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Una temporada muy húngara

Un libro extraordinario sobre Budapest durante la Segunda Guerra Mundial despliega una fascinante galería de personajes en la que no faltan Paddy Leigh Fermor y el conde Almásy

Budapest en febrero de 1945 durante la batalla por la ciudad.ullstein bild Dtl. (ullstein bild via Getty Images)

Llevo una temporada muy húngara. El otro día me encontré en la calle a mi querido maestro de esgrima, Imre Dobos, que me emplazó a volver a la sala a mejorar con el sable. Mientras lo decía me miraba desde arriba —es sustancialmente más alto— con esos ojos tan magiares que parecen reflejar el cielo interminable de la puszta o la bruma que se eleva del Danubio una mañana de invierno en Budapest. La misma mi...

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Llevo una temporada muy húngara. El otro día me encontré en la calle a mi querido maestro de esgrima, Imre Dobos, que me emplazó a volver a la sala a mejorar con el sable. Mientras lo decía me miraba desde arriba —es sustancialmente más alto— con esos ojos tan magiares que parecen reflejar el cielo interminable de la puszta o la bruma que se eleva del Danubio una mañana de invierno en Budapest. La misma mirada, los mismos ojos ovalados como mandorlas, el azul como si lo vieras en un espejo empañado, los volví a notar sobre mí el jueves al conversar en el bar del hotel Alma con László Krasznahorkai, el premio Nobel de literatura. Entonces, mientras trataba de formular una pregunta a la altura de la prosa sin límites de autor, pensé en aquel pasaje de su Melancolía de la resistencia: “Se quedó mirando el vacío. El vacío, un alba ahogada cuya claridad lechosa no inundaba, sino que empapaba el cielo oriental”.

Y el lunes estuve en la misma Budapest, no la real de ahora sino la de 1938, acodado en el mirador del bastión de los pescadores en la colina del castillo, observando correr abajo el río y extenderse Pest, la mitad oriental de la ciudad. Me asomaba a las maravillosas viñetas de Rapsodia húngara (Norma, 1984), el clásico álbum de Vittorio Giardino de las aventuras de su detective Max Fridman que transcurre en la vieja capital, mientras preparaba una cita con el dibujante.

Pero lo que me ha sumergido más estos días en Hungría ha sido la lectura de un libro extraordinario, uno de esos que te absorben y te transportan y tienen la capacidad de hacer que su asunto se desborde hasta inundar tu vida entera e incluso parece que posean el mágico poder de materializar a tu alrededor paisajes y personas (Imre, Krasznahorkai, Fridman, el viejo conde y piloto Orssich, el aviador y navegante Miklós Kenyeres). Se trata de The last days of Budapest, subtitulado Spies, nazis, rescuers and Resistance 1940-1945 (Head of Zeus, 2025), de Adam LeBor, un escritor y periodista británico que fue corresponsal en Budapest y Europa Central durante años para The Times, The Economist y The Independent y del que se ha publicado en castellano su Los banqueros secretos de Hitler (Grijalbo, 1998). LeBor, con una decena de libros de no ficción, es autor también de siete novelas, entre ellas la serie policiaca The Danube Blues trilogy, protagonizada por un detective romaní, gitano, que trabaja en el grupo de homicidios de Budapest.

The last days of Budapest, recomendada por David MacClosky, el autor de Estación Damasco, es una fascinante panorámica de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial que abarca todos los aspectos de la vida en ese periodo, con especial atención a las intrigas diplomáticas, al espionaje y a la situación progresivamente a peor de los judíos (1 de cada 4 habitantes de Budapest conocida por los antisemitas como Judapest). El libro, de quinientas intensas y apasionantes páginas llenas de historias subyugantes, se me metió en el bolsillo desde el principio al mencionar, ¡en la misma página!, a dos de mis personajes favoritos: Patrick Leigh Fermor y Lászlo Almásy. Del primero se citan sus testimonios sobre Budapest, que visitó en su periplo de jovencito en 1934, recogidos en Entre los bosques y el agua (Península, 1986); y del segundo se recuerda cómo el explorador y su hermano János formaron parte de la bulliciosa vida de la capital previa al desastre.

