Los refugiados en Goma, obligados de nuevo a desplazarse: “Aquí podemos morir fácilmente”

Las cerca de 700.000 personas que vivían en los campamentos en los alrededores de esta ciudad de República Democrática del Congo se ven forzadas a regresar a sus hogares ahora que el M23 consolida su control en el territorio

Un grupo de personas espera en medio de lo que queda del campamento de Bulengo, en el lado oeste de Goma, en febrero de 2025. Muchas de las 700.000 personas desplazadas que huyeron a Goma desde principios de año debido a la violencia asociada al avance del M23 se han alojado aquí.Joost Bastmeijer - Volkskrant's (Joost Bastmeijer - Volkskrant's)

En las calles de Goma, al este de la República Democrática del Congo, la vida parece continuar con normalidad. Sin embargo, junto a los numerosos mototaxis que circulan y las pequeñas tiendas que han vuelto a abrir, todavía hay cascos vacíos en las cunetas. Todos los días se encuentran bombas y granadas sin explotar: son restos de la sangrienta batalla entre la milicia rebelde del M23 y el ejército congoleño que tuvo lugar en estas calles hace apenas unas semanas. Tras el asedio de Goma, el M23, un grupo armado bien entrenado, ha estado a cargo de la ciudad, que trata de reponerse del horror. Los enfrentamientos de enero dejaron cerca de 3.000 fallecidos, según cálculos de la ONU, y a decenas de miles de desplazados que se debaten si continuar en los campos de refugiados vecinos o regresar a sus pueblos para estar más seguros.

Sin embargo, en las afueras de Goma, todavía se producen tiroteos, saqueos y robos por las noches. Los transeúntes enfurecidos prenden fuego a los ladrones. Por lo que, a lo largo de la ruta principal occidental hacia Sake, otra ciudad de la provincia, yacen varios cuerpos carbonizados.

En las calles de Goma, la Alianza Río Congo, liderada por el M23, quiere dar una sensación de seguridad. En los últimos días, han organizado brigadas de limpieza. Joost Bastmeijer - Volkskrant's (Joost Bastmeijer - Volkskrant's)

Esa carretera también pasa por el campamento de Bulengo, en el lado oeste de la ciudad. El ambiente es caótico. Muchas de las 700.000 personas desplazadas que huyeron a Goma desde principios de año por la violencia asociada al avance del M23, al que la ONU acusa de haber cometido ejecuciones y asesinatos en masa de civiles, se han alojado aquí y al norte de la ciudad en tiendas de campaña. Ahora, la milicia teme que los campamentos densamente poblados sean un caldo de cultivo para la rebelión contra sus nuevos líderes. Según los desplazados, se les ha dado un ultimátum para que abandonen el campamento; una afirmación que el M23 niega. Las pocas organizaciones humanitarias que aún están presentes en los campamentos (muchos trabajadores humanitarios huyeron en la toma de Goma) se han visto obligadas a cesar sus actividades.

Los heridos se recuperan en el hospital Ndosho, en Goma, en febrero de 2025.Joost Bastmeijer (Joost Bastmeijer - Volkskrant's)

La clínica del campamento funcionó hasta mediados de febrero, según cuenta Thierry Allafort-Duverger, director de programas de Médicos Sin Fronteras Francia en Goma. “El 14 de febrero por la tarde, lo retiramos todo; de lo contrario, lo habrían saqueado”. Allafort-Duverger dice que hombres desconocidos siguen atacando y saqueando letrinas, clínicas y otras estructuras de las ONG en los campamentos. “Se llevan todo lo que pueden: hierro, acero, tanques de agua y láminas de acero”.

Allafort-Duverger, que describe el panorama en los refugios como “realmente tenso”, teme que la situación humanitaria se deteriore rápidamente. “Si los estadounidenses deciden recortar una gran parte de los fondos de USAID que llegan a las ONG y a la agencia de refugiados ACNUR aquí, tendrá consecuencias”, afirma.

“Algunas personas han pasado dos años en los campamentos”, dice, y alerta de que habrá quienes regresen a sus pueblos y no encuentren nada. “¿Seguirán allí sus casas? ¿Seguirán siendo dueños de sus tierras de cultivo? ¿Cómo van a vivir si no pueden cosechar nada en un futuro próximo? ¿Habrá violencia? Si las ONG y los organismos de la ONU no pueden hacer realmente su trabajo, será un gran desastre”, advierte Allafort-Duverger.

