Lobo Antunes y las tinieblas
El escritor portugués entendió la escritura como un camino para mirar el desasosiego de frente, una rareza en este siglo XXI que solo conoce la prisa
Hace unos días murió António Lobo Antunes. Fue un escritor, lo es, que trataba con las palabras con tanta familiaridad y cercanía y complicidad que las hacía recorrer caminos muy extraños, asomarse al precipicio, tirar por senderos estrechos que discurren al lado del abismo; daba a ratos miedo mirar desde tan arriba a ...
Hace unos días murió António Lobo Antunes. Fue un escritor, lo es, que trataba con las palabras con tanta familiaridad y cercanía y complicidad que las hacía recorrer caminos muy extraños, asomarse al precipicio, tirar por senderos estrechos que discurren al lado del abismo; daba a ratos miedo mirar desde tan arriba a las sombras. Sus personajes eran muy próximos, hechos de la misma pasta de la que estamos hechos cada uno de nosotros, por eso imponía respeto darse cuenta de que puede pasar cualquier cosa, que por ahí dentro conviven entrelazados lo peor y lo mejor, y que luego están las circunstancias y la suerte. No hizo ninguna concesión para expresar y dar forma a lo que quería contar, así que su literatura está llena de invenciones, de desafíos. Y fue también una literatura que salió en los periódicos, como crónicas, como iluminaciones. Sorprende darse cuenta de que en los papeles donde se publican las noticias —en las pantallas, habría que decir ahora— también se cuele lo que tiene más duración, lo que sobrevive a la actualidad, las heridas incurables, la derrota. De eso trataba con frecuencia Lobo Antunes. De las cosas que se tuercen.
Así que Lobo Antunes metió en los papeles efímeros la densidad y las resonancias que proceden del pasado, del “laberinto del pasado”, lo escribe así en alguno de sus libros. Hurgar en los recovecos de lo que sucedió antes, meterle mano al lugar de donde venimos. De todo hace ya casi 50 años, o a veces más. Su primera novela se publicó en 1979, pero todavía es más relevante que algunas de sus piezas más importantes se ocupen de aquellos años, del Portugal que se rebela contra la dictadura y hace la revolución, del final de su historia colonial. Portugal, los portugueses habría que decir; no la abstracción, la gente de carne y hueso. Lobo Antunes estuvo ahí, en África, y regresó. Es esa herida en la que rasca, explora esa derrota. También en sus libros, trabajó como psiquiatra, aborda la locura y la enfermedad. Es el lado más frágil el que siempre le interesa, al que da forma. Lo pequeño.
“Lo máximo que, en general, recibimos de la vida es cierto conocimiento de ella que llega demasiado tarde”, escribe en una crónica en la que se ocupa de su escritura. Ahí cuenta que en lo que hace “no hay narración en el sentido común del término”. En sus libros no importa la trama, no hay presentación, nudo y desenlace, no se ocupa de agarrarte con un misterio, no hay que salir a buscar al asesino, ni procura dar soluciones o pelear por una causa. Habría que abordar sus novelas, dice al principio, “del mismo modo que se coge una enfermedad”. Más adelante se explica un poco más: “Hace falta que os abandonéis a su aparente descuido, a las suspensiones, a las largas elipsis, al sombrío vaivén de las olas que, poco a poco, os llevarán al encuentro de las tinieblas fatales, indispensable para el renacimiento y la renovación del espíritu”.
Se murió António Lobo Antunes, y se llevó con él una manera de entender el ejercicio de escribir como una manera de salir al encuentro de las tinieblas fatales. El trabajo diario de trazar círculos concéntricos que se abren y se amplían y que luego se van cerrando para conseguir pillar la presa que se escapa. Quién sabe si este mundo de hoy está ya hecho para esos menesteres. Hace falta parar un poco para mirar el desasosiego de frente. Pero en el siglo XXI lo que hacemos es estar corriendo. Y con Lobo Antunes hay que empezar sentado y luego ponerse a caminar.