_
_
_
_
Reportaje:LECTURA

El 'rolling' yonqui

La biografía desautorizada de Keith Richards que se publica ahora en España cuenta las excentricidades y la adicción a las drogas del guitarrista del legendario grupo británico

Mick Jagger había decidido grabar en Toronto porque estaba cerca de Nueva York, lo cual le permitía seguir negociando el contrato; porque no planteaba problemas de visados, ya que Canadá pertenecía a la Commonwealth; y porque estaba lo suficientemente lejos del circuito generalista como para evitar a las masas histéricas. Todo dependía de que los Stones llegaran silenciosamente, ensayaran durante una semana, tocaran los conciertos por sorpresa en el club para poder ser grabados y se marcharan antes de atraer la atención masiva de los medios. Pero cuando los Rolling Stones se reunieron en el Harbour Castle Hilton del centro de Toronto, el 20 de febrero de 1977, descubrieron que mister Redlands, el nombre bajo el que se había registrado la reserva de Richards, no estaba allí. Tras unas llamadas telefónicas a Inglaterra, se supo que Keith se encontraba encerrado a cal y canto en Redlands junto a [su novia] Anita [Pallenberg] y [su hijo] Marlon.

Anita, la novia de Keith, le reprochaba: "Te crees Superman, ¿verdad? Pues bien, sólo eres Superman cuando tocas la guitarra"
Más información
Un ratón de biblioteca llamado Keith Richards

En Redlands habían recibido la visita de Barbara Charone, que estaba escribiendo la biografía autorizada de Richards y que recordaría así los reproches de Anita a Keith:

"¡Hace meses que no me haces el amor! ¿Es más importante la televisión que yo? Te crees que eres Superman, ¿verdad? Pues bien, sólo eres Superman cuando tocas la guitarra. Piensas que puedes controlar a las drogas, pero no puedes. Sé lo que soy, y llevo siete años así".

Y continuaba: "Haces ver que no eres un drogadicto. Te limitas a encerrarte en el lavabo. Crees que la gente no lo sabe. No eres diferente a los demás. Tú tampoco puedes controlar a las drogas".

Richards seguía mirando la televisión, en silencio. Si te fijabas bien, tenía los ojos llenos de lágrimas.

La maquinaria de los Stones estaba paralizada a la espera (las furgonetas para transportar el equipo y el equipaje, los coches para ir a buscar a Keith al aeropuerto, los ayudantes y camellos a tiempo completo), pero nadie lograba contactar con él. Al final, los Stones le enviaron un telegrama: "Queremos tocar. Tú quieres tocar. ¿Dónde estás?".

Cuatro días más tarde, el 24 de febrero, Keith, Anita, Marlon y veintiocho piezas de equipaje partían en un vuelo de British Airways de Londres a Toronto. A medio vuelo, Keith se levantó, fue al lavabo a meterse otro chute y permaneció allí durante tres horas. Cuando regresó a su asiento y metió en la bolsa la cucharilla quemada que había utilizado para calentar la heroína, no se lo dijo a nadie. A Anita le pareció percibir cierta alarma en el asistente de vuelo, pero tampoco se lo dijo a Keith. "No sé por qué lo hizo. A veces me pregunto si lo hizo expresamente, pero nunca hemos hablado del tema. Nuestro nivel de comunicación estaba bajo mínimos, y yo nunca le contaba mis temores ni ese tipo de cosas". Entre los dos, llevaban dos gramos de heroína y cocaína.

Teniendo en cuenta lo bien planificados que solían estar los movimientos de los Stones, Richards podría haberse dado cuenta de que algo iba mal al no ver a ningún miembro de la organización del grupo en el aeropuerto internacional de Toronto que le facilitara el paso por la aduana, pero estaba tan colocado que pensó que los hombres que se apiñaban alrededor de sus maletas eran personal de seguridad de los Stones. En realidad eran agentes de aduanas. Encontraron una pequeña piedra de hachís, de la que Anita no se acordaba, mezclada con algunas pastillas para la infección vaginal, y la cuchara ennegrecida. No descubrieron la heroína ni la cocaína. Se quedaron con la cuchara para analizarla y permitieron que el grupo siguiera su camino.

