Leila Slimani: “Cuanto más progresas en la jerarquía social, más blanca te ven los blancos”

Tras el éxito de ‘Canción dulce’, la escritora francomarroquí publica ‘El país de los otros’, una saga inspirada en la historia de sus abuelos en los tiempos coloniales con la que indaga en “la maldición del mestizaje”

La escritora Leïla Slimani, retratada en su casa de París a mediados de febrero.MANUEL BRAUN

Tras ganar el Premio Goncourt con Canción dulce, vuelta de tuerca sociológica al clásico de la niñera asesina y fenómeno internacional traducido a 44 lenguas, Leila Slimani (Rabat, 1981) abre con El país de los otros (Cabaret Voltaire) una nueva trilogía sobre la historia de su familia. La protagoniza Mathilde, un pe...

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Tras ganar el Premio Goncourt con Canción dulce, vuelta de tuerca sociológica al clásico de la niñera asesina y fenómeno internacional traducido a 44 lenguas, Leila Slimani (Rabat, 1981) abre con El país de los otros (Cabaret Voltaire) una nueva trilogía sobre la historia de su familia. La protagoniza Mathilde, un personaje inspirado en su abuela, una joven alsaciana en el Marruecos colonial de 1946. Slimani, residente en Francia desde los 17 años, indaga en un drama silencioso que conoce de primera mano: el de la otredad.

PREGUNTA. Hasta ahora había sido reticente a entrar en el terreno íntimo y familiar. ¿Por qué motivo?

RESPUESTA. Le doy mucha importancia a la imaginación, así que apoyarme en lo autobiográfico me parecía un fracaso. A medida que escribía más y que leía los diarios íntimos y la correspondencia de otros autores, me he dado cuenta de que es inevitable reutilizar aspectos personales. En el fondo, Canción dulce también era un libro muy íntimo: lo escribí cuando tuve a mi hijo, de quien cuidaba una niñera, en un momento en el que me sentía dividida entre aspiraciones distintas.

P. A ratos, su registro recuerda al del realismo mágico, como cuando usa el símbolo del limaranjo, injerto de limón y de naranja. ¿Le influyeron los autores latinoamericanos?

R. En el libro se encuentra mi amor por Faulkner y Carson McCullers, por Salman Rushdie y V. S. Naipaul, y también por García Márquez y Vargas Llosa, por Carlos Fuentes y Jorge Amado. Todos esos escritores forman parte de mi imaginario por sus descripciones de la naturaleza, de la sexualidad, de lo espiritual y lo inexplicable. Los latinoamericanos tienen una forma de ver el mundo parecida a la de los marroquíes. Esta mezcla de influencias ilustra la idea de la polinización en la literatura. Siendo un libro sobre el mestizaje, resultaba interesante que la propia escritura también fuera mestiza.

P. Ha escrito un libro sobre una mujer blanca discriminada en el Magreb colonial. ¿Era tan difícil ser blanca en el Marruecos de entonces como magrebí en la Francia de hoy?

R. El extranjero no siempre es quien uno imagina. Ser extranjero es una cuestión metafísica, a la que las mujeres estamos bastante acostumbradas: ser mujer ya crea de por sí una sensación de extrañeza o de impostura en muchos momentos. La figura de Mathilde es ambivalente: por una parte representa al dominante, siendo blanca, y por la otra es marginada por haberse casado con un indígena. En ese momento se consideraba que esa mezcla de sangre anunciaba el fin del mundo. Si todo el mundo se mezclaba, dejaría de existir la pureza.

P. Precisamente, empieza citando a Édouard Glissant: “Maldición de esa palabra: mestizaje. Escribámosla en caracteres enormes en la página”. ¿Qué tiene de maldito el mestizaje?

R. Más que el mestizaje, lo maldito es su percepción. Si un español se casa con una holandesa, nadie dirá que sus hijos son mestizos. Es una palabra que lleva implícita la jerarquía entre las razas. Hay una maldición en la idea de que el ser mestizo siempre representará una extrañeza, una diferencia.

P. Pero en el libro invierte ese esquema de dominación entre razas, como ya sucedía en Canción dulce, donde la madre burguesa era de origen magrebí, y su niñera, una mujer blanca de extracción humilde.

R. Yo creo que nos define más la clase social que la raza. A mí me dicen a menudo que no parezco árabe: cuanto más progresas en la jerarquía social, más blanca te ven los blancos. Me interesaba decir que esa situación se produce en otros contextos. Mi abuela, por ejemplo, aprendió a hablar árabe, se acomodó en el otro lado, perdió parte de su blancura. En ciertos aspectos, se volvió totalmente árabe.

P. ¿Puede pasar uno totalmente al otro lado?

R. No. Siempre hay una parte de uno mismo que le lleva a sus orígenes, a un dolor, a esa cosa de la que queríamos deshacernos a toda costa. Lo podemos intentar, pero nunca funciona.

