Sobre héroes y tumbas
La grandeza de la Vicaría de la Solidaridad ha alcanzado proporciones gigantescas con el paso del tiempo. Hoy se levanta como un símbolo de dignidad, de lo que fue y de lo que se negó a ser

Era un sábado, pleno invierno. Estado de sitio, a mediados de los 80. Yo estaba de turno en la revista Hoy. Casi al llegar el entonces subdirector Abraham Santibáñez me dice que hay soldados entrando al campamento Raúl Silva Henríquez, en la zona sur de Santiago, que están allanando, que vaya a reportear lo que está ocurriendo con el fotógrafo Nelson Muñoz. Partimos en un taxi.
En el trayecto vimos camiones repletos de soldados con sus caras pintadas de negro, que viajaban en sentido contrario, listos para la guerra inexistente. Al llegar al campamento le pido al taxista que nos espere, que nos tenga paciencia porque no sabemos cuánto nos vamos a demorar. Comenzamos a caminar, vacilantes. Es un terreno extenso, eriazo, sin árboles. Al fondo se divisan algunas media aguas y una cancha de fútbol. A medida que nos acercamos podemos apreciar una enorme cantidad de pobladores a la intemperie.
—Voy a subir a ese galpón para hacer unas fotos— me dice Nelson. Espérame aquí.
Al minuto siguiente lo veo encaramado sobre un techo. Camino hacia allá, con la mirada fija en él. Casi de inmediato siento el cañón de una pistola en mi nuca.
—Camina— es la orden.
De reojo veo que son varios los civiles que nos rodean a Nelson y a mí. Como es habitual, a él le quitan los rollos fotográficos que lleva en su bolso. Nos colocan espalda contra espalda, en el medio de la cancha. Un soldado se para a mi lado: con las dos manos sostiene un fusil apoyado en el suelo. Mira hacia el infinito. Frente a nosotros una masa de hombres observa la escena en medio de un silencio profundo. Semidesnudos, acorralados como ganado, camino al matadero. Algunos bordean la adolescencia. Brutales, las patrullas del ejército irrumpen al amanecer con sus altavoces y sacan de sus hogares a todos los hombres mayores de 14 años. Registran las casas y la documentación de sus habitantes.
El frío cala los huesos. Se me empiezan a acalambrar las piernas. Pienso en el taxista que nos trajo. Quizás, atemorizado, ya ha partido. De pronto un chirrido de neumáticos. Un auto se detiene, levantando una nube de polvo. Bajan varios civiles, con lentes oscuros. Entre ellos una mujer que se acerca y comienza a registrarme la cartera. Nos revisan las credenciales de prensa. Encuentra mi grabadora. Se la guarda y se retira.
Siento la respiración de Nelson, sus dedos rozan los míos durante unos segundos. No tengo noción del tiempo. No nos preguntan nada. Simplemente nos muestran como rehenes con un mensaje de amedrentamiento a los pobladores y a la prensa: esto les sucede a los intrusos que no son bienvenidos. De repente, alguien da la orden de soltarnos. Nelson y yo nos miramos y comenzamos a caminar. A lo lejos veo nuestro taxi. Y a un costado veo otro auto. En su interior está mi amiga y colega Tati Penna. Me hace un saludo, un pulgar hacia arriba. Después me enteraría de que ha llamado a radio Cooperativa para dar cuenta de que Nelson y yo estamos detenidos en el campamento Silva Henríquez.
Caminamos por una especie de corredor que se ha formado con los pobladores. A medida que vamos avanzando por el medio, algunos se salen de la fila, un par de pasos hacia adelante. Me tocan un hombro, o un brazo, en un gesto breve para decir presente. Se me llenan los ojos de lágrimas. El miedo está en el aire. Nadie dice nada. Se me doblan las rodillas. Llegamos al taxi. Nelson se sube adelante. Yo me acomodo en el asiento de atrás. El taxista va a prender el motor, pero se arrepiente. Gira hacia mí y con la voz entrecortada me dice:
—Lo vi todo, todo. Lo siento— y rompe a llorar en sollozos.
Yo lloré mucho después. Días más tarde, naturalmente, hago la denuncia de lo sucedido en las dependencias de la Vicaría de la Solidaridad. Fue la única vez que allí quedó por escrito un testimonio mío. Las historias recogidas siempre eran sobre las tragedias de otros, no las nuestras.
En este mes que conmemoramos los 50 años de la Vicaría de la Solidaridad no puedo dejar de compartir aquel episodio —es la primera vez— de esa fría mañana de invierno.
Soy periodista de una generación que luchó con fuerza y con miedo durante la dictadura. Hicimos resistencia con la palabra. La Vicaría fue mi refugio, durante años. Paradojalmente, mi lugar seguro donde encontraba un sentido de misión, un propósito común. Sentía que era parte de una causa, no sólo una profesional que formaba parte de un equipo que hacía buen periodismo. Para quienes cubríamos temas en el ámbito de los derechos humanos, la Vicaría de la Solidaridad fue nuestro referente indiscutido, la principal fuente de información confiable y veraz, nunca desmentida. Pieza clave en este enorme mosaico que retrataba los dolores de una patria herida, arrebatada, quebrada de norte a sur, con un pasado pisoteado y un futuro prohibido. A poco andar, su labor le valió un indiscutible y merecido reconocimiento tanto dentro como fuera de Chile.
Pese a la adversidad sus puertas estuvieron siempre abiertas para acoger a los cientos de mujeres que llenaban los pasillos en busca de una respuesta a la única pregunta que las perseguía día y noche: ¿Dónde están?
Sus trabajadores denunciaron, consolaron y demostraron, sin vacilar, una perseverancia inigualable en la defensa y promoción de los derechos humanos. Arriesgaron sus vidas, y salvaron muchas otras. Una institución que dio testimonio de un compromiso porfiado, difícil de imaginar en estos días. El trabajo siguió sin pausa. En medio de sucesivos estados de emergencia, de sitio, de perturbación de la paz interior, de una mentira oficial que nos ahogaba. Y la sombra de la muerte, siempre lista para caer encima sin aviso.
La grandeza de la Vicaría de la Solidaridad ha alcanzado proporciones gigantescas con el paso del tiempo. Hoy se levanta como un símbolo de dignidad, de lo que fue y de lo que se negó a ser. Un largo relato de claros y oscuros que nos habla sobre el coraje, la memoria, la apuesta a la vida. O, como diría Sábato, sobre héroes y tumbas.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.








