Salen en el libro muchísimos otros conocidos, el almirante Horthy y su familia (entre ellos Niki, el heredero, al que muestra bajo una luz más favorable de lo que se acostumbra, y el malogrado primogénito István, que voló con Kenyeres en la misma escuadrilla de cazas antes de estrellarse), Otto Skorzeny, Eichmann, el conde Pal Teleki —mucho menos simpático que en el retrato de Leigh Fermor—, Ferenc Szálasi (el líder de la Cruz Flechada, los malos de La caja de música), el diplomático sueco Raoul Wallenberg, que salvó a decenas de miles de los judíos de Budapest, la brava agente del Servicio Especial de Operaciones británico (SOE) Krystyna Skarbek (aka Christine Granville), o Arthur Koestler. Y gente que yo no conocía pero pasan a engrosar desde ahora mi lista de gente interesante: la actriz Katalin Karády, la valerosa condesa Caja Andrássy de Csíkszentkirály y Krasznahorka (sic), David Gur, que dirigió un fenomenal comando de resistentes judíos durante la ocupación alemana de Budapest; el infame, pragmático y mujeriego oficial de caballería las SS Kurt Becher, que llevó las negociaciones de Himmler para intercambiar judíos por bienes materiales para su organización, el rey de los contrabandistas y agente cuádruple Andor Grosz, el jefe de seguridad de Horthy y luego de la Gestapo húngara Péter Hain, o el tan activo diplomático británico Owen O’Malley. Por no hablar del sacerdote católico y miembro de un destacamento de la muerte de la Cruz Flechada, padre András Kun, que daba a su pelotón la orden de fusilar judíos al grito de “en el santo nombre de Cristo, ¡fuego!”.

El libro de LeBor, que arranca describiendo el final del imperio austrohúngaro y la Budapest de entreguerras, me ha descubierto partes de una historia que creía conocer bien gracias a otros como Battle for Budapest, de Kristian Ungvary (J. B Tauris, 2007) y mi propia experiencia en la ciudad, por la que he deambulado buscando huellas de la época (el hotel Geller, el café Negresco y el Floris, el night club Arizona) y rastros de Paddy, Almásy y otros personajes. Toda ciudad es un pentimento de sucesos y vidas, pero en Budapest se añade el plus de la melancolía y el romanticismo de una capital tendida sobre su historia como sus puentes sobre el Danubio. Recuerdo especialmente los zapatos de bronce —incluidos de niños— junto al río que recuerdan a las víctimas de la Shoah asesinadas y lanzadas al agua. Y un diorama en el Museo de Historia Militar (Hadtörténeti Múzeum) que recreaba el ambiente (malo) durante la batalla final por Budapest entre el ejército soviético y la fuerzas alemanas y húngaras aliadas. Curiosamente —la memoria es así de selectiva— me vienen a la cabeza un maniquí con un Panzerfaust, el bazoka de baratillo alemán, y las ruedas de un tanque Panther que se exponían.

LeBor repasa la terrible suerte de la ciudad y sus habitantes poniendo de relieve la muy actual estrategia nefasta de Horthy de tratar de hacer equilibrios con los nazis y con los propios extremistas húngaros de la Cruz Flechada. Explica que el viejo almirante fue muy responsable de la política antisemita (sus leyes contra los judíos fueron pioneras en Europa) que se fue exacerbando y se le acabó escapando de las manos para caer en las de Eichmann y conducir al exterminio de los judíos húngaros, mayormente en Auschwitz. También cuenta el autor la alianza que se estableció en la sombra entre resistentes polacos y húngaros, y la repulsiva iniciativa final de los nazis de regatear con las vidas de los que iban a deportar. Y todo acaba con la gran batalla final por Budapest, desesperada, calle por calle, edificio por edificio.

Al cerrar las páginas de The last days of Budapest, con el cielo de la devastada ciudad ardiendo y el aire espesado por las cenias y el acre hedor de la cordita, he vuelto a Krasznahorkai y Melancolía de la resistencia: “En efecto, el estado natural del mundo era el caos, y como nunca acababa tampoco podía predecirse una salida. No podía predecirse, pero tampoco valía la pena. Y hasta palabras como ‘caos’ y ‘salida’ resultaban del todo superfluas”.

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