Ir al contenido

Veinte vatios

La energía que consume un cerebro humano es una pulga en comparación a lo que consume la inteligencia artificial

Es lo que consume el cerebro. Con veinte vatios enviamos hombres a todas partes. A la Luna, a la vuelta de la esquina, al quinto pinto. Con veinte vatios hacemos de todo y de nada, milagros, sonatas, incluso vamos a bucear. Con veinte vatios, mi vida, ...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Es lo que consume el cerebro. Con veinte vatios enviamos hombres a todas partes. A la Luna, a la vuelta de la esquina, al quinto pinto. Con veinte vatios hacemos de todo y de nada, milagros, sonatas, incluso vamos a bucear. Con veinte vatios, mi vida, puedo darte un beso, puedo escuchar cada uno de tus silencios, golpear la tecla y que la vida cambie de rumbo. Con veinte vatios puedo pasearme por tus labios, rastrear cada pezón, subir, bajar, no morir.

Con veinte vatios hasta puedo saber cosas imposibles. Algo así como que la vida nos arranca a menudo el corazón y lo hace un sinfín de veces. Ella hunde sus manos en nuestro pecho y de ahí lo saca, una y otra vez, lo espachurra, el corazón. No importa que siga latiendo, que bombee, no importa. Con veinte vatios puedo saber que tu rostro, que tu caminar, es una nota única en el mundo. Puedo adivinar que esto no tiene parangón y para ello, para enterarme de semejante milagro, no necesito de centros de datos, ni de enchufes, ni de cables, no necesito quemar miles de kilovatios.

Con veinte vatios puedo saber lo que ninguna máquina jamás de la vida podrá saber, puedo darle palmadas en la nuca, beber ante la lumbre, puedo meter más balas en el tambor, y descargar el revólver, darle un beso a la muerte. Con veinte vatios puedo saber que los que mueren no paran después de crecer. Que les siguen saliendo ramas, raíces, por todas partes. Que a esto le llamamos recuerdos, o simplemente tierra que los revienta. Puedo saber que todos los que han sido no se han ido del todo mientras vivo.

Con veinte vatios puedo también pasarme una vida entera sin vivirla. Puedo quedarme soltero toda una vida, incluso en mi matrimonio. Puedo hablar horas, siglos, sin nunca tener nada que decir. Puedo pararme y dejar de lado el cansancio. Puedo dejar de correr detrás del tiempo y nunca vivir el instante. Con veinte vatios puedo parar, ir a todas partes y no llegar a ninguna. Puedo calibrar las manos, ajustarlas como una cruz sobre tu pecho, y así subir, hundirme, fundirme en el café como un terrón de azúcar, y ahí quedarme, pillado entre tus labios, que me tragan, me besan, me viven.

Con veinte vatios sé que los árboles no arraigan en la tierra sino en el cielo. Eso hacen día y noche, sin parar. De ahí arriba sacan la luz, y brotan, empujan hacia arriba. Se disparan hacia las nubes, van por todo lo alto. Con veinte vatios puedo dejar de morir, enchufarme a un nuevo día.

Y así, sin más, hacer todo esto tragando aire, respirando. Hacer todo esto sin tener que atornillar un tobillo, o un hueso, sin tener que verter aceite para engrasar los metales, pudrirme hasta el último neón, ser algo que se muere de tanto querer vivir, de tantos años, siglos que quedan por delante.

Archivado En