Pensándolo bien
Columna
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Haiga sido como haiga sido, versión 4T

El legado de Andrés Manuel serán banderas dignas y respetables en su mayor parte, pero portadas por muchos que no creen en ellas y solo les representa una oportunidad para escala

Pintas en una barda sobre la revocación de mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador.
Pintas en una barda sobre la revocación de mandato del presidente Andrés Manuel López Obrador.Victoria Valtierra (Cuartoscuro)

La célebre frase de Felipe Calderón, “haiga sido como haiga sido” para justificar o minimizar las irregularidades cometidas en la polémica elección del 2006 que lo hizo presidente, constituye un monumento al cinismo y una versión tropicalizada del viejo adagio “el fin justifica los medios”. Y no olvidemos que su respuesta, en esencia, se dio ante un cuestionamiento sobre las acusaciones de fraude que se hacían sobre la campaña y la votación misma.

Habiendo sido víctimas de esta infamia, me resulta inexplicable el deslizamiento del obradorismo por la misma ruta, a pesar de jurar que se trata de un proyecto político distinto a los anteriores. Y sin duda lo son; a diferencia de otros gobiernos, el punto de partida de la llamada Cuarta Transformación es la búsqueda de la justicia social, la honestidad y la responsabilidad en el servicio público. ¿Por qué entonces recurrir a excesos y violaciones a la ley y al uso del aparato del Estado, en aras de asegurar un mejor resultado en el ejercicio de revocación?, ¿en qué momento se deja de percibir que las acciones “necesarias” para vencer a sus adversarios imitan las prácticas que deseaban cambiar?, ¿qué diferencia hay entre un “haiga sido como haiga sido de derechas y un haiga sido como haiga sido de izquierdas”?.

Se me dirá que la gran diferencia es que a los primeros los impulsa el interés de mantener un sistema que favorece a las minorías privilegiadas, mientras que a los segundos les anima el deseo de mejorar la condición de los que menos tienen. Y, sin duda, estos últimos objetivos parecerían mucho más dignos. ¿Pero, es eso lo que está en juego en una revocación que de antemano sabemos será positiva para el presidente y solo se busca que el porcentaje de participación sea de su agrado? En todo caso, no resulta muy digno ver a un secretario de Gobernación mofándose de la ley por el simple hecho de saberse impune y presumirlo porque lo más importante es estar con Obrador. ¿En qué momento se deja de percibir que sembrar espectaculares con fotos inmensas de AMLO es indecoroso o que es algo que no tiene que ver con la mejoría de la condición de los pobres y si con el culto a la personalidad?

El fondo del problema, me parece, es que en algún momento las atendibles reivindicaciones y objetivos del obradorismo terminaron subsumidos en la imagen de su líder y, en cierta forma, sustituidas. “Estar con Obrador” es más importante que “estar” comprometido con los ideales del obradorismo: la honestidad, la justicia social, el decoro en el ejercicio del poder. No hay ninguna dignidad en el pleito entre Julio Sherer, ex hombre fuerte de la presidencia, y el Fiscal responsable de la procuración de la justicia; un pleito que exhibe actos de corrupción de los cuales quedarán impunes porque ambos son leales a Obrador, no a sus pretendidas “banderas”. Gastar ingentes cantidades de dinero en los mencionados espectaculares para difundir la foto de un hombre comprometido con la austeridad y el respeto a la ley no parece molestar ni al propio López Obrador, pese a ser violatorio de las normas vigentes y quedar impune con el ridículo pretexto de que nadie sabe quién los financió.

Se trata de un “haiga sido como haiga sido” meramente coyuntural, se dirá en Palacio, pero me temo que esta transposición entre la lealtad al líder a costa de la traición a sus ideales, ha tomado curso en el ADN de los obradoristas. Morena, el brazo político y encarnación del movimiento, se ha caracterizado por un escaso respeto a los valores predicados en las mañaneras y una enorme vocación por la rebatiña de puestos y posiciones, fraudes internos, desdén por la legalidad. No importan los excesos mientras se jure lealtad, y se sea útil al líder y a un fin mayor, es decir, cumplir la voluntad del jefe. No es de extrañar que tantos ex priistas, formados en la cultura política del oportunismo sin convicciones, sean candidatos de Morena, embajadores, funcionarios de alto rango.

La confusión proviene en parte del mismo López Obrador. Ciertamente él canaliza la inconformidad y la esperanza de muchos. Pero esta pretendida identidad entre la voluntad del pueblo y los pareceres, fobias y filias, virtudes y defectos de AMLO, que como todo ser humano tiene, no es teleológica, bíblica o supranatural. Comienza y termina en función de la congruencia entre los intereses de esas mayorías y el impacto de las decisiones de ese líder. El problema es que al identificar la lealtad a su persona por encima de las convicciones, AMLO ha construido un partido político muy hábil para conquistar posiciones pero muy pobre en materia de ideales. Los Adán López, Julio Scherer, Delfina Gomez, Alejandro Gertz, los muchos ex priistas con nueva casaca enviados a gubernaturas, no son precisamente los hombres y mujeres nuevos que se supone construirían una nueva sociedad.

López Obrador está convencido de que su legado para la historia serán los muchos esfuerzos que hizo para mejorar la condición de los pobres, para mirar a las regiones abandonadas, para procurar una administración pública más responsable. A diferencia de muchos de mis colegas, me parece que las intenciones y algunos logros son notables. Y, dicho sea de paso, si tuviera que volver a votar entre lo que ofrecen sus actuales adversarios y el obradorismo, mantendría tal preferencia. Pero tendría que hacerlo a pesar de saber que algunos que se presentan en la boleta son tan impresentables como los anteriores.

El legado de Andrés Manuel serán banderas dignas y respetables en su mayor parte, pero portadas por muchos que no creen en ellas y solo les representa una oportunidad para escalar. Al concentrar en sí mismo la exigencia de ser congruente con los ideales y exentar a sus colaboradores de serlo, a cambio de lealtad absoluta, terminó creando un gobierno y un movimiento con muchos de los vicios del pasado.

Cada que veo uno de esos espectaculares o escucho trastabillar al presidente para no reconocer la más reciente falta de algún personaje del primer círculo, sea Adán López, Delfina Gómez, Gertz Manero, Julio Scherer, Mario Delgado o algún familiar, me parece una oportunidad perdida para demostrar que el obradorismo podía haber sido algo en verdad diferente. Solo cabe esperar que en la siguiente versión, ya sin la presencia del líder, se vean obligados a confrontar sus actos con su supuesta conciencia social. Por ahora no se necesita, mientras estén con Obrador.

@jorgezepedap

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