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Oliver Laxe: “Las críticas más fuertes que ha recibido ‘Sirat’ son un síntoma de que he hecho bien mi trabajo”

El cineasta gallego se ha convertido en una de las figuras más fascinantes y polarizantes del cine actual. En un mundo acostumbrado a digerir la cultura sin apenas masticarla, su cuarta película, ‘Sirāt’ —premiada en Cannes y merecedora de 2 nominaciones al Oscar y de 11 a los Goya—, y su discurso alrededor del arte y la espiritualidad resultan sorprendentes y hasta contraculturales. Pasamos un día con él en su remota aldea de Lugo

Laxe, en la casa que perteneció a su bisabuela y donde hoy vive un primo suyo.Borja Larrondo y Mikel Bastida (The Kids Are Right)

Arroutado es una palabra gallega que significa “arrebatado”: se llama así a quien es muy impulsivo y pierde fácilmente el control. Con ella se identifica Oliver Laxe (París, 43 años): “Hay en mí algo salvaje, no domesticado. Dionisiaco, dicho de manera fina. En la modernidad, lo traduciríamos como que soy un punki”. Estamos en Casa Quindós, su vivienda de Vilela, entre Navia de Suarna y Cervantes, en la comarca de ...

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Arroutado es una palabra gallega que significa “arrebatado”: se llama así a quien es muy impulsivo y pierde fácilmente el control. Con ella se identifica Oliver Laxe (París, 43 años): “Hay en mí algo salvaje, no domesticado. Dionisiaco, dicho de manera fina. En la modernidad, lo traduciríamos como que soy un punki”. Estamos en Casa Quindós, su vivienda de Vilela, entre Navia de Suarna y Cervantes, en la comarca de Os Ancares Lucenses, en Lugo. Un entorno natural sublime que forma valles verdes entre montañas de pendientes muy pronunciadas y que en 2006 fue declarado reserva de la biosfera por la Unesco. Laxe rodó aquí una de sus películas, O que arde (2019). Originalmente, Casa Quindós era una palloza —­antigua construcción circular de piedra, bajo cuyo techo de centeno convivían animales y humanos— sobre la que en los años setenta se levantó una vivienda. Perteneció a sus abuelos, y en ella nació su madre. Ya en los años 70, se levantó sobre ella la casa rural de pizarra. La familia iba los fines de semana cuando él era pequeño. Después, él la compró a sus tíos con el dinero que ganó gracias a sus primeras películas, para restaurarla durante la pandemia de la covid: “Dentro de Lugo, Os Ancares es una región remota, pero dentro de lo remoto esto lo es más aún. Aquí he escrito todos mis guiones. Mi sensibilidad es muy de estas montañas. Mis valores y cultura del trabajo, y también cierto nervio, cierto pulso”. Arroutado.

Sin embargo, su arrouto parece hoy algo menguado, lo que puede entenderse dadas la actividad y exposición mediáticas que se han ido intensificando en las últimas semanas. Le visitamos a finales de 2025, mientras disfruta de un breve descanso de la promoción internacional de Sirāt, su cuarto largometraje, que, desde que en mayo se hiciera con el Premio del Jurado en el Festival de Cannes, no ha parado de recibir reconocimientos. El próximo 28 de febrero se entregan los Goya, donde parte con 11 nominaciones, solo por detrás de las 13 de Los domingos. La temporada de premios de Estados Unidos le ha sido favorable: tras la inclusión de la película en cinco precandidaturas a los Oscar, finalmente ha obtenido dos nominaciones, a mejor película internacional y mejor sonido. También está nominada a los premios BAFTA y a los César, entre otros. Ya habla de rodar su próxima película, aún más radical que Sirāt y en la selva del Amazonas, mientras en Hollywood lo ha fichado un agente artístico que gestiona la carrera de autores como Sofia Coppola o Spike Lee. Por si fuera poco, en diciembre presentó en el Museo Reina Sofía su instalación HU / Bailad como si nadie os viera, una escultura y una proyección multipantalla que parte de imágenes rodadas para su película. Viene de un trote considerable, pero poca cosa comparado con lo que se le presenta por delante.

Recibe al periodista y a los fotógrafos con un té en la cocina de la casa, junto al gran salón en el que abrió un muro para tener vistas al valle ahora imponente -la escarcha cubre la vegetación con un velo lechoso que enriquece sus tonalidades-. Una alfombra bereber constituye el único mobiliario del espacio. Admite que están siendo unos días agotadores: “Sí, estoy cansado, pero también feliz y, sobre todo, agradecido por la oportunidad de compartir mi trabajo, ya sea en Estados Unidos o en el Reina Sofía”. Durante la jornada que compartimos, cada vez irá desplegando más energía, como si las fotos y las preguntas le reafirmaran. Si es que necesita reafirmación: repite sin cesar que se siente “muy cómodo” y “muy tranquilo” con respecto a su película, que ha generado reacciones extremas, algunas muy favorables, pero otras sumamente hostiles.

