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¿Cómo acabará el ‘doble poder’ en EE UU?

La confrontación entre el búnker trumpista y las fuerzas de cambio se va a prolongar

Trump, el viernes durante su comparecencia en la Casa Blanca en respuesta a la sentencia del Supremo.CONTACTO / Europa Press

Los aranceles a granel eran la gran palanca de Donald Trump. Para someter al mundo exterior, para ilusionar a los necesitados domésticos de protección, y para equilibrar cuentas con nuevos ingresos que compensasen sus locas rebajas de impuestos.

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Los aranceles a granel eran la gran palanca de Donald Trump. Para someter al mundo exterior, para ilusionar a los necesitados domésticos de protección, y para equilibrar cuentas con nuevos ingresos que compensasen sus locas rebajas de impuestos.

Su cancelación por el Tribunal Supremo le arrebata ese arsenal. Cuando menos, lo jibariza. Su impacto inmediato se adivina en la despreciable reacción del magnate contra los jueces máximos: son una “vergüenza”, dijo, mirándose al espejo.

En lo económico, la sentencia acrecienta la incertidumbre, mala amiga del dinero, que se retrae. Pero la derrota del arbitrismo es aún más potente; lo incentiva. Ya ha estimulado a la Bolsa local y disparará a las demás. La desafección de los inversores, que despotrican de las reglas, pero sangran cuando se desvanecen, ya fue factor clave para achicar el gran envite arancelario del 2 de abril de 2025.

En lo político, descresta la expectativa de arruinar o esterilizar las elecciones legislativas de medio mandato (3 de noviembre) que acariciaba el presidente. Relegitimado el poder de los jueces como contrapoder, a la Casa Blanca le será más difícil colocar patrullas paramilitares del ICE ante las urnas para disuadir el acceso de latinos, negros y demás sospechosos. Cuando, además, la protesta cívica le obligó a refrenar su dinámica de convertirla en una reedición de las SS.

En teoría, Trump podría multiplicar el unilateralismo económico, pero ya ha mordido el polvo judicial. O la represión política, elevando los asesinatos individuales a fusilamientos masivos. Pero una matanza a lo Tiananmén (Pekín, 1989) es impensable en una democracia, alterada y desquiciada, sí, pero con resortes de superviviente, como revela la prueba de independencia de un Supremo ultraconservador; junto a la rebeldía de tribunales inferiores (en jerarquía), el empuje ciudadano en el éxtasis de Minneapolis, la ofensiva de muchos gobernadores y alguna resistencia del periodismo al golpismo informativo.

Así que la situación de doble poder entre el búnker trumpista y las fuerzas de cambio; entre despotismo y democratismo, se prolongará. Es la fase en que “lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer”, el paradigma de Antonio Gramsci. Pero logra nacer si convergen movilización ciudadana, presión exterior y resistencia institucional (o abandono de la élite antigua).

Así sucedió en la Revolución Francesa, de la Fronda aristocrática a la toma de la Bastilla. En la rusa, cuando la Primera Guerra Mundial cristalizó la insurgencia obrera y la disidencia nobiliaria encarnada en los Yusupov, que acabaron con Rasputín. En la sudafricana, al superponerse el universo Mandela y los efectos del embargo internacional. O en las transiciones democráticas europeas, de la española a la polaca. Los despotismos suelen desplomarse verticalmente. Pero casi siempre por fascículos.

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