El legado democrático de Leopoldo Calvo-Sotelo
En el centenario de su nacimiento, cabe recordar la figura política del expresidente del Gobierno y su defensa del diálogo y la concertación
Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo nació el 14 de abril de 1926, hace ahora 100 años. Era ingeniero de Caminos y desarrolló una larga trayectoria empresarial antes de desembarcar en la política, como procurador en las últimas Cortes franquistas en representación de las industrias químicas, ministro de Comercio en el primer ...
Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo nació el 14 de abril de 1926, hace ahora 100 años. Era ingeniero de Caminos y desarrolló una larga trayectoria empresarial antes de desembarcar en la política, como procurador en las últimas Cortes franquistas en representación de las industrias químicas, ministro de Comercio en el primer Gobierno de la monarquía que presidió Carlos Arias Navarro, y ministro de Obras Públicas ya con Adolfo Suárez. Fue protagonista esencial y hombre de confianza de Suárez en la formación de la Unión de Centro Democrático (UCD), una coalición más que un partido que sumó en sus filas a liberales, demócratas cristianos y socialdemócratas, entre los que Leopoldo se declaraba “independiente”. Hacedor de las listas electorales, cesó como ministro para presentarse como número 2 por Madrid en las primeras elecciones de 1977 y asumió la portavocía de UCD en el Congreso. Fue ministro de Relaciones con las Comunidades Europeas y finalmente vicepresidente económico. Siempre reconoció que fue Adolfo Suárez quien “de verdad” hizo la Transición, quien “armonizó” en un momento difícil a una serie de gentes, de profesionales que llegaban de fuera de la política, como era el caso de Leopoldo.
Designado por Suárez como su sucesor, el 23 febrero de 1981, su sesión de investidura fue interrumpida por el intento de golpe de Estado del teniente coronel Antonio Tejero. Tres días más tarde, Leopoldo Calvo Sotelo se convirtió en presidente. Afrontó la tarea de recuperar la normalidad constitucional, tal como le había pedido el Rey, y propiciar el juicio contra los responsables del golpe. La sentencia del tribunal militar fue recurrida por su Gobierno ante el Tribunal Supremo, en una voluntad manifiesta de que la condena final fuera dictada por un tribunal civil, que la endureció, especialmente en el caso del general Alfonso Armada. Por primera vez en democracia no había militares en el Gobierno. Tomó decisiones difíciles, como el ingreso en la OTAN, la “armonización” del proceso autonómico o el preámbulo de la adhesión definitiva a la Comunidad Económica Europea, un empeño al que Leopoldo había dedicado años, rodeándose de un equipo de profesionales y celebrando numerosas entrevistas con líderes europeos.
Además de un gran lector de libros científicos y técnicos, pero también de filosofía y teología, amigo de libreros, escritores e intelectuales, era un excelente parlamentario, un polemista en ocasiones temible, pero también reflexivo, partidario del diálogo y la concertación. “Nunca daré un mitin ni participaré en el griterío”, decía, aunque perdió el miedo a hablar en público muy pronto, porque con cuatro años y hasta que cumplió diez había sido alumno del Instituto Escuela, una creación de la Institución Libre de Enseñanza, de cuyo talante liberal y método novísimo de enseñanza se declaraba defensor muchos años después, al igual que de la educación pública que siguió en el Instituto de Segunda Enseñanza de Ribadeo y después en el Instituto Cervantes de Madrid. Nunca fue franquista, pero sí monárquico, porque ser monárquico quería decir no estar “ni con el 18 de julio ni con el 14 de abril”, explicaba años más tarde. Se unió a comienzos de los años cuarenta a las clandestinas “juventudes monárquicas de Juan III”, como se llamaba entonces al conde de Barcelona. Cuando cursaba su carrera de ingeniería, en una visita reivindicativa al entonces ministro de Educación Nacional, José Ibañez Martín, conoció a quien se convertiría en su mujer, Pilar, hija del ministro.
