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Gonzalo Contreras, escritor: “Las mujeres siempre encuentran que los hombres son unos misóginos de mierda”

A 40 años de su primer libro, el volumen de cuentos ‘La danza ejecutada’, el autor de ‘La ciudad anterior’ presenta su octava novela, ‘El verano y toda su ira’, que se pasea entre el Chile de mediados de los 80 y el de 2016 mientras medita sobre la amistad, la muerte y, agrega Contreras, sobre “el problema -porque es un problema- de lo masculino y lo femenino”

Gonzalo Contreras

“No se suponía que Bobby Serna muriera así, porque era Bobby Serna y no tendría nunca las agallas para pegarse un tiro en la sien”.

Así arrancan las 369 páginas de El verano y toda su ira, la octava novela de Gonzalo Contreras (Santiago de Chile, 67 años), que urde idas y regresos entre el país de mediados de los 80 y el de 2016. La historia de Bobby y sus cuatro hermanas, todos hijos del empresario Roberto Serna, es contada por uno de los personajes -el mejor amigo de Bobby, un programador computacional de nombre Renato- a quien el patriarca irrespetado encarga hurgar en los archivos del fallecido. A ver qué encuentra.

El libro no explicita adhesión ni rechazo al célebre parecer de Albert Camus -“no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio, y es el suicidio”-, lo que no lo inhibe de meterse en el asunto: no será el tema de la novela, pero es un tema. Después de todo, ha tenido casos muy cercanos, cuenta el autor de La ciudad anterior y El nadador, arrellanado en un sofá en compañía de Tina, su perra, mientras conversa con EL PAÍS en su departamento de avenida El Bosque, Providencia, comuna santiaguina donde transcurren no pocas escenas de la novela.

Porque en esto hay, piensa Contreras, “un enigma no resuelto”.

Pregunta. Renato habla del “humor sombrío en que nos sumía la idea de la muerte, que por primera vez en nuestras vidas nos pegaba tan cerca”. ¿Ese “pegar cerca” fue un motor de El verano…?

Respuesta. Es que a los 50 ya te empiezan a pegar cerca algunas muertes: los padres, algunos amigos también. Y la muerte, cuando ya pasamos largamente la mitad [de la vida], como son los 50...

P. … ¿Se comenta? ¿Se exorciza?

R. La muerte es un tema de la literatura. Ahora, en mi literatura están registrados todos los hechos biográficos. Un lector que me conoce más íntimamente podría ver en todas mis novelas que los personajes corresponden casi siempre a personas que han pasado o han estado en mi vida.

P. ¿Lo que la vida tenga de acontecer va a parar a algún lugar de sus libros?

R. Sí. Suena horrible, pero todo sirve.

P. ¿Qué le interesó de tomarse en serio a Nietzsche y Schopenhauer, de incorporarlos como referentes en su novela?

R. Por supuesto que se puede tomar en serio a Nietzsche, aunque es bien absurdo, y no porque sea un mal filósofo -es un filósofo maravilloso-, pero no puedes seguir a Zaratustra a la montaña: la vida es más terrenal. Y al que lo intenta le puede ir como a Bobby Serna.

P. Moira [personaje clave del libro] le dice a Renato que Schopenhauer “es un misógino de mierda, igual que tú”. ¿Cómo se aproxima a ese tipo de reproches?

R. Las mujeres siempre encuentran que los hombres son unos misóginos de mierda.

P. ¿Es su experiencia?

R. Sí, claro. Es como una muletilla: narciso y todo ese tipo de cosas. Son como armas arrojadizas que tienen las mujeres hoy en día.

P. ¿Hace 20 años no las tenían?

R. Está mucho, mucho más exaltado ahora.

P. ¿En qué lo percibe? ¿Le dicen “misógino”?

R. Obviamente, me lo han dicho a mí, pero también a muchos otros hombres. Cualquier actitud que no complazca a una mujer lleva a que te tilden de misógino.

P. ¿Lo atribuye al aire de los tiempos?

R. Al aire de los tiempos, al feminismo. Ahora, en el reproche que le hace a Renato, Moira se sube por el chorro: dado que Schopenhauer es misógino -y lo era en grado sumo, aunque estamos hablando de mediados del siglo XIX-, Renato lo es también. Es la típica conversación hombre-mujer que podría darse hoy.

P. Pero instalada en una guerra de los sexos, ¿no?

R. En la lógica de usar la etiqueta para anular al otro, aunque hay grados y grados: el ejemplo del libro se da en una conversación más bien trivial respecto de la misoginia. Renato no es misógino y Moira no está tratando de que se deconstruya. Usamos mucho las etiquetas para ordenar la estantería de nuestras mentes simples.

P. En la novela hay variadas observaciones acerca de cómo son hombres y mujeres. ¿Deseaba explorar lo femenino y lo masculino?

R. Absolutamente. Esta es una novela que se aboca mucho al problema -porque es un problema- de lo femenino y de lo masculino. Sin duda. Yo diría que ese es su tema.

P. ¿Lo propone desde otro lugar?

R. Sí, claro. Porque hoy se están haciendo personajes que son unas minas descueves [mujeres formidables], que tienen PhD, que suben cerros en bicicleta, que tienen amantes. Y si no, son mujeres bien cagadas, bien dañadas. Yo no quería ninguna de esas cosas: quería gente común y corriente. Ahora, no me interesan las novelas sin mujeres: Moby Dick no me atrae en absoluto, tampoco Los detectives salvajes, donde aparecen mujeres, pero no hay caracteres femeninos con influencia y poder.

P. ¿Y lo masculino?

R. Los [personajes] masculinos, no sé por qué, me salen un poco débiles y las mujeres, fuertes. Tal vez sea por lo que he visto, porque yo solamente observo, no comento. Una lectora muy simpática me decía, ¿por qué no trabajaste más el tema de la madre? Pero yo no quiero psicologizar. Solamente pongo los personajes, les doy peso, y los personajes actúan. Yo describo las cosas. No tengo punto de vista: me encojo de hombros.

Tampoco saco nada en limpio ni llego a ninguna conclusión: lo femenino y lo masculino son un misterio. Hay gente que supone que a través de la sicología u otra disciplina va a desentrañar misterios como la atracción física. Todo el mundo piensa que puede explicarse la vida con Freud, pero no es tan simple. Hoy, todo individuo es un sicólogo amateur, lo que es muy desagradable. Y está de moda el daño: todos estamos dañados. Hay una especie de competencia por quién acredita más daño.

P. ¿Una competencia por la victimización?

R. Sí, y casi siempre recae en las raíces: en los padres, en las madres. Es un facilismo, la vida es mucho más compleja que eso. A igual daño, hay respuestas muy diversas. La vida no nos absuelve: no somos víctimas, somos responsables.

P. Tampoco debe agradarle la palabra resiliencia.

R. No la soporto. Cuando se dice, “yo he podido sobrevivir a mi infancia”, ¿a quién le importa la infancia? Una vez que estamos en la vida adulta, no vas a estar apelando a tu papá o a tu mamá, si te pegaron o no en el traste.

P. ¿Ve una inclinación literaria en esa dirección?

R. Bueno, hay un movimiento que se llama la “literatura de los hijos”. ¡Qué es esa huevá! [estupidez] O sea, ¿cómo puedes presentarte a ti mismo como hijo? En ese sentido soy nietzscheano: soy creación de mí mismo, no soy hijo de nadie, ni de mi mamá ni de mi papá. Pero toda la literatura está girando en torno al daño, y ese daño sería la infancia. Es una psicologización barata.

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