris de Chaves es, además, una hazaña si se tiene en cuenta de donde venía, es decir, del barroco sevillano, del azahar y la albahaca -palabra interminable- y del melisma cantaor, mucho más interminable todavía. Pero es que, además, su actitud profesional y política tendió igualmente al gris y a los matices: puesto a escoger entre la barbarie falangista o comunista, se adhirió con fuerza y con lealtad a la República y trabajó para ella, incluso cuando la República ya no era nada, y él, enfermo de gravedad muy prematuramente, poca cosa más.

Dada su denuncia bipolar de la barbarie es explicable que ni el franquismo ni el antifranquismo hicieran nada por su memoria. Hasta hace muy poco, Chaves sólo era el remoto y oscuro taquígrafo de Juan Belmonte. Removiendo en el desván, lo encontró Andrés Trapiello -y lo iluminó en algunos nobles párrafos de Las armas y las letras- y luego la profesora María Isabel Cintas empezó a ofrecer al público el fruto de su insomne trabajo en torno del gran escritor sevillano. En el año 1993, la Diputación de Sevilla publicaba los dos primeros volúmenes de la Obra narrativa completa, donde sobresalen dos obras maestras: Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas y A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Ocho años después, la misma Diputación y otra vez la profesora Cintas culminaban su trabajo reuniendo las crónicas periodísticas de Chaves publicadas en España y reeditando La agonía de Francia, un relato serio, informado y profundo sobre la ocupación alemana, que ha de contarse entre los mejores ejemplos del periodismo español de cualquier época.

Las crónicas de Chaves, que ocupan cerca de 1.500 páginas, tienen a la Aurora como gran tema. Chaves vivió, por un lado, la explosión feliz de los grandes descubrimientos técnicos. Algunas de sus páginas más alegres y emocionantes describen la experiencia de la aviación, culminada en la vuelta a Europa que realizó en 1928. Aunque no cabe engañarse con el objetivo final de esta apología: la emoción de Chaves ante el viaje está directamente vinculada con sus posibilidades periodísticas: más lejos y más rápido. El avión facilita entrevistar a Trotski o responder desde el lugar de los hechos a la insidiosa pregunta de por qué se hacen nazis las mujeres. Al contrario, por ejemplo, de Elisabeth Sauvy, Titaÿna, la precoz viajera francesa, Chaves no concibe el periodismo como aventura más que de un modo muy tangencial.

La otra luz de su Aurora es la República. Él describió, tal vez con una precisión y un nivel de información inigualados, lo mejor y lo peor de un régimen en el que confió siempre. No es de extrañar que su alta capacidad prospectiva -una de las condiciones más abandonadas del oficio: todo el que cuenta lo que pasa está contando realmente lo que pasará- fracasara respecto del levantamiento militar: Chaves fue un republicano deslumbrado, si es que puede hablarse así sin incurrir en pleonasmo.

Toda la escritura periodística de Chaves y su menos visible trabajo de organizador, vertiente del oficio que desarrolló especialmente en el diario Ahora y que la profesora Cintas subraya en su introducción, arrancan de una concepción del periodismo que quiere dejar atrás la sumisión de la prensa a los partidos políticos y, sobre todo, la sumisión doctrinal de los hechos a las ideas. El paso de una prensa de partido a otra de empresa se desarrolló en España en las primeras décadas del siglo XX. Como es natural, un cambio cultural de esta naturaleza no se desarrolló sin tensiones ni polémicas y Chaves participó en ellas con su habitual pasión. En el volumen II de la Obra periodística se recoge el instructivo cruce polémico que mantuvo con Mariano Benlliure y Tuero, hijo del escultor y articulista, que había acusado a Chaves de 'dedicar columnas y columnas de virutas literarias a contarnos cómo vive una tía de Paulino Uzcudun, lo que come Raquel Meller o la ropa interior que usa Belmonte'. El trasfondo de estas acusaciones era evidente: Benlliure lamentaba la paulatina desaparición del periodismo de ideas en beneficio de una modernidad que él creía anodina y frívola. Por su parte, Chaves, en uno de los artículos de respuesta, afirmaba: 'Los actuales periódicos de empresa tienen o deben tener una ideología política y religiosa, que en todo momento ha de estar patente y clara. Lo que me parece superfluo es que cada uno de los colaboradores, redactores y reporteros del periódico estén reiterando día a día su fe liberal, conservadora, socialista o comunista, para desesperación de sus lectores. Esto equivaldría a convertir los periódicos en censos de los partidos políticos'.