Sirāt no es una película fácil de clasificar. Parte de una apuesta visual y conceptual de una gran radicalidad, pero al mismo tiempo se acerca a filmes de aventuras, como la saga Mad Max, de George Miller, o Sorcerer, de William Friedkin (remake del clásico francés El salario del miedo). También incorpora resortes narrativos convencionales, incluido un evento dramático que hace desaparecer un personaje protagonista y parte la película en dos, algo que ya utilizaron antes cineastas como Hitchcock en Psicosis, Antonioni en La aventura o Kieslowski en La doble vida de Verónica. Solo que en este caso la naturaleza de la víctima acentúa el shock. Los reproches que ha recibido por todo ello abarcan una amplia gama, desde los que hablan de una estetización del dolor hasta los que lamentan la conversión de este en una vaga experiencia espiritual. “Estoy supercómodo con que la hayan adorado y también odiado, me parece muy sano”, asegura. “Las críticas más fuertes que ha recibido son un síntoma de que he hecho bien mi trabajo: veo mucho mecanismo de defensa frente a ella. A muchos los ha violentado, y eso quería, que el espectador muriera viéndola. Es un rito de paso, una ceremonia muy extrema. Y es normal que la gente rechace eso, porque los ritos de paso han desaparecido de nuestra vida”.

—¿Tenía entonces una voluntad de traumatizar al espectador?

—El espectador ya está traumatizado, solo que no está conectado con su trauma. Vivimos, y yo me incluyo, en una realidad paralela. Por eso la película ha sido terapéutica tanto para mí como para el público. Hay psicólogos que me envían trabajos suyos donde dicen que Santiago Fillol [su coguionista] y yo hemos logrado algo que se hace en terapia: anular el hemisferio izquierdo para que emerja el derecho, el de las emociones, y dé información sobre el trauma y el ser. Sí, al principio yo mismo estaba cagado, por hacer lo que pasa en la película… No sé si con el tiempo, cuando aprenda a no tener miedo al fracaso, será distinto.

—¿Qué es el fracaso?

—No ser entendido por el público. Neuróticamente, sería eso. Pero sobre eso estoy trabajando, porque en realidad no es una cuestión de no ser entendido. Fracaso de verdad sería no conectar con mi tiempo, con mi generación. O engañarme. Pero tampoco tengo miedo a que me vaya a engañar, porque no creo que trabaje sin creérmelo. Tengo esta casa pagada. Bueno, casi.

Otra vez la casa. Asegura que siempre, desde muy pequeño, estuvo obsesionado con ella. Nació en París, hijo de emigrantes gallegos que trabajaban como porteros en un edificio burgués. Cuando él tenía seis años, sus padres, su hermano Felipe y él volvieron a España por un trabajo que su padre, aficionado a la foto, había conseguido en Barcelona. Pero las cosas no salieron como estaba previsto: “Volver fue traumático para la familia. Mi padre se sintió engañado con aquel trabajo. Y mi madre se había afrancesado mucho, no se adaptaba”. Vivieron unos meses en Barcelona antes de trasladarse a A Coruña: “Mi infancia y adolescencia fueron muy grises y con desarraigo. Yo era un niño muy sensible, frágil. Si ves fotos mías de pequeño, nunca miro a cámara, se me ve ensimismado. Construyéndome una realidad paralela, haciéndome películas para no conectar con el sufrimiento que tenía”.

En el instituto eligió una asignatura de libre configuración, Imagen y Sonido, que le abrió un mundo. De manera natural, se fue asociando con la gente más creativa, e interesándose por materias como Literatura gallega o Historia del arte: “Y escribí mi primer guion, que no dista mucho de lo que hago ahora”. Estudió durante dos años en la Facultad de Ciencias Sociales en Pontevedra, y luego otros dos de Comunicación Audiovisual en la Pompeu Fabra barcelonesa. Se fue a Londres de Erasmus, y al terminar, con 24 años, decidió romper con todo e irse a Marruecos: “Buscaba lo que no tenía en Londres: alma. Allí no entendía nada, y en Marruecos lo entendía todo. Allí mi condición de viajero me permitió recordar qué es ser humano, me hizo mirar adentro”.