Menos de veinticuatro horas después de su llegada, Richards había adquirido unos treinta gramos de heroína y cinco de cocaína. Anita creía que Keith había hecho que le enviaran la droga. Era su práctica habitual cuando no tenía a un camello de confianza en la ciudad de destino. "En realidad nunca se lo pregunté, pero eso es lo que oí", diría más adelante.

"Keith había enviado el material por correo y lo habían pillado. En realidad, la policía nos estaba esperando allí. No sé si Keith era muy consciente de ello, porque ya lo habíamos hecho en otras ocasiones, habíamos enviado paquetes a diferentes lugares. Es una de esas cosas que esperas que funcione, ya sabes...". Con las drogas en la mano, Keith se retiró a uno de sus largos sueños de hibernación.

El 28 de febrero, las relaciones entre Keith, Anita y los Rolling Stones todavía no se habían restablecido. En algún momento de ese día, a Anita le dijeron que había unos hombres en el hotel que buscaban a Keith, pero ésta no se lo dijo a Keith ni al servicio de seguridad de los Stones. Por su parte, éstos también fallaron a la hora de proteger a Keith. Sabían que se encontraba bajo vigilancia por el registro del aeropuerto, y aun así, pese a que era habitual que hubiese un vigilante a la puerta de la suite de Richards las veinticuatro horas del día, aquella mañana no había nadie. Era como si alguien le hubiera tendido una trampa.

Nick Kent: "Alguien había llamado y había dicho: 'No os necesitamos', cosa que, teniendo en cuenta el panorama, no tenía ningún sentido. Cuando lo detuvieron, Richards estaba en un estado totalmente paranoico, y como alguien les había dicho a los guardaespaldas que se fueran de allí, llegó a pensar que alguien de dentro de la organización de los Rolling Stones le había tendido una trampa".

Cuando la policía llamó a la puerta, Anita pensó "que era Marlon, y en cuanto empecé a abrir, el inevitable pie por la rendija, y ahí terminó todo. Les dije que no sabía nada, pero teníamos allí todo el material".

Los quince miembros de la Policía Montada del Canadá encontraron lo que estaban buscando minutos después de entrar en la suite. Lo difícil no fue encontrar las drogas, sino despertar a Keith. (En una ocasión, a finales de los sesenta, ¡lo habían llevado de Nueva York a Londres sin que se despertara!). Pasaron tanto tiempo dándole sopapos para conseguirlo que, como recordaría él más adelante, tenía las mejillas sonrosadas.

Richards: "Me desperté. Me dijeron: 'Está usted detenido'. ¡Oh, genial! Lo que me decepcionó es que, cuando irrumpieron en la habitación, ninguno de ellos llevaba el uniforme de la Policía Montada. Iban todos con anoraks, llevaban bigote y las cabezas afeitadas. Eran unos cabrones que sólo querían que su foto saliera en los periódicos. Había unos quince alrededor de mi cama, intentando despertarme. Me hubiese despertado mucho antes si hubiera visto el uniforme rojo y el sombrero con el oso".

Tras interrogar a Keith y Anita en habitaciones separadas, los policías montados obligaron a confesar a Richard, que necesitaba un chute y no quería liar todavía más las cosas. Los agentes lo trasladaron al centro de la ciudad y lo acusaron de tráfico [de drogas], lo que comportaba una pena de entre siete años [de prisión] a cadena perpetua. (...) Los Rolling y toda su organización estaban furiosos con Richards. Sólo seis semanas antes había escapado a una condena de prisión en Inglaterra con el severo aviso de que en la próxima estación sería encarcelado en lo que él llamaba la casa grande. (...) Al día siguiente, la prensa mundial se hacía eco del arresto en grandes titulares.

Keith Richards. Biografía desautorizada, de Victor Bockris. Global Rhythm Press. Precio: 25 euros

Keith Richards, en una de sus actuaciones en el estadio olímpico de Barcelona en junio de 2003.
Keith Richards, en una de sus actuaciones en el estadio olímpico de Barcelona en junio de 2003.Viçens Giménez
<b>Keith Richards. Biografía desautorizada, </b>de Victor Bockris. Global Rhythm Press.
Keith Richards. Biografía desautorizada, de Victor Bockris. Global Rhythm Press.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_