Nueva York y otros Estados Unidos
La sociedad norteamericana es contradictoria, fragmentada, pero también capaz de una solidaridad inmediata y no ideológica
He vivido 25 años en Estados Unidos. No como turista ni como observadora ocasional, sino como alguien que ha hecho allí la mayor parte de su vida. Estudié, trabajé, pagué impuestos, tuve a mi hija, me naturalicé estadounidense. También maldije su política mil millones de veces. Ahora ...
He vivido 25 años en Estados Unidos. No como turista ni como observadora ocasional, sino como alguien que ha hecho allí la mayor parte de su vida. Estudié, trabajé, pagué impuestos, tuve a mi hija, me naturalicé estadounidense. También maldije su política mil millones de veces. Ahora he vuelto a España y, desde aquí, veo las noticias sobre Estados Unidos con una inquietud que me entristece: ¿por qué apenas se indaga sobre la resistencia civil cotidiana frente a la crueldad institucional? ¿Por qué parece que solo existe la maquinaria —el ICE, redadas, miedo— y no las manos que intentan amortiguar su violencia?
No escribo esto para negar lo evidente. El sadismo institucional de las políticas migratorias es real. El ICE no es una abstracción: es una presencia concreta en barrios, escuelas, hospitales. Pero reducir la sociedad norteamericana a la imagen de una masa indiferente o cómplice es una simplificación que, además de injusta, resulta peligrosa. Porque borra algo esencial: la persistencia de una ética comunitaria que actúa.
Desde fuera, Estados Unidos suele presentarse como un bloque: un país endurecido, ignorante, incapaz de responder moralmente a su propio aparato de violencia estructural. Desde dentro, la imagen es otra. Fragmentada, contradictoria, profundamente desigual, sí, pero también atravesada por una corriente subterránea de solidaridad que rara vez se convierte en titular.
En Nueva York —y digo Nueva York porque es el lugar que conozco desde dentro—, esa ética se manifiesta a menudo en respuestas espontáneas, a veces silenciosas, que no buscan reconocimiento. No salen siempre en los titulares, pero existen, sostienen. Y conviene visibilizarlas hasta que se propaguen, no como consigna, sino como incendio lento que prende donde hay materia. Como el valor cuando deja de ser excepción.
Recuerdo con precisión un episodio ocurrido en 2022, durante la crisis de escasez de leche de fórmula infantil. El desabastecimiento se manifestó en los estantes vacíos durante semanas. Para muchas madres, especialmente aquellas que no tenían leche en un sistema sanitario despiadado, aquello no era un inconveniente, sino una amenaza directa. Yo acababa de dar a luz y vivía en Astoria, Queens. Una mañana, al salir a la calle, vi algo que no he olvidado: mujeres sentadas en las puertas de sus edificios, algunas con sillas plegables, otras de pie, ofreciendo amamantar a los bebés de otras mujeres. No era una iniciativa organizada ni una campaña. Era una respuesta inmediata a una necesidad concreta. No había discursos. Solo el contagio de los cuerpos que decían: si tú no puedes, yo puedo ahora. Aquello me conmovió no por su excepcionalidad sino por su naturalidad. Nadie parecía pensar que estaba haciendo algo extraordinario. La comunidad había entendido que el cuidado no necesita burocracia.
Pienso en esa escena y me explico el orgullo de saber que en los colegios públicos de Nueva York existan protocolos claros para no colaborar con los agentes de inmigración y para proteger a los niños ante intentos de identificación o detención. En muchos colegios ya tienen un protocolo para esconderlos en caso de que necesidad. No es una ley federal; es una decisión ética local. Y aunque no todos los Estados ni todas las ciudades actúan igual, conviene recordar que Estados Unidos se articula a través de profundas discontinuidades, un país hecho de capas, no de una sola pieza. Hay fracturas profundas, sí, pero también resistencias articuladas.
