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El reto de tratar la obesidad infantil: “Son niños muy quemados, con sentimiento de culpa”

Es una dolencia al alza en menores, que hipoteca su salud hasta la edad adulta. Los fármacos antiobesidad tienen su hueco, pero los expertos aseguran que nunca solos: es imprescindible una intervención nutricional, emocional y de refuerzo de ejercicio físico

La fisioterapeuta Imma Canut atiende a la joven Juliette Yong, de 17 años, en la unidad de tratamiento de la obesidad infantil de Vall d'Hebron.Gianluca Battista

La obesidad infantil se ha convertido en una amenaza global de primer orden, que castiga la salud de la infancia a todos los niveles: es puerta de entrada a una retahíla de enfermedades cardiovasculares y metabólicas que llegan hasta la edad adulta, pero también funciona como un martillo emocional que destroza la salud mental en edades especialmente vulnerables. Se ve en la consulta, cuenta Eduard Mogas, jefe de la Unidad de Tratamiento de la Obesidad Infantil en el Hospital Vall d’Hebron: “Son niños que vienen muy quemados, con un sentimiento de culpa que, si no lo abordas bien, les puede acabar generando un rechazo al sistema”.

En su unidad atienden a unos 380 chavales con obesidad. No hay píldora mágica que darles, ni siquiera con la aparición de los novedosos fármacos antiobesidad que han revolucionado, en adultos, el abordaje de esta dolencia. Y aunque estos medicamentos pueden ayudar en algunos casos, no siempre y nunca solos, puntualiza Mogas: es imprescindible que haya siempre una intervención nutricional, emocional y de rutina de ejercicio físico. “Se requiere un abordaje multidisciplinar. Hay que desculpabilizarlos y desestigmatizarlos. Estamos quitando el foco de sus costumbres, que habrá que mejorar, sí, pero lo hacemos en positivo, desde el respeto. Hay que empezar con buen pie para mejorar la adherencia y conseguir que vengan más y mejor a la consulta, plantea el médico.

Necesitan que los chavales sigan el tratamiento y las intervenciones que les proponen. Que no se queden por el camino. Que no abandonen. Hay mucho en juego.

Se estima que uno de cada cinco menores en el mundo padecen exceso de peso (sobrepeso u obesidad) y la curva sigue al alza. Tanto, que ya se están empezando a ver fenómenos muy particulares asociados a esta epidemia de obesidad creciente, como la aparición cada vez más temprana de cuadros clínicos más propios de población adulta. Un ejemplo: el auge de hipertensión arterial, llave para desarrollar graves problemas cardiovasculares. Una revisión reciente alertaba de que casi se había duplicado en las últimas dos décadas: a principios de este siglo el 3,4% de los niños y el 3% de las niñas padecían esta dolencia, pero en 2020 ya eran el 6,5% y el 5,8%, respectivamente. Según sus cálculos, hoy en día, 114 millones de menores de 19 años en todo el globo viven con hipertensión.

Mogas confirma ese empeoramiento global de la salud: “Estamos viendo obesidades de intensidad más elevada [con un índice de masa corporal más alto] y complicaciones asociadas: hemos detectado complicaciones metabólicas, como la diabetes; mecánicas, como hipertensión, alteraciones cardiovasculares y obstrucciones respiratorias durante el sueño; y también hemos visto complicaciones en salud mental asociadas obesidad”.

En otro hospital, el Sant Joan de Déu de Sant Boi (Barcelona), también han constatado que más de la mitad de los menores atendidos en su unidad de endocrinología pediátrica tenían resistencia a la insulina, una alteración metabólica causada por la obesidad y que puede acabar desencadenando diabetes tipo 2. Y se han encontrado también con pacientes con “señales de alerta en la tensión arterial”, con indicios de hígado graso o que están acumulando colesterol (dislipemia) en sus vasos sanguíneos, unas anomalías metabólicas muy asociadas también a la obesidad.

Todo esto puede tener consecuencias impredecibles en la salud de los chavales a largo plazo. E intervenir pronto y de forma eficiente es clave. En Vall d’Hebron, por ejemplo, cuentan desde las primeras visitas con acompañamiento psicológico para borrar esa huella de estigma y señalamiento que puede acompañar a los chavales. “Es clave para que se sientan mejor, acompañados y que continúen el tratamiento”, resuelve Mogas.

Vivencias negativas con el ejercicio

A ello se suman intervenciones para mejorar la alimentación y programas para combatir el sedentarismo. “El objetivo de nuestra intervención es acompañar a los paciente para lograr un adecuado nivel de actividad física. E instruirles en pauta de ejercicio que pueden realizar por su cuenta e implementar en su rutina diaria”, cuenta Imma Donat, del equipo de Fisioterapia y Rehabilitación de Vall d’Hebron. Los especialistas de esta área hacen evaluaciones de la actividad física de los chavales (en la escuela, las extraescolares, los desplazamientos, qué hacen en los recreos) y los someten también a pruebas funcionales para valorar la fuerza muscular y la capacidad aeróbica. Según sus resultados, adaptan un programa de actividad física adecuado para su caso, con actividades presenciales y seguimiento telemático para que puedan hacerlo en casa.

La idea, abunda la fisioterapeuta Berta Canut, es que “cojan una relación positiva con la actividad física”. Es fundamental que se sientan seguros, insiste. “Nos hemos encontrado con vivencias de pacientes con una relación negativa con el ejercicio por prejuicios o falta de seguridad. Aquí hacemos que tengan un lugar seguro”, expone.

Juliette Yong Akewen, de 17 años, lleva desde el año pasado en seguimiento en la unidad de atención a la obesidad infantil. Ha pasado por el programa nutricional y de fisioterapia y dice que ha mejorado. “Lo que más me ha cambiado es la motivación por hacer deporte porque antes me costaba mucho más. Y en el tema de alimentación, he aprendido a saber qué comer y qué evitar”, narra la joven. A nivel emocional, añade, ha aprendido a entrenar “la constancia”: “Y a que si me agobio paro, respiro y luego sigo. Pero no lo dejo”, sonríe.

A su lado, su madre, Rita Akewen, dice que está “muy orgullosa de ella”: “Todo esto le ha ido muy bien. Ya no ve el ejercicio como un sacrificio, sino como algo divertido. Está más animada y con ganas de seguir porque ve resultados”. Rita también padeció obesidad desde niña y sabe lo que se sufre: “Sé lo que significa tener mucho peso, el juicio de las personas, el sufrimiento de no poder ponerte lo que quieres o todo lo que pones en juego con respecto a la salud. Yo no quiero eso para mi hija, no quiero que sufra lo que yo he pasado”.

En la respuesta a la obesidad infantil han entrado también los innovadores fármacos que imitan el efecto de las hormonas que de forma natural generan la sensación de saciedad y, en adultos, ayudan a perder entre el 15% y el 25% del peso del paciente. Están autorizados también en mayores de 12 años, pero Mogas apela a la cautela: no sirven para todos los casos ni como respuesta única a la obesidad.

“En ensayos clínicos han demostrado ser efectivos para adolescentes, pero en vida real, la evidencia es limitada. Y tenemos incógnitas en cuanto a la evolución a largo plazo con estos medicamentos”, plantea. El médico asegura que los fármacos de la familia del Ozempic “pueden suponer una ayuda cuando los pacientes implementan cambios en el estilo de vida”, pero no solos.

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