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Un árbol encima de mi casa

Que un gran abeto caiga sobre tu vivienda es un trance pero a la vez invita a profundas reflexiones mientras llega el perito del seguro

Un abeto desplomado sobre una casa.J. A.

Que te caiga un árbol encima de tu casa es un trance. Lo digo con gran conocimiento de causa porque me acaba de pasar. Tengo unos quince metros de poderoso abeto Douglas (Douglasia verde, falsa tsuga verde de las Rocosas o Douglas de Oregón) tumbados sobre mi —hasta ahora— bonita segunda residencia en Viladrau, en el Montseny. El árbol no se ha caído con la ventolera del jueves sino que se ha venido abajo unos pocos días antes, durante un alevoso vendaval nocturno digno de la temporada de tornados en Oklahoma, pero les aseguro que la impresión es la misma. Nada te prepara para la visión de un árbol sobre tu vivienda, tiene algo de irrebatible, rotundo, aplastante. Te empequeñece y te coloca en tu verdadero lugar en el universo: eres insignificante e irrelevante, y frágil.

“Tengo una mala noticia, bueno, dos”, nos telefoneó el jardinero Manolo Díaz. “Se ha caído el árbol, y lo ha hecho sobre la casa”. Manolo hizo una innecesaria pausa dramática al otro lado de la línea, mientras yo intentaba visualizar la escena tragando saliva. “Podría haber sido peor”, continuó tratando de sonar tranquilizador. Ciertamente, podríamos haber estado debajo. Según las estadísticas tienes veinte veces más posibilidades de morir por que te caiga encima un árbol que por el ataque de un tiburón.

Con el tiempo justo de hacer acopio de algunos libros de mi biblioteca para contextualizar la situación —el Diccionario de símbolos de Cirlot (Labor, 1969), la imprescindible en toda ocasión La rama dorada, de Frazier (FCE, 1979), Mythologie des arbres, de Jacques Brosse (Payot, 2001) y La douceur d l’ombre, l’arbre source d’émotions, de l’Antiquité à nos jours, de Alain Corbin (Champs, 2013)—, subí pitando a Viladrau para determinar la magnitud de la catástrofe con mis propios ojos. Me embargaba un sentimiento ambivalente pues era consciente de que a la semana siguiente me tocaba crónica (esta) y por fin tenía un buen tema.

“El árbol es uno de los símbolos esenciales de la tradición”, establece Cirlot, que recuerda que representa la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Es fundamental su verticalidad (quizá este no era el caso), que lo convierte en un axis mundi, eje del mundo, unión de la tierra (e incluso del infierno) y el cielo, de lo ctónico y lo uraniano, por ponernos estupendos. Me salté lo del simbolismo sexual porque vista la situación me iba a deprimir un poco. En los mitos griegos, Penteo se sube a un pino para espiar las orgías de las ménades, las bacantes, y estas al descubrirlo derriban el árbol —lo que se relacionaba con la castración— y lo despedazan, ahí queda. También que en las islas Nías de Indonesia se cree que cuando cae un árbol puede quedar liberado un demonio que viva dentro y entonces mata a los cocoteros vecinos (?).

Llegué a Viladrau con la cabeza llena de ideas raras pero interesantes aunque lo que vi me hizo pasarlas a segundo plano: el árbol estaba derrumbado sobre la casa sumergiéndola en su abundante frondosidad de forma que lo que tenía ante mí, aparte de la brutalidad de la escena, sugería una lámina extravagante de un cuento de hadas. Tenía asimismo algo de una interpretación perversa, invertida y deconstructiva del concepto casita en el árbol. Era inevitable pensar también en el bosque de Birnam llegando hasta los muros del castillo de Macbeth en Dunsinane. Intenté recordar si alguna bruja me había hecho una profecía engañosa recientemente. Con un sentido más práctico, pasé a analizar el escenario del siniestro e inspeccionar los daños. El colosal abeto de mi propiedad no se había caído entero sino que se había partido escalofriantemente algo por debajo de la mitad cerca de donde fue alcanzado por un rayo. Cierto, parece que viva en un lugar maldito, solo falta que el agua de la piscina se convierta en sangre y nos venga una plaga de langostas. Y ya no hablo de la vez en que nos brotó un manantial en el sótano.

Toda la parte superior del árbol, con un ramaje que ríete tú de la jarcia del San Juan Nepomuceno en Trafalgar se había desplomado sobre la casa, el tronco (de hecho los dos troncos en los que se dividía el abeto a esa altura) había impactado violentamente contra la fachada en un ángulo bastante cerrado reventando parte de la cornisa y haciendo volar tejas hasta a veinte metros. De lo salvaje del topetazo, digno de un misil balístico de madera, daba fe que algunas ramas habían atravesado el tejado como lanzas y penetrado dentro de la casa por el techo, tras perforar varias capas de material constructivo y aislante, abriendo agujeros. Otras ramas habían golpeado la chimenea, desencajándola. El interior de la casa y el patio de la salida al jardín estaban sembrados de escombros. A falta de un examen más pormenorizado, las vigas parecían estables, aunque alguna presentaba fisuras. Temblé pensando en lo que podría haberles sucedido a mis dioses lares, mis libros, mi tocadiscos y mi modelo de barco vikingo. Por no hablar del susto —susto mortal según cómo— si nos llega a pillar el accidente en casa.

Más allá de los aspectos arquitectónicos, el escenario del desastre poseía una terrible poética. Pulsaba una nota extraña en la conciencia, como si estuvieras sumergido en un sueño o un cuadro surrealista. Había incluso una temible belleza ballardiana. La conjunción (y vaya conjunción es esta) del árbol y la casa es muy evocadora. Son dos elementos altamente simbólicos: pocas cosas representan más la seguridad y la estabilidad, apunta Bachelard en La poética del espacio (FCE, 1983). Que se caiga uno encima de la otra tiene un poder de conmoción enorme, doy fe. Si el árbol significa la rectitud, la elevación, el pilar celeste y la aspiración, y la casa el subconsciente, el yo interno, la caída, con el consiguiente mazazo, no parece una cosa muy buena, simbólicamente hablando (en el sentido práctico ya está claro que no). De hecho, soñar que te cae un árbol en la casa tiene, me he documentado, unas interpretaciones bastante negativas, por no decir pésimas. Sugiere que eventos externos o internos (crisis sentimentales, laborales o existenciales) están amenazando tu paz. Indica el final de una etapa y la necesidad de superar una situación negativa, o un fracaso. También puede reflejar inseguridad, vulnerabilidad y miedo. Vamos, que se te está viniendo todo abajo. La única ventaja es que puedes hacer leña del árbol caído.

Mientras meditaba todo esto entre el silencio sobrecogido de los pájaros, escuche un silbido. Era el vecino ucraniano, que reclamaba mi atención. Se mostró solidario aunque me pareció que pensaba que peor hubiera sido que el abeto cayera en su dirección, lo que es comprensible pues bastante lío tienen ya ellos en su país. Aprovechó para recordarme, en mi opinión con poco sentido de la oportunidad, que hay otros árboles muy altos en mi jardín.

Pocos escenarios son más propicios a la reflexión que el de tu casa con un abeto Douglas encima. Yo ya no sé qué más me puede pasar. Pero si alguna lección moral hay que extraer del asunto o si la vida está tratando sutilmente (?) de decirme algo, que nadie dude de que lo voy a acabar averiguando.

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