Siete noches tres
Para hacer una obra, para levantarla del nido de la nada, hay que ser un poco tozudo. Hay que tener un empeño descomunal. Eso es lo que ha conseguido Juan Uslé
Así se titula una de las obras de Juan Uslé, expuestas en el Reina Sofía. Hay óleos que te atraviesan como si fueran pájaros. Y eso pasa, una bandada entera, como si fuera primavera.
Uno puede ver de todo en las obras. Puede ver lo que a los ojos les salgan del plumero. Ver, por ejemplo, la gramática urbana de...
Así se titula una de las obras de Juan Uslé, expuestas en el Reina Sofía. Hay óleos que te atraviesan como si fueran pájaros. Y eso pasa, una bandada entera, como si fuera primavera.
Uno puede ver de todo en las obras. Puede ver lo que a los ojos les salgan del plumero. Ver, por ejemplo, la gramática urbana de la ciudad de Nueva York (donde Juan vive parte del año). Ver también las noches del corazón, con su pulsación, con su ritmo, Siete noches tres, y entonces saltan los jilgueros, brincan los Soñé que revelabas (la serie que lleva pintando desde 1997).
Para hacer una obra, para levantarla del nido de la nada, hay que ser un poco tozudo. Hay que tener un empeño descomunal, querer ahondar en un lenguaje que sea propio, que sea único. Eso es lo que ha conseguido Juan Uslé. Levantar una gramática, hacer volar frases, líneas, colores, que son solo suyos. Algo semejante ha hecho también Pierre Soulages que llevó ahondando sus Ultranegros, sus Outrenoirs, desde 1977 y no paró desde entonces, al igual que Uslé con sus Soñé.
Samuel Beckett, quien sabía algo de lenguaje propio (importándole un pepino o un pincel lo que los críticos y sus cítricos digan), lo tenía también muy claro, nítido: “Saber lo que uno quiere decir, ahí está la sabiduría. Y la mejor manera de saber lo que uno quiere decir es querer decir la misma cosa todos los días, con paciencia, y familiarizarse así con la fórmula que uno indaga, más allá de todas las arenas movedizas”. Eso ha hecho Soulages. Eso hace Uslé. Ambos han creado un lenguaje propio y lo llevaron con empeño, óleo tras óleo.
Una obra no es solo lo que los ojos ven. Es también, sobre todo, lo que el corazón siente. Este se empapa de colores, late con formas que van a veces a dar en la diana. Y entonces las cuerdas del violín se ponen a vibrar, y algo toca, algo suena e incluso, a veces, sueña. Algo te toca hondo, se te hunde en la carne y te levanta el cuerpo de un tirón.
Eso ocurre cuando uno se pasea por esas salas del Reina con las obras de Uslé plantadas a la vertical, dispuestas a volar. Con ellas se te abren las alas, la noche se hace pájaro. Y, entonces, siete, tres, te pones a volar. Regresa la primavera. Los colores huelen a azahar o a prado. El cuadro es un cielo azul que te explota en la cara como un bosque de gladiolos, como si ya en marzo fuera mes de mayo. No importan entonces las cartas de amor que tienes en el baúl, las que guardas, aunque ya no te aman. No importa ese pavor que te pinza los nervios ni tampoco ese miedo por alguien que un día estuvo junto a ti. Ya no importa que seas incluso una carta mal escrita y tengas lluvia en los ojos.
No importa porque siete noches, tres, porque amar, como decía un poeta, es un lugar inconfundible, “perdura en lo más hondo: es de donde venimos. Y también el lugar donde queda la vida”. Todo eso lo llevamos dentro cuando vemos un óleo, y también el que lo pinta lo lleva con él. Uno no mira un cuadro así de refilón, en apenas unos minutos. Lo hace con toda la vida entera puesta encima. Y lo mismo le pasa al pintor. Una obra no es una cuestión de horas. No le lleva días, semanas, meses pintarla. Una obra tarda décadas en hacerse. Tarda toda una vida en pintarse.
Un cuadro puede tardar un cuarto de siglo o medio siglo en hacerse. Porque cuando uno pinta, lo hace con todos los años puestos encima. Cuando Kafka escribe, durante la noche del 12 al 13 de septiembre de 1912 su primer escrito, La condena, no lo hace en una sola noche de insomnio. Lo hace con toda su vida puesta encima y así sale lo que será uno de los lenguajes más verticales del siglo. Ahí lo ha dado todo, ha puesto todo su empeño, los veranos que se fueron y los otoños que vendrán.
La obra entonces se te abre como una persiana, y de pronto clarea el día. Y sales luego a la calle, con ella también puesta encima. Sales vestido de alegría, con gramíneas sobre los hombros, todo hecho un árbol, o un jardín. Y entonces te sientes con la alegría prendida de la mano. Te sientas con ella en una terraza. El sol te lame los mofletes como si fuera una chuche y la cara así, mal maquillada, vas sorbiendo el trago, y brindas empotrando el aire.
Y cada minuto que pasa pinza la cuerda del violín. Es como una falda que te hace bailar la sangre. Te apañas con una caña y unas aceitunas que, de pronto, también te saben a gloria. Arriba está el azul del cielo. Arriba está ese siete, tres, que te mira a la cara, y te brinda en alto y te dice: “Espabila, chaval, que cada día es una vida”.