Odio y reconcomio
El roce con extraños escuece y compartir espacios apretados puede desatar turbulencias de furia
Estoy en un avión. En pleno vuelo. Dos filas por delante de mí, un veinteañero se levanta, abre el compartimento superior de las maletas, rebusca entre sus bultos, saca unos auriculares, se los hinca en las orejas y vuelve a sentarse sin cerrar el armario, ...
Estoy en un avión. En pleno vuelo. Dos filas por delante de mí, un veinteañero se levanta, abre el compartimento superior de las maletas, rebusca entre sus bultos, saca unos auriculares, se los hinca en las orejas y vuelve a sentarse sin cerrar el armario, cuya portezuela permanece erecta por encima de las cabezas de la gente como un grito mudo. Siento un odio instantáneo por ese chaval tan egocéntrico.
Estoy en un tren. Al otro lado del pasillo, una imbécil lleva media hora diciendo necedades por el móvil a voz en grito. Le dedico miradas primero de reprobación, después atrabiliarias, por último asesinas, para ver si se da cuenta de lo que molesta, pero la mujer carece del menor interés por lo que la rodea. Me reconcome la rabia durante el resto del viaje.
Voy conduciendo. Llego a una rotonda muy saturada y me lleva cinco minutos de cola alcanzar la segunda posición para tomar la glorieta. Al volante del coche que está delante de mí hay un dubitativo. Desaprovecha la primera opción para salir, y luego una segunda y una tercera. Yo empiezo a removerme en el asiento. “Pero vamos”, gruño en voz alta, “venga, ¡ahora! Este tío es idiota…”. Contengo mis ansias de tocar la bocina para no ponerlo nervioso y provocar un accidente, pero le detesto. Cuando por fin se lanza a la sexta oportunidad y yo detrás, al sobrepasarlo lo miro con frenética inquina.
Voy por la calle andando a toda prisa. Es el centro de Madrid, las vías son estrechas y están llenas de gente. Dos mujeres de mediana edad caminan delante de mí a paso tranquilo, la una al lado de la otra, taponando la acera. Muy irritantes. Me pego a sus espaldas. Intento sobrepasar por la izquierda o por la derecha, pero no puedo porque van tan panchas, plácidas y desparramadas en su estar en el mundo. Las odio. Bufo sobre el cuello de una de ellas un cabreado ¡perdón! y la mujer da un respingo y se aparta un poco murmurando disculpas. La adelanto con el reprise de un porsche y sigo caminando por la calle como quien hace una gincana, sorteando peatones y aborreciéndolos por plastas y lentos.
Falta por añadir un detalle crucial: ni en esa calle de Madrid ni en la rotonda me encuentro en una verdadera urgencia. En realidad, no es que tenga prisa, sino que la prisa me tiene a mí. Siempre camino a toda velocidad, vaya a donde vaya. En cuanto a la rotonda, no creo que el pobre conductor medroso me retrasara más de un par de minutos, pero en ese momento era para mí como perder la vida.
Sé que soy una persona de temperamento nervioso y por lo tanto quizá más proclive a estos estallidos interiores de odio seco, pero también sé que es algo que nos pasa a muchos. El roce con extraños escuece y compartir espacios apretados puede desatar turbulencias de furia avivadas por este absurdo estrés, este esquinado desquicie en el que vivimos. Hace unos años vi en televisión a un indígena recién llegado a Madrid desde la selva amazónica, no recuerdo ya por qué razón. Le preguntaron qué opinaba de la ciudad, y dijo que no entendía por qué teniendo escaleras mecánicas que ascendían solas, muchos además las subían corriendo; que no sabía adónde íbamos todos con tanta prisa.
Y lo peor es que me gusta mucho la gente y que en realidad me tengo por una persona cariñosa y amable; por eso alucino cuando de repente brota en mí una Mrs. Hyde irreconocible. La ira puede desatarse ante algún pequeño desmán, como en los dos primeros casos, o sin ningún motivo y contra inocentes, como en los segundos; pero siempre es disparatada y desmedida. Venga, confiesa, ¿no te has descubierto alguna vez un arrebato así? Vivimos dentro de una sopa de crispación, y si la gente más o menos civilizada puede transmutarse con tanta facilidad en energúmena, imagínate a los odiadores habituales: así tienen esas cabezas torrefactadas. Es tan fácil odiar, y tan arbitrario. Hace años, en el parking subterráneo de un centro comercial, atiborrado de vehículos y de bocinazos, encontré una plaza tras dar muchas vueltas e hice señas al que venía detrás para que se detuviera. Lo hizo, y aparqué. Al salir del coche me acerqué, le toqué en el cristal y dije: “¡Gracias!”. El hombre se sulfuró: “¡Y encima que me paro, con recochineos!”. Pasmada, expliqué: “Claro, le estoy diciendo gracias de verdad”. Al pobre se le descompuso la cara: “Ay, perdone, perdone… Es que estamos fatal”. Estoy segura de que ese buen hombre me había estado odiando mientras yo aparcaba.
Pues eso.