P. ¿Usted ha intentado pasar al otro lado?

R. No, porque yo no tengo lados. La idea de la nacionalidad no me interesa. Soy de los dos lados, 100% francesa y 100% marroquí.

P. ¿De los dos lados y de ninguno?

R. Eso es. Por eso soy escritora o, mejor dicho, lectora. De niña quería vivir dentro de los libros, hasta me disfrazaba de sus personajes. Cuando leía a Dostoievski me vestía con gruesos abrigos, incluso estando a 40 grados. Tenía una percepción muy intensa de la literatura porque me buscaba un país, una patria, un lugar donde sentirme bien. El lugar donde me siento mejor siempre han sido los libros.

P. Dice que tampoco cree en la noción de identidad. ¿No es este libro una manera de buscarse una?

R. Es una forma de buscarme una identidad novelesca, un ADN literario, pero no hay en este libro una respuesta sobre quién soy, porque ni siquiera yo lo sé. Para mí, las personas no existen, solo existen los personajes. Todos contamos con una parte secreta que es inmensa. Lo que percibimos de los demás es su cualidad de personajes: cómo se muestran en público, qué relatos los constituyen… Para mí, la identidad es una casita en la que a uno le gustaría reposar, pero que en realidad no existe. Es una ilusión y un lastre.

Ser extranjero es una cuestión metafísica. Las mujeres estamos acostumbradas a esa extrañeza, a esa impostura

P. Forma parte de los pocos escritores que se implican en la vida política y comentan la actualidad. Incluso aceptó un cargo oficial como representante de Emmanuel Macron en el Consejo de la Francofonía.

R. Lo hice pensando en la chica de 14 años que yo fui, una niña cejijunta y de pelo crespo que creía que no tenía nada que hacer en el mundo porque vivía en su periferia. Lo hago para las niñas como yo, que viven en Marruecos, Argelia o Túnez y aspiran a escribir o a ser libres. Les digo que la expresión libre no es tan destructora ni peligrosa como les hacen creer. Cuando era pequeña me hubiera gustado tener a una escritora con quien identificarme. Nunca vi en ninguna revista a alguien que se me pareciera…

P. Si es así, ¿por qué rechazó ser ministra de Cultura como le propuso Macron?

R. Porque no me apetecía y no me interesaba. Odio las reuniones y me gusta dormir por las mañanas. Además, acababa de dar a luz y quería ocuparme de mi hijo. No dudé ni un segundo. Es algo que no haré nunca.

P. Es un símbolo muy fuerte que, décadas después de Albert Camus, sea una mujer magrebí quien ocupa el lugar del intelectual comprometido en la sociedad francesa…

R. Sí, aunque hay gente a la que le da rabia. Les molesta que una mujer magrebí se gane bien la vida y disfrute de la notoriedad. Cuanto más éxito tengo, más malevolencia percibo. Pero continuaré hasta que llegue el duelo. Me da igual, les quiero provocar…

P. Durante el confinamiento, recibió críticas por un diario íntimo escrito desde su casa en Normandía. La acusaron de estar desconectada de la realidad, de ser una “María Antonieta que juega a ser granjera”.

R. Me provocó mucha tristeza, una gran decepción. La adquisición de propiedad siempre despierta reflejos xenófobos, como ya sucedía en los años treinta con los judíos que se compraban casas. Un árabe puede venir a vivir a París, pero comprarse una casa…, ¡eso, no! Es un país cruel con los extranjeros y con quienes tienen éxito.

Escribo para vengarme de la gente que no creyó en mí, para vengarme de quien humilla, para vengar a mi padre

P. ¿Esperaban algunos el más mínimo paso en falso para atacarla?

R. Me sorprende que no sucediera antes. Siempre he estado convencida de que las cosas me irían mal, de que llegaría muy alto, pero que luego todo terminaría muy mal, como le sucedió a mi padre [el economista Othman Slimani, falsamente acusado de corrupción y encarcelado en 2002]. Todos los días, al despertarme, me digo: “Ha llegado el día, la catástrofe empieza hoy”.

P. Ha dicho que escribe “por venganza y como reparación”. ¿Para reparar qué y vengarse contra quién?

R. Para vengarme de la gente que no me entendió y que no creyó en mí. Para vengarme de quienes humillan a otros. Para vengar a mi padre. Para vengarme de esa adolescente que creía que una mujer magrebí nunca llegaría a hacer nada importante. Cuando escribes estás obligada a ser sincera, y en cierto modo eso te repara y repara al mundo, malogrado por la injusticia, la fealdad y la violencia. Escribir es inventar otro modelo, es decir que no estamos obligados a vivir así.

El país de los otros

Autora: Leila Slimani.


Traducción: Malika Embarek López.


Editorial: Cabaret Voltaire, 2021.


Formato: Tapa dura. 448 páginas. 23,95 euros.

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