Obviamente

Queremos creer que el progreso es una flecha que, como la del tiempo (teorías cuánticas aparte), no tiene retroceso

Lona colgada por Vox en la fachada de la Casa de las Bolas, en la confluencia de las calles madrileñas de Goya y Alcalá, en Madrid, el 20 de junio.Alberto Sibaja / Zuma Press / ContactoPhoto (Alberto Sibaja / Zuma Press / Co)

Si googleas el nombre de Inés Martín Rodrigo, periodista y novelista (premio Nadal), en la entradilla de la Wikipedia puedes leer que es “una escritora y periodista española lesbiana”. O al menos podías leer eso hace 15 días, que es cuando yo lo he mirado. Se da la circunstancia de que Inés acaba de sacar un breve ensayo en Destino titulado Una homosexualidad propia, en el que desde luego no sale del armario, porque en su entorno era algo que tod...

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Si googleas el nombre de Inés Martín Rodrigo, periodista y novelista (premio Nadal), en la entradilla de la Wikipedia puedes leer que es “una escritora y periodista española lesbiana”. O al menos podías leer eso hace 15 días, que es cuando yo lo he mirado. Se da la circunstancia de que Inés acaba de sacar un breve ensayo en Destino titulado Una homosexualidad propia, en el que desde luego no sale del armario, porque en su entorno era algo que todo el mundo conocía (y además tiene pareja desde hace ocho años), pero que trata por primera vez de manera pública su orientación sexual. Y lo hace en un texto sereno, eminentemente informativo, no testimonial ni reivindicativo, sino normalizador y explicativo. Una mera descripción de una parte de la realidad. En fin, ya es chocante y chirriante esa etiqueta añadida de “lesbiana”, ese sello absurdo, reductor y prejuicioso (imagínense poner en las entradas de otras personas cosas como “escritora y periodista heterosexual”, “escritor y periodista pajillero”, etcétera). Pero lo más tremendo es que este libro salió el 21 de junio, y tan sólo tres días después ya estaba la biografía de Inés marcada por ese adjetivo innecesario. Miedo da pensar en esos censores de la diferencia que, agazapados en los pliegues digitales, esperan dispuestos a saltar a toda prisa sobre la Red para clavar sus dogmas y su manchada mirada sobre el mundo. Este es también, como sabemos, uno de los grandes peligros de la inteligencia artificial: que es alimentada por los prejuicios de quienes la construyen.

La celeridad con la que se le ha colocado a Inés el sambenito discriminatorio corrobora la chocante sensación que tuve al leer el interesante ensayo Una homosexualidad propia. Porque Martín Rodrigo, que nació en 1983, es mucho más joven que yo, y, sin embargo, la pacatería homófoba que describe en su entorno es mayor que la que a mí me pareció ver en los años setenta. Cierto, Inés vivió hasta la adolescencia en un pueblo y yo en Madrid, pero creo que además ha habido una clara involución. Que los setenta e incluso los ochenta fueron rompedores, pero que a partir de los noventa volvieron a cerrarse en cierta medida las aguas del prejuicio. Por todos los santos, ¡si en 1988 Bibiana Fernández presentaba junto a Carlos Herrera el programa de variedades de TVE de los sábados por la noche, un espacio muy blanco y muy familiar, sin que aquello pareciera nada extraordinario!

Por más que la razón y la experiencia nos digan lo contrario, todos tendemos a caer en un error muy obvio: queremos creer que el progreso es una flecha que, como la del tiempo (teorías cuánticas aparte), no tiene retroceso. Y así, solemos pensar que vivimos en el mundo más desarrollado posible y que cualquier valor actual está en su grado máximo, en comparación con épocas anteriores. Pero no es así. Las sociedades fluctúan de manera permanente entre la apertura y la represión, la lucha por el progreso es un continuo, las civilizaciones se derrumban y tanto los logros civiles como los conocimientos pueden quedar sepultados por un océano de tinieblas retrógradas.

Y me temo que hoy estamos sufriendo en todo el mundo una de esas olas reaccionarias. Debemos prepararnos para sobrevivir, para mantener lo conseguido, para seguir sacando la cabeza sobre la sucia espuma. Porque además hay que tener en cuenta que toda reacción empieza con un ataque contra las mujeres e, inmediatamente después, contra las sexualidades alternativas, ya que los cavernícolas siempre aspiran a reinstaurar el machismo más arcaico. No hay más que ver los anuncios en los que Vox tira a la basura el feminismo y la bandera LGTBI. Ya que he citado el libro de Inés, daré algunos datos sobre la homofobia. Por ejemplo: Interior registró en 2022 un aumento de casi un 70% en los delitos contra la orientación sexual en España. En Italia, Meloni ya ha prohibido que en las familias de lesbianas se registren las dos mujeres como madres. Y el pasado mes de mayo, Conchi y Gema, pareja y madres de dos niños de cinco y seis años, fueron arrojadas al suelo y golpeadas ante sus hijos por 15 energúmenos en el Parque Warner de Madrid al grito de “puta bollera asquerosa de mierda”. Sí, creo que el libro de Inés puede ser muy útil y es una manera de luchar contra el odio, la violencia y el horror que se nos echa encima. Otra es votar contra ellos, obviamente.

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