En Marruecos dirigió sus dos primeros largos, un semidocumental en blanco y negro, Todos vós sodes capitáns (2010), y el wéstern metafísico Mimosas (2016). Ambos fueron presentados y premiados en secciones paralelas del Festival de Cannes. El tercero, O que arde, la historia de un pirómano de apariencia mansa pero decididamente arroutado que encuentra dificultades para integrarse en su entorno, lo rodó en esta misma región. Logró el premio del jurado de la sección oficial Un certain regard de Cannes —además de dos goyas y varios galardones internacionales— por una combinación de depuración y suntuosidad formal que remitía al cine de algunos de sus maestros como Tarkovski o Bresson tanto como se alejaba de los estándares de Netflix y otras plataformas actuales de exhibición cinematográfica, que ha criticado con insistencia. “El de las plataformas es un cine muy deudor de la televisión y de la literatura, por los diálogos y la narración”, dice. “El cine es una conjunción perfecta de alta cultura y cultura popular, pero allí el 95% de lo que se hace es para distraer o para destruir, en una deriva vulgarizadora”.

Frente a esto, sus detractores le han asignado un personaje de intelectualoide pretencioso y altanero que a él le resulta bastante ajeno, aunque pueda entender su origen: “Es verdad que, por carácter, necesito crearme una imagen de persona especial, así que es normal que emane una energía orgullosa o arrogante. Pero yo intento ser humilde, y estoy muy tranquilo con las cosas de las que hablo y de cómo las hablo. Además, tanto mi obra como mi discurso te hacen mirar hacia dentro en un momento en que no queremos. Y mucha gente hace una proyección: algo que no quiero ver de mí lo proyecto en otro. Lo he visto incluso en gente de mi propio gremio con la que he hablado. Solo es un mecanismo de defensa”.

A tenor de lo visto en las redes sociales, parece cierto que entre algunos compañeros de profesión genera cierto malestar una figura que partía de unos orígenes sociales modestos y sin embargo ha obtenido una posición privilegiada en la industria sin hacer productos estandarizados. Ese malestar emergió con fuerza cuando él hizo unas declaraciones según las cuales consideraba contradictorio emitir soflamas políticas mientras se trabaja para Netflix. Ahora puntualiza: “Si Netflix empieza mañana a respetar las salas de cine, cosa que no hace, no tendré ningún problema en trabajar en con ellos. Pero están contra las salas. Que la gente quiera trabajar para Netflix lo entiendo, y yo mismo he defendido películas de la plataforma como La sociedad de la nieve. Pero tengo la impresión de que aquí se ha recibido a Netflix como en Bienvenido Mr. Marshall, y eso es pan para hoy y hambre para mañana. Cuidado con quiénes hacemos pactos”.

Otra de las críticas que ha recibido Sirāt es de carácter político. El filme está parcialmente rodado en el desierto marroquí y los protagonistas hablan de ir al sur, cerca de la frontera con Mauritania, donde encuentran un campo de minas, pero en ella no se menciona expresamente el conflicto del Sáhara Occidental, que reclama su independencia formal de Marruecos, que lo ocupó tras la retirada española en 1975. Él responde pausadamente a esta cuestión: “Críticas a una película puede haber un millón, de todo tipo. Pero me cita una de ellas, y yo contesto. En la película no se dice: ‘Al sur de Marruecos, cerca de la frontera con Mauritania’; sino ‘en el sur, cerca de Mauritania’. Hay ambigüedad. Como artista, creo que el mundo necesita restaurar cierta ambigüedad y polisemia, que es lo que acoge la complejidad del mundo. La pregunta es: ¿cuál es la mejor manera de generar conciencia política en el espectador? No sé si lo logro, pero lo más contracultural en tiempos de algoritmos es abrir el corazón del público y hacer que miren dentro de él. Mi película acoge ese dolor que no tiene bandera, ni raza ni género ni clase social. En mucho cine contemporáneo la imagen está muerta, porque ha sido instrumentalizada para contar cosas. Y creo que eso es menos eficaz, por didáctico. El arte debe ser un equilibrio entre decir y evocar. Por ejemplo, yo estoy contra el tráfico de órganos, pero no necesito ver películas que me hablen de ello. Ya hay periodistas y activistas haciéndolo”.

Tampoco lo hace especialmente popular su adscripción al sufismo, una rama mística del Islam. Se habla en los últimos tiempos de un regreso generalizado a la espiritualidad, movimiento que no parece mal visto a condición de que se encauce hacia la doctrina cristiana. Ese no es su caso: “La espiritualidad es una sensibilidad ante el misterio. La he tenido desde pequeño, pero no encontré nadie de la órbita cristiana que moviera un centímetro mi corazón. De todos modos, mi práctica en el cine es bastante ecuménica. Voy a la esencia, da igual el nombre que le pongas a Dios”.

