La palabra víctima
En un mundo donde los poderes producen más y más víctimas, ser una de ellas no te da derechos
Ser víctima siempre tuvo sus ventajas. Es cierto que nadie quiere serlo, pero no cualquiera puede serlo. La palabra víctima viene del latín y era, entonces, el chivo, el buey, la yegua o incluso la persona que se sacrificaba a esos dioses distraídos. Ser víctima era un trabajo efímero pero muy prestigioso: para los dioses, por supuesto, lo mejor, por si las moscas.
Hasta su consagración definitiva: la religión que nos parió fue el invento de una supuesta víctima. El hijo de su dios ...
Ser víctima siempre tuvo sus ventajas. Es cierto que nadie quiere serlo, pero no cualquiera puede serlo. La palabra víctima viene del latín y era, entonces, el chivo, el buey, la yegua o incluso la persona que se sacrificaba a esos dioses distraídos. Ser víctima era un trabajo efímero pero muy prestigioso: para los dioses, por supuesto, lo mejor, por si las moscas.
Hasta su consagración definitiva: la religión que nos parió fue el invento de una supuesta víctima. El hijo de su dios se hizo aplicar la peor tortura, una reservada a los esclavos, para salvarnos. Sus seguidores más fieles —los llamados “santos”— también fueron víctimas. Y, aunque la palabra víctimo siga faltando, ¿cómo sorprenderse de que esa condición nos resultara cómoda, incluso prestigiosa?
Pasó el tiempo. Muchos dioses se fueron aburriendo de esos rituales sanguinarios y permitieron que las víctimas pudieran serlo de cualquiera. Así que ya no necesitaban ser tan especiales pero volverse víctimas las hacía especiales. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”, escribió hace años el filósofo italiano Daniele Giglioli.
Ser víctima legitimaba en tiempos en que no estaba muy claro qué otras condiciones lo lograban. La víctima, es obvio, podía ser individual, una persona, pero también colectiva: una etnia, un género, una clase, un arroyito. Un ser que, por ser maltratado, se volvía angélico, modélico. Un ser que no producía discusión sino al contrario, silencio casi hipócrita: nadie se atrevía a cuestionar a quien ha sufrido y sufre, estaba feo.
Así fueron las víctimas hasta hace poco; parece que ya no. Últimamente hubo mujeres víctimas de abusos laborales/sexuales que denunciaron, por fin, a sus abusadores. En muchos casos la reacción —sobre todo de la gran derecha— fue decir que mentían: son mujeres. Acusar a una víctima de mentir solía ser muy caro. Ya no: en un mundo donde los poderes producen más y más víctimas, ser una de ellas no te da derechos. Han perdido esa forma rara de respeto que el sufrimiento les prestaba y que se traducía, antes que nada, en que había que creerles: las víctimas no mienten, ya bastante han sufrido, pobrecitas.
Así se pierde, entonces, otro de los escasos criterios de verdad que nos quedaban. Nuestra relación con la verdad está completamente desgarrada: ya no sabemos cómo hacer para saber quién la respeta, cuándo. Durante siglos tuvimos un truco que funcionaba bien: si “jurabas por Dios” que decías la verdad, en principio decías la verdad. Suponías que ese dios, además de existir, tenía el poder de castigarte mucho, muy caliente, así que, por si acaso, preferías no mentir. Ahora, en cambio, no nos queda muy claro qué perderíamos mintiendo.
Lo formuló con precisión siniestra el ventrílocuo derecho de la señora Ayuso, un Rodríguez que declaró hace poco ante un tribunal que él no era un notario para andar diciendo siempre la verdad. Fue mágico: con esas pocas palabras redujo el número de los españoles creíbles a 2.866 —notario más, notario menos, porque es una profesión de personas mayores. Los otros 48 millones, según este prócer del gobierno madrileño, no tienen ninguna razón clara para decir verdad.
Todos somos víctimas de esto, y todos somos victimarios. Nos cargamos un sistema de garantías de la verdad basado en la superstición pero no hemos sabido construir otro —y cuando gente razonable empieza a extrañar supersticiones algo no está bien. Pero es cierto que, tras su naufragio, no hemos dado con otro sistema para garantizar que se diga la verdad. Un americano intentó reemplazarla por un aparato que controlaba el corazón; no sirvió para mucho. Un italiano por Pinocho y su nariz; tampoco. Las justicias de algunos países, por castigos que no asustan suficiente; los periódicos, por garantías que no garantizan.
Y no aparecen otros criterios eficaces y se diría que la partera de la verdad es la amenaza: si no hay castigo por mentir, mentimos. Es un lío: lo que llamamos “laverdad” supone que todos nos ponemos de acuerdo en ciertas cosas porque las consideramos “verdaderas”. Ese acuerdo es la base indispensable para armar sociedades. Sin él no hay consensos posibles; sólo imposiciones de los que tienen la fuerza necesaria para conseguir que todos los demás seamos sus víctimas —deslegitimadas, poco creíbles, despojadas de esas prerrogativas que el sufrimiento, al menos, sabía darnos. Víctimas mentirosas, otro invento de estos tiempos turbios.