Desde luego, Chaves no había inventado la prensa independiente. Veinte años antes había teorizado sobre ella con una modernidad inverosímil, casi angustiosa, el valenciano Rafael Mainar, en El arte del periodista (1906), el mejor tratado de periodismo que se ha escrito en España. Tampoco entre sus estrictos contemporáneos estaba solo. En Cataluña, Gaziel, un hombre con el que tuvo muchas cosas en común -entre ellas la de haber descrito las agonías de Francia: Gaziel eligió la de la guerra de 1914 para escribir su extraordinario Diario de un estudiante en París (1916)-, transformaba La Vanguardia en un diario moderno, bajo los mismos presupuestos éticos y estéticos de Chaves. Todos ellos buscaron lo mismo: la crónica interminable de lo recóndito: unos periódicos donde se volcara cada día su tiempo. La modernidad ha seguido sus pasos. Aunque, desde luego, ninguno pudo prever que los periódicos y lo que vino luego -la radio y la televisión- acabaran convertidos en una de las tramas más impenetrables de lo real, es decir, de aquello que pretendieron desentrañar con el optimismo y la pasión del pionero.

Chaves murió en su exilio de Londres, en 1944, lleno de planes. Sus escritos del exilio no están en este volumen y sobre su vida de esos años, en cierto modo misteriosa, poco se sabe. La profesora Cintas ha prometido ocuparse de lo uno y de lo otro. Es una gran noticia para la literatura española que la sombra de Chaves se alargue.La tradición periodística española está repleta de tipos dispépsicos, la mar de graciosos, alojados siempre en el café, diestros en navajear con la lengua y autores de una prosa volatinera cuyo aroma a pachulí es lo único que desafía el paso de los años. Frente a esa tropa, cuyos herederos mantienen su tronío, su zumba y su nada en muchos medios escritos y hablados de la actualidad, se alza la figura rubia, higiénica y elegante de Manuel Chaves Nogales, periodista sevillano, que encaró tres posguerras y sucumbió en la última, que viajó por el mundo y nunca escribió a humo de pajas y cuya escritura seca y culta es todavía hoy un ejemplo raro de tensión antirretórica, de anticasticismo y de compromiso con lo mejor de su tiempo.

Chaves es hoy un olvidado porque su escritura no tiene un color propio, sino solamente el color de lo que toca, y en el canon literario español esa característica conduce directamente al limbo. La escritura gris de Chaves es, además, una hazaña si se tiene en cuenta de donde venía, es decir, del barroco sevillano, del azahar y la albahaca -palabra interminable- y del melisma cantaor, mucho más interminable todavía. Pero es que, además, su actitud profesional y política tendió igualmente al gris y a los matices: puesto a escoger entre la barbarie falangista o comunista, se adhirió con fuerza y con lealtad a la República y trabajó para ella, incluso cuando la República ya no era nada, y él, enfermo de gravedad muy prematuramente, poca cosa más.

Dada su denuncia bipolar de la barbarie es explicable que ni el franquismo ni el antifranquismo hicieran nada por su memoria. Hasta hace muy poco, Chaves sólo era el remoto y oscuro taquígrafo de Juan Belmonte. Removiendo en el desván, lo encontró Andrés Trapiello -y lo iluminó en algunos nobles párrafos de Las armas y las letras- y luego la profesora María Isabel Cintas empezó a ofrecer al público el fruto de su insomne trabajo en torno del gran escritor sevillano. En el año 1993, la Diputación de Sevilla publicaba los dos primeros volúmenes de la Obra narrativa completa, donde sobresalen dos obras maestras: Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas y A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España. Ocho años después, la misma Diputación y otra vez la profesora Cintas culminaban su trabajo reuniendo las crónicas periodísticas de Chaves publicadas en España y reeditando La agonía de Francia, un relato serio, informado y profundo sobre la ocupación alemana, que ha de contarse entre los mejores ejemplos del periodismo español de cualquier época.

