Cocinar para dominar: cómo algunas personas usan la comida para influir en otros
En ‘American Psycho’, por ejemplo, los restaurantes sirven como un elemento simbólico para pulsar asuntos como el poder, el deterioro de los valores o la obsesión por la imagen
“Esta noche tenemos raviolis rellenos de calamares con caldo de limoncillo y profiteroles de queso de cabra. También tengo una ensalada César con rúcula. De segundo tengo pastel de emperador con mermelada de cebolla; pechuga de perdiz asada en compota de frambuesa con hojaldre de acedera; y liebre a la plancha con patatas fritas a las finas hierbas”. De esta sugerente manera arrancaba hace un cuarto de siglo ...
“Esta noche tenemos raviolis rellenos de calamares con caldo de limoncillo y profiteroles de queso de cabra. También tengo una ensalada César con rúcula. De segundo tengo pastel de emperador con mermelada de cebolla; pechuga de perdiz asada en compota de frambuesa con hojaldre de acedera; y liebre a la plancha con patatas fritas a las finas hierbas”. De esta sugerente manera arrancaba hace un cuarto de siglo American Psycho, una película donde el humor negro y la sátira sobre la vacuidad vital de la élite de Wall Street en la década de 1980 se trenzan con las obsesiones y la tenebrosa personalidad psicopática de Patrick Bateman. La icónica novela de Bret Easton Ellis sobre la que se basó la versión cinematográfica enfatiza el convencimiento de que los rasgos más oscuros de la naturaleza humana prosperan en entornos donde la supervisión es relajada y se permite operar con relativa libertad a los expertos en manipular y explotar las debilidades del sistema.
El protagonista es Patrick Bateman, un joven y exitoso yuppie, obsesionado con la apariencia, la riqueza y la posición social. Entre sus diversas fijaciones se encuentran el cuidado personal, la moda, la música y, como no podía ser de otra forma, la gastronomía. En la visión satírica del modo de vida de los jóvenes ejecutivos, los restaurantes sirven como un elemento simbólico para pulsar cuestiones como el poder, el deterioro de los valores o la obsesión por la imagen. A medida que avanza la trama y la mente del protagonista se va desquiciando y deriva en un cruel asesino en serie, intentar reservar mesa en locales imposibles como Dorsia se vuelve una rutina.
Al margen de lo que muestra la ficción, las investigaciones de reconocidos profesionales como el sociólogo Michael P. Johnson, la psicóloga clínica Judith S. Wallerstein y los artículos publicados en revistas como Psychiatry Research sugieren que las personas con rasgos psicopáticos pueden utilizar sus habilidades culinarias como herramienta para manipular a los demás, obtener atención o, debido a su desmedida motivación por adquirir reconocimiento social e influencia, sentirse especialmente inclinadas a trabajar como chefs o en otras profesiones relacionadas con la comida. Resulta llamativo el estudio de la Universidad de Cornell que comparó las historias de 14 psicópatas convictos y asesinos con las de 38 condenados por asesinato no diagnosticados de psicopatía. El estudio encontró que los identificados con el trastorno antisocial de la personalidad hablaban el doble de veces sobre comida, dinero y sexo.
Tarta de gravlax, venado con salsa de yogur y brotes de helecho, pato ahumado con endivias y sirope de arce, salchicha de vieira, fusilli con shiitake, ravioli de huevas de sábalo, filet mignon… son algunos de los platos que en la era Reagan mostraban cómo se entendía el lujo en los grandes restaurantes de Nueva York. Años de una voracidad económica que devoraba el mundo y lo festejaba en mesas rebosantes de extravagancia, excesos y ostentación, coloreando de alarde productos llegados desde cualquier rincón del planeta junto a los mejores quesos y los vinos más selectos. Todo al servicio de la exhibición servida entre reverencias de rígidos camareros y estirados maîtres, bandejas de plata y estrictos códigos de vestimenta.
Ha pasado el tiempo y han cambiado las formas, no así el deseo de mostrarse. La formalidad y la excentricidad han hecho sitio a lo dinámico y lo original. El lucimiento ha volteado hacia la primicia, hacia ser de los primeros en ofrecer y contar ese producto artesanal con una buena historia detrás. Lo experiencial, las nostalgias, lo curioso y lo remoto, el hallazgo de lo inédito y lo desconocido o poco conocido es ahora lo codiciado. El caviar ha dado paso a las remolachas asadas y el wagyū a los tendones de ternera; la ensalada de langosta al ratatouille de verduras a la leña y el risotto con trufa blanca de Alba al vitello tonnato de la abuela. Las atmósferas son otras, al igual que las ceremonias, las vibraciones y las energías, pero siguen vigentes la vanidad humana, el narcisismo, el aroma de la banalidad y el apetito por los escaparates en los que promocionarse. Como previene el dicho: no te dejes llevar por las apariencias, porque muchas veces solo esconden la verdad.