—¿Cree que se ha perdido la aceptación del misterio?

—Sí, el mundo participa en una deriva racionalista-mecanicista. Es terrible que un espectador o alguien que vaya a un museo hable de entender o no una obra de arte. Terrible. Creo que las obras de arte, secretamente, te comunican cosas a través de otros niveles de percepción. Sirāt me ha supuesto conectar más con mi herida y mi lado más carencial.

—¿Se rebela contra su herencia ilustrada?

—Soy hijo de la Ilustración, de la modernidad y sus dialécticas: norte y sur, lo urbano y lo rural… Pero las propias verdades de la modernidad, la ciencia, la economía, la ecología, dicen que no es sostenible y que hay que buscar caminos paralelos. La Ilustración desespiritualizó el mundo. Lo llaman las luces porque deslegitimaron las sombras. Pero hay que volver a las sombras, a lo esotérico. El desencantamiento del mundo es tal que la única salida es volver a espiritualizarnos, espiritualizar la educación.

—Puede que hayamos llegado a un exceso lumínico, pero la Ilustración apareció justamente en un momento en el que predominaban las tinieblas sobre la luz, y buscaba compensar eso.

—No lo sé, ya que no viví esa época. Pero durante la Edad Media se dieron las expresiones de lírica y mística más elevadas. Al final, todo gira en torno a la libertad. Y, para mí, la libertad es la capacidad que tengas para controlar tus bajas pasiones o tu ego. Desde esa perspectiva, no sabría decirte si una persona cualquiera de hoy es más libre que alguien del Medievo. En muchas cosas nos veo más maniatados por nuestros egos. No tenemos una guía de instrucciones, ni personas de referencia que nos ayuden a tenerla.

—¿Usted las tiene?

—Tengo un maestro sufí y un psicoterapeuta Gestalt, y les pido consejo. Pero no sé si me siento cómodo hablando de ello, porque en el fondo no creo que esté a la altura de esa práctica. Dice el sufismo que, para quien no tiene maestro, el ego es su maestro. Yo lo tengo, pero no le hago mucho caso, y eso es incluso peor [ríe]. Bueno, más o menos se lo voy haciendo. Asumir mi imperfección me ha elevado espiritualmente.

La sesión de fotos prosigue en la casa que fue de su bisabuela y en la que hoy vive un familiar suyo, y en otra cercana que Laxe también ha comprado. Prevé empezar pronto las tareas de restauración para convertirla en sede de la Asociación Ser (por el río Ser, el afluente del Navia que atraviesa la zona), de vecinos de la comarca. Hasta entonces, es su vivienda la que tiene esa función, por lo que recibió fondos de la Unión Europea. En ella acoge temporalmente a nuevos vecinos, además de organizar talleres, conferencias y asambleas. “El objetivo de la asociación es que la región tenga vecinos y que la gente pueda autorrealizarse”, explica. “El único derecho que tenemos los humanos es autorrealizarnos, y estoy convencido de que es en el campo donde podemos hacerlo. Creo en este modo de vida, en este espacio”.

A estas alturas ya se desenvuelve con la batería cargada y a pleno rendimiento. Parece cómodo posando en el río, entre los árboles o en mitad del valle. Aunque sea un cliché, recuerda a una versión gallega y actualizada del Heathcliff de Emily Brontë, arroutado literario por excelencia. En línea con la imagen que le pinta al periodista, en conversación telefónica, Agustín Almodóvar, coproductor de Sirāt (junto con Movistar Plus+) a través de El Deseo, productora nacida para poner en pie los proyectos de su hermano, Pedro Almodóvar: “Oliver tiene una personalidad arrolladora, es muy culto y a la vez muy mestizo. Pedro y yo lo tratamos cuando coincidieron las promociones de Dolor y gloria y O que arde, y le dijimos: si en el futuro podemos colaborar, cuenta con nosotros. Y eso es lo que ocurrió con Sirāt, que sobre el papel era muy interesante, pero también muy arriesgada. Pero fue ese mismo riesgo lo que nos atrajo. Todo en ella rezuma autenticidad, que es lo que caracteriza su cine”.