La sangrienta toma de Goma, la capital provincial de Kivu Norte, es un hito en un conflicto que ha estado asolando la región durante décadas. Las tensiones étnicas y la lucha por materias primas provocaron dos guerras devastadoras entre 1996 y 2003, que costaron la vida a millones de personas. Durante las guerras, se formaron más de un centenar milicias en la zona, entre ellas el M23 que es, ahora, la más grande y recibe apoyo de Ruanda. El movimiento rebelde afirma proteger a los tutsis del este del Congo de las milicias hutus, que huyeron a través de la frontera tras el genocidio de Ruanda de 1994. La magnitud del conflicto es tal, que ya se han sumado Burundi y Uganda, y aumenta la amenaza de una tercera guerra regional.

“¿A dónde vamos?”

Hay conmoción en todo el campamento Bulengo, mezclada con el martilleo de hombres y mujeres que desmontan sus tiendas de campaña hechas a mano. Las huellas de miles de ellas aún son visibles en el suelo negro. Al menos la mitad de los desplazados ya han empacado sus pertenencias y se han ido. “¿A dónde vamos?”, pregunta un hombre. Una mujer responde: “No importa, si no nos vamos, dijeron que la Cruz Roja vendrá y nos llevará”. Todo el mundo parece saber lo que significa la alusión a la Cruz Roja, que ha sido la organización que ha estado despejando las calles de Goma de cadáveres.

Si los estadounidenses deciden recortar una gran parte de los fondos de USAID que llegan a las ONG y a la agencia de refugiados ACNUR aquí, tendrá consecuencias
Thierry Allafort-Duverger, director de programas de Médicos Sin Fronteras Francia en Goma

“Aquí podemos morir fácilmente”, dice Nikuze Habimana, de 33 años, aunque no menciona a quién le tiene miedo exactamente. Una venda se extiende alrededor de su frente con un gran fardo de todas sus pertenencias atado a ella. Su hijo está sentado en su cuello y sus pies están cubiertos de llagas y cicatrices. La familia regresa a su aldea de Mitumbala. El M23 ha dicho que ese ya es un lugar seguro, pero Habimana lo duda. Sin embargo, se va. “No tenemos otra opción”, lamenta.

Nikuze Habimana, de 33 años, abandona el campamento de Bulengo. Con una venda atada a su frente, logra cargar un gran fardo con todas sus pertenencias. Joost Bastmeijer (Joost Bastmeijer - Volkskrant's)

Habimana se une a una interminable procesión de personas que avanza lentamente por las colinas y a lo largo de una extensión del lago Kivu hacia Sake, situada más al oeste. Muchos de ellos no saben si las casas de su pueblo natal siguen en pie, después de años de guerra. La carretera a Sake está llena de balas y un vehículo blindado quemado está parado al borde de la carretera.

Después de recorrer unos 20 kilómetros a través de una zona pantanosa, los desplazados llegan a Bambiro, un suburbio de Sake. Esta fue una de las principales líneas de defensa de Goma. Más vehículos blindados averiados en la antigua base del ejército congoleño y un edificio escolar con agujeros en el techo delatan los feroces combates que tuvieron lugar allí.

Unos cientos de metros más adelante, aparecen las primeras casas que han sido destrozadas a tiros. Después de que las bombas, granadas y morteros penetraran en los techos de chapa ondulada y explotaran, poco quedaba de las estructuras de madera. Un fuerte llanto viene de un patio de una de las casas. “Oh, mamá, ¿por qué te dejamos volver?”, llora Faida, de 32 años. Faida regresó del campo con sus hijos la semana pasada. Su madre ya había abandonado el campamento, justo antes de que comenzara el ataque a Goma. Cuando el resto de la familia llegó, encontró a la anciana muerta en su cama, alcanzada por una granada que había atravesado el techo. Ahora está enterrada junto a su casa, que fue bombardeada. “Esto es culpa de [Félix] Tshisekedi [el presidente de la RDC]”, solloza Faida. “Si hubiera estado dispuesto a hablar con los rebeldes, nunca se habría salido tanto de control”.

“¡Trrr, trrr, bam!”. Los hijos de Faida juegan a los soldados con los fragmentos de madera de la casa. El suelo está cubierto de trozos de metal y astillas de madera. Junto a la casa, en la tumba de su abuela, hay cascos, botellas de agua y uniformes del ejército abandonados. “No dejamos que los niños jueguen con ellos”, dice Faida. “Estas cosas son peligrosas”.

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