Las crónicas de Chaves, que ocupan cerca de 1.500 páginas, tienen a la Aurora como gran tema. Chaves vivió, por un lado, la explosión feliz de los grandes descubrimientos técnicos. Algunas de sus páginas más alegres y emocionantes describen la experiencia de la aviación, culminada en la vuelta a Europa que realizó en 1928. Aunque no cabe engañarse con el objetivo final de esta apología: la emoción de Chaves ante el viaje está directamente vinculada con sus posibilidades periodísticas: más lejos y más rápido. El avión facilita entrevistar a Trotski o responder desde el lugar de los hechos a la insidiosa pregunta de por qué se hacen nazis las mujeres. Al contrario, por ejemplo, de Elisabeth Sauvy, Titaÿna, la precoz viajera francesa, Chaves no concibe el periodismo como aventura más que de un modo muy tangencial.

La otra luz de su Aurora es la República. Él describió, tal vez con una precisión y un nivel de información inigualados, lo mejor y lo peor de un régimen en el que confió siempre. No es de extrañar que su alta capacidad prospectiva -una de las condiciones más abandonadas del oficio: todo el que cuenta lo que pasa está contando realmente lo que pasará- fracasara respecto del levantamiento militar: Chaves fue un republicano deslumbrado, si es que puede hablarse así sin incurrir en pleonasmo.

Toda la escritura periodística de Chaves y su menos visible trabajo de organizador, vertiente del oficio que desarrolló especialmente en el diario Ahora y que la profesora Cintas subraya en su introducción, arrancan de una concepción del periodismo que quiere dejar atrás la sumisión de la prensa a los partidos políticos y, sobre todo, la sumisión doctrinal de los hechos a las ideas. El paso de una prensa de partido a otra de empresa se desarrolló en España en las primeras décadas del siglo XX. Como es natural, un cambio cultural de esta naturaleza no se desarrolló sin tensiones ni polémicas y Chaves participó en ellas con su habitual pasión. En el volumen II de la Obra periodística se recoge el instructivo cruce polémico que mantuvo con Mariano Benlliure y Tuero, hijo del escultor y articulista, que había acusado a Chaves de 'dedicar columnas y columnas de virutas literarias a contarnos cómo vive una tía de Paulino Uzcudun, lo que come Raquel Meller o la ropa interior que usa Belmonte'. El trasfondo de estas acusaciones era evidente: Benlliure lamentaba la paulatina desaparición del periodismo de ideas en beneficio de una modernidad que él creía anodina y frívola. Por su parte, Chaves, en uno de los artículos de respuesta, afirmaba: 'Los actuales periódicos de empresa tienen o deben tener una ideología política y religiosa, que en todo momento ha de estar patente y clara. Lo que me parece superfluo es que cada uno de los colaboradores, redactores y reporteros del periódico estén reiterando día a día su fe liberal, conservadora, socialista o comunista, para desesperación de sus lectores. Esto equivaldría a convertir los periódicos en censos de los partidos políticos'.

Desde luego, Chaves no había inventado la prensa independiente. Veinte años antes había teorizado sobre ella con una modernidad inverosímil, casi angustiosa, el valenciano Rafael Mainar, en El arte del periodista (1906), el mejor tratado de periodismo que se ha escrito en España. Tampoco entre sus estrictos contemporáneos estaba solo. En Cataluña, Gaziel, un hombre con el que tuvo muchas cosas en común -entre ellas la de haber descrito las agonías de Francia: Gaziel eligió la de la guerra de 1914 para escribir su extraordinario Diario de un estudiante en París (1916)-, transformaba La Vanguardia en un diario moderno, bajo los mismos presupuestos éticos y estéticos de Chaves. Todos ellos buscaron lo mismo: la crónica interminable de lo recóndito: unos periódicos donde se volcara cada día su tiempo. La modernidad ha seguido sus pasos. Aunque, desde luego, ninguno pudo prever que los periódicos y lo que vino luego -la radio y la televisión- acabaran convertidos en una de las tramas más impenetrables de lo real, es decir, de aquello que pretendieron desentrañar con el optimismo y la pasión del pionero.

Chaves murió en su exilio de Londres, en 1944, lleno de planes. Sus escritos del exilio no están en este volumen y sobre su vida de esos años, en cierto modo misteriosa, poco se sabe. La profesora Cintas ha prometido ocuparse de lo uno y de lo otro. Es una gran noticia para la literatura española que la sombra de Chaves se alargue.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de noviembre de 2001

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