Bernie Sanders y nosotros
¿Es raro que algunos se pregunten para qué queremos un gobierno de izquierdas si hace en parte una política de derechas?
El 8 de febrero pasado, este diario publicó una oportunísima entrevista de Iker Seisdedos a Bernie Sanders. Sanders, veterano senador demócrata, es considerado por muchos en Estados Unidos como un izquierdista radical, si no un comunis...
El 8 de febrero pasado, este diario publicó una oportunísima entrevista de Iker Seisdedos a Bernie Sanders. Sanders, veterano senador demócrata, es considerado por muchos en Estados Unidos como un izquierdista radical, si no un comunista peligroso, pero lo cierto es que no es más que un político cargado de sentido común que, desde la reelección de Trump, se ha erigido en líder visible de la oposición contra él y en un modelo para los jóvenes demócratas que no se resignan al hundimiento de su país en la ignominia, como Alexandria Ocasio-Cortez y Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York; Sanders personifica los mejores valores de la izquierda estadounidense —o de Estados Unidos a secas—: no solo es capaz de condenar con la misma energía la invasión de Ucrania y el secuestro de Nicolás Maduro, sino que elude el consuelo facilón de llamar fascista a Trump, a quien considera sin embargo “un líder autoritario” y no duda en calificar como “el presidente más peligroso de la historia de Estados Unidos”. En fin: si Bernie Sanders es comunista, que me apunten en la lista.
Una de las virtudes de Sanders es insólita, y no solo entre políticos: la capacidad de autocrítica; ahora bien, un proyecto político sin autocrítica está abocado a la extinción. Lo dijo otro notable político de izquierda, el expresidente de Chile Gabriel Boric: “La izquierda que solo culpa al adversario está condenada a diluirse”. Desde la victoria de Trump, Sanders repite que la culpa de esa calamidad no la tienen Trump ni Elon Musk y demás magnates trumpistas, ni por supuesto los votantes de Trump: la culpa es de quienes han permitido la victoria de Trump, es decir los demócratas, es decir la izquierda. En la entrevista de Seisdedos, Sanders lo vuelve a decir: “Creo que una de las razones por las que Trump está en el poder, y esto es similar a lo que ocurre en Europa, es el fracaso de los partidos de izquierda tradicionales a la hora de atender las necesidades de la clase trabajadora”. Similar a lo que ocurre en Europa, dice; tomemos por ejemplo lo que ocurre en España: aquí, los datos macroeconómicos son espectaculares y la Bolsa está por las nubes, pero la desigualdad económica y la pobreza infantil siguen en niveles escandalosos, la vivienda es para muchos un bien inasequible y del descontrol ferroviario mejor es no hablar. ¿No parece eso el resultado de una política de derechas? Si la derecha la practicase, ¿no pondría con razón la izquierda el grito en el cielo? ¿No estarían sindicatos y trabajadores en la calle? ¿Es raro que algunos se pregunten para qué queremos un gobierno de izquierdas si hace en parte una política de derechas? El 8 de febrero, cuando se publicó la entrevista a Sanders, la ultraderecha volvió a crecer en las elecciones autonómicas de Aragón, como había crecido en las de Extremadura y crece en toda España. ¿Seguiremos achacando ese incremento anunciado al fascismo y el racismo de los votantes de Vox, entre los que se cuentan antiguos votantes de izquierda, mientras temerariamente alimentamos al partido de Abascal —que seamos de izquierda no significa que nos chupemos el dedo— para que le quite votos al PP y le impida gobernar? Está muy bien plantar cara a Musk, pero ¿se decidirá la izquierda a hacer de verdad una política más justa y redistributiva, que beneficie más a los que menos tienen? Para colmo, no parece tan fácil pedirle a un trabajador que paga sus impuestos, toma trenes con retraso a diario y llega por los pelos a fin de mes el voto para un presidente que tiene imputados ante la justicia a su esposa, a su hermano, a su mano derecha, a su antigua mano derecha y a la mano derecha de su antigua mano derecha (y condenado a su fiscal general). ¿No hubiera sido mejor que dimitiese, como algunos le pedimos hace tiempo, y entregase el relevo a alguien que no provoque el rechazo visceral que su figura provoca y la ultraderecha capitaliza, alguien que se halle en mejores condiciones de frenar la ola autoritaria?
Un proyecto político sin autocrítica es un proyecto condenado a la extinción. Así lo ha entendido Bernie Sanders y por eso queda todavía esperanza en Estados Unidos. Aquí también nos la merecemos.