También lo veo casi a diario en un grupo vecinal del barrio donde vivía, al que sigo perteneciendo. Un grupo de una red social, mayoritariamente de madres. Mujeres nacidas en Estados Unidos, de militancias políticas muy dispares, que comparten avisos en tiempo real: “Ahora hay agentes del ICE en tal calle”; “evitad esta zona”; “no llevéis hoy a los niños por aquí”. No hay consignas ni pancartas. Hay logística del cuidado. Un acuerdo tácito: proteger a otras madres y a otros hijos, aunque no se parezcan a los propios. En ese espacio cotidiano se revela algo que rara vez aparece en los análisis políticos: la maternidad como forma elemental de alianza, una política previa a cualquier ideología, en la que el color de la piel o el estatus migratorio de un menor importa menos que una certeza compartida —ningún niño debería crecer con miedo—.
Otra escena, también en Astoria, condensa esa lógica de una forma menos tierna, pero igual de contundente. Un día, en un autobús urbano, un hombre sin hogar intentó subir. Olía mal. Tenía el dinero en la mano. El conductor le negó el acceso por su olor. El hombre suplicó. No gritó. No insultó. Simplemente pidió subir. Nadie dijo nada. Y, sin embargo, ocurrió algo que todavía hoy me parece una de las lecciones políticas más claras que he presenciado: uno a uno, todos los pasajeros se levantaron y se bajaron del autobús. Personas que iban a trabajar, que probablemente sufrirían represalias por su impuntualidad en una ciudad tan dura como Nueva York. No hubo aplausos ni proclamas. Solo un gesto colectivo, silencioso, irreversible. El autobús quedó vacío. Eso también es política.
Desde España, al no ver en los informativos la dimensión de las manifestaciones contra el ICE, puede surgir la impresión de que la sociedad estadounidense ha aceptado sin más la batida migratoria. Nueva York no es Estados Unidos, se repite con razón. Pero tampoco es una excepción folclórica. Es un laboratorio cívico, un lugar donde, cuando el Estado se repliega, la sociedad —o una parte sustancial de ella— avanza. Construida sobre capas de migración, precariedad y convivencia forzada, la ciudad es dura, sí, pero no indolente. Nunca lo ha sido.
Conviene ser cuidadosos: no se trata de idealizar. Estados Unidos alberga un racismo estructural profundo, una violencia institucional persistente y una desigualdad obscena. Pero reducir la sociedad estadounidense a sus peores políticas es otro tipo de ceguera. Y una que conviene cuestionar, especialmente desde Europa, donde a menudo se observa al país como un todo sin matices ni fisuras.
Hablo desde una posición híbrida: soy española y estadounidense. He vivido en ambos sistemas. Y desde ese lugar afirmo algo que puede resultar incómodo: la sociedad norteamericana no es, en su conjunto, indolente. Es contradictoria, fragmentada, agotada. Pero también capaz de gestos de una solidaridad inmediata, no ideológica, que no espera permiso.
Tal vez por eso duele tanto ver cómo esas prácticas de cuidado chocan una y otra vez contra estructuras diseñadas para producir miedo. El ICE no solo detiene cuerpos; desgasta vínculos. Obliga a la gente a elegir entre mirar y no mirar. Y, aun así, muchos siguen mirando. Y actuando.
Es posible que desde fuera no se vea. Que las cámaras no lleguen. Que el relato dominante prefiera el colapso al matiz activo. Pero yo he visto otra cosa. He visto a mujeres amamantar a bebés ajenos. He visto a todos los pasajeros bajarse de un autobús para solidarizarse con una persona sin hogar. He visto escuelas proteger a niños. He visto barrios organizarse en silencio.
Tristemente, no bastará frente a lo que viene. Pero sí sé algo: tal vez el mundo, tal como lo conocemos, no tenga remedio. Pero mientras existan esos gestos, algo esencial no se pierde: una forma de humanidad que sobrevive incluso a la propia idea de supervivencia. Una bondad que no necesita creer en un más allá para sobrevivirnos. Y en tiempos en los que la guerra, incluso el miedo nuclear, vuelve a aparecer siquiera como posibilidad imaginable, recordar que las sociedades no son solo sus gobiernos, sino también sus respuestas íntimas, no es optimismo ingenuo. Es una forma mínima de verdad. Eso existe en Nueva York. Y, quiero pensar, que en una parte de Estados Unidos, del mundo y de nosotros mismos.