Detrás de la imagen seria, adusta, que muchos le atribuían, asomaban la sorna y el sentido del humor, muy gallegos. Leopoldo había nacido en Madrid, pero sus raíces familiares estaban en Galicia. Había pasado la guerra civil en Ribadeo (Lugo), con su madre, Mercedes Bustelo y sus abuelos, Ramón y Rosario. Era el segundo hijo después de nuestra madre, Mercedes Chucas (1925-2015) y tenía otras tres hermanas menores. Su padre, Leopoldo, letrado del Consejo de Estado y escritor, cofundador del Partido Social Popular en 1922, un partido de corta vida, precursor de la democracia cristiana, fue quien decidió enviarle al Instituto Escuela. Falleció prematuramente en 1933 sin haber podido conocer a la última de sus cuatro hijas y dejando sola a su esposa, sumida en una enorme tragedia que no olvidaría en sus 90 años de vida. Encontró refugio y ayuda en sus padres y en su cuñado, José Calvo-Sotelo, cuyo asesinato en julio de 1936 constituyó un segundo momento de duelo; también en su hermano Francisco y en su cuñada, Carlota García del Real.
La casa familiar de Bustelo en Ribadeo es un gran caserón de cinco pisos —más capilla— situada en una de las calles que bajan al muelle, la que fuera (y sigue siendo para muchos de nosotros) “calle de la Paz”. Ramón Bustelo, abuelo de Leopoldo, fue diputado liberal a Cortes por Ribadeo desde 1901 hasta 1923 y se distinguió por su carácter afable y generoso, lo que, al final le costó no pocos disgustos y llegar a la Guerra Civil en situación económica no muy boyante. Con su abuelo, que suplió en gran medida la ausencia del padre, Leopoldo escuchaba en Ribadeo la radio, la BBC, con las noticias de la guerra mundial, y la retransmisión de óperas y conciertos que despertaron su temprana afición a la música.
En aquel caserón convivimos muchos de sus sobrinos con “tío Poldo” durante algunos veranos. Antes de que se inaugurara el Puente de los Santos, que une las orillas gallega y asturiana de la ría desde 1987, Leopoldo recalaba en Figueras cuando viajaba a Ribadeo por Asturias, y cruzaba a Ribadeo en la lancha de pasaje que, cada media hora, unía las dos comunidades autónomas. Cuando llegaba a su casa, cambiaba la corbata por una camisa blanca y pantalón y blusón/cazadora de tela mahón azul marino —prendas típicamente marineras que ya no se fabrican— y hacía su predicción del tiempo para el siguiente día mirando al horizonte y al movimiento del mar en la ría. Nuestro “tío Poldo”, acompañado por la inseparable tía Pili, dedicaba muchas horas, siempre que la mar lo permitía, a navegar en el Juanín, un bote de madera y vela latina, tradicional de la ría. En esos largos paseos a vela podíamos escuchar sus explicaciones sobre el arte de navegar a vela: orzar, cazar escota, trasluchar, virar por avante, amurar al viento, empopada, ceñida, cambiar escota (sin recibir un golpe de la botavara en la cabeza) o evitar arrugas en la vela.
Leopoldo y su madre se adoraban. Ejercían, sin pudor, pero con cariño de “jefes de la familia Calvo-Sotelo Bustelo” (la abuela Mercedes tuvo 28 nietos) y las reuniones de toda esta familia eran frecuentes en casa del tío Leopoldo. El día 31 de agosto de 1990, la abuela Mercedes, la indiscutible matriarca, agonizaba en el hospital comarcal de Jarrio en Asturias, a escasos 25 kilómetros de Ribadeo. El tío Leopoldo se mantenía muy cerca de la cama, acariciando a ratos la mano de su madre. Cuando se vio que el final era inminente comenzó a brotar de sus ojos un verdadero raudal de lágrimas; no se las enjugaba, las dejaba caer, en un profundo silencio y recogimiento, sobre las sábanas de la cama en la que su madre se había despedido de este mundo.
Leopoldo Calvo Sotelo murió el 3 de mayo de 2008. La capilla ardiente se instaló en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados y fue presidida por los Reyes. Era el primer funeral de Estado de la democracia.