Hablando de riesgo, resulta especialmente osado el modo en que la muerte se hace presente en la película, como cuando uno de los personajes es sacrificado mientras baila, después de gritar: “¡Que pete todo!”. Laxe defiende su opción con entusiasmo: “Sirāt visualiza el miedo a morir y te revivifica, porque cuando la muerte irrumpe nos conecta a la vida. Esa me parece una muerte grandiosa, que a mí me encantaría tener. Imagínate, morir bailando. Morir en una suerte de éxtasis, fuera del lenguaje. En un orgasmo”.

—¿Cree que tenemos un deseo colectivo e inconsciente de apocalipsis?

—La gente está sosteniendo demasiado peso a sus espaldas, y eso hace que la sociedad tenga algo autodestructivo. Los niños, por ejemplo, tienen una consciencia de cuidados y ecológica muy elevada, los pobres están sufriendo mucho porque sostienen demasiado peso. Un sufí me dijo una vez que la mirada puede llegar a 80 kilómetros, el oído 1 kilómetro, el olfato, no sé, 100 metros… This is your business, de esto es de lo que te tienes que ocupar. Debemos ocuparnos de nuestros pasos a nivel micro, no macro. No con el peso de cambiar el mundo.

La película está protagonizada por una comunidad de raveros reales, con cuyo estilo de vida y visión del mundo Laxe se identifica aunque él no pertenezca a ese universo: “Yo soy un artista financiado y subvencionado que exhibe sus películas en Cannes. Me considero más bien un hacker. Pero sí podría haber sido ravero. Cuando me fui a Marruecos, asumí que sería un cineasta que viviría en los márgenes y haría películas pequeñas y poéticas, aunque la vida me ha ido abriendo el camino desde el centro de la industria. Pero en mí se mantiene algo contracultural y alternativo, por mucho que haya estado en una gala pre-Oscar en la que el cubierto costaba 10.000 euros, que, por cierto, pagó mi distribuidor”.

—¿Cómo gestiona esas contradicciones?

—A veces me ha costado un poco exhibirme tanto, pero soy muy consciente de mi rol y responsabilidad en la sociedad, y seguiré igual. Mucha gente ha considerado esperanzador que desde dentro del sistema y en una posición hegemónica se abracen otras sensibilidades. Por eso he dicho que me considero un hacker.

—¿Y cómo vive el contraste entre su espiritualidad y lo mundano de la promoción y los premios?

—Hay que ser de este mundo sin serlo. Eso lo he aprendido de mi práctica sufí. Vivo aquí muy retirado, y puede que eso haya sido también un mecanismo de defensa: si soy sensible y el mundo me hace daño, me alejo a mi espacio de poder. Lo de los premios ya me había pasado a otra escala, desde que presenté mi primera película en Cannes y recibí el de la crítica. Siempre he podido tomar atajos y nunca lo he hecho. Ahora la realidad me ha dicho que el camino que tomé es el acertado, así que tengo todavía menos miedo a doblar la apuesta. Mi próxima película, que ya estoy dibujando, será más radical, menos narrativa. Porque Sirāt es como una medicina amarga, pero que va en un vaso en cuyo borde hemos puesto miel: lo narrativo, el género, el suspense… La siguiente tendrá menos miel. Noto que ya me está llamando, porque aún tengo mucha herida que curar a través del arte.

—¿Es cierto que tiene ahora un agente en Estados Unidos, Bart Walker, el que lleva a Jim Jarmusch o Sofia Coppola?

—Sí. Todo depende de lo que la vida me diga. Si me pone delante un guion para el que me vea capacitado, adelante. Puedo aguantar la presión de hacer una película allí si tengo los productores adecuados.

—¿Podría contar más sobre ese próximo proyecto?

—Tengo muchas ganas de filmar en el Amazonas. Y estoy pensando qué actor llevarme para que muera conmigo, para abrirle las tripas y que venga un pájaro a comérselas. Hablo de una muerte simbólica, claro. Estoy viendo bastantes actores ahora mismo, de estos kamikazes que dan sus cuerpos a las películas. Que es lo que hago yo en mi proceso creativo: la película me secuestra y hace de mí lo que quiere. Las películas me envenenan, me emborrachan. Mis procesos creativos son así, y hay actores a los que esa muerte también les excita.

—¿Cómo ve su futuro inmediato?

—Estoy en una dicotomía. Por un lado, la vida me dice: puedes hacer la peli que quieras y con quien quieras. Así que la siguiente puede ser muy especial, una peli que nunca se ha hecho. Y no es que eso sea lo importante, porque cada época tiene sus preguntas. Pero siento ya ese sabor de que puedo hacer mi Capilla Sixtina en el Amazonas. Y al mismo tiempo tengo ganas de normalidad, de sencillez y simplicidad. Porque todo lo tengo aquí. Vivo en un paraíso.

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