La abstención y los votos en blanco, líderes indiscutibles de las elecciones de Perú
Más de seis millones de peruanos se ausentaron en unas elecciones marcadas por la fragmentación y la desconfianza. Y más de tres millones de votos fueron nulos y blancos


De los 27,3 millones de peruanos convocados a las urnas el pasado 12 de abril en la primera vuelta de las elecciones generales, más de seis millones decidieron no votar. No fue solo apatía. El 26% de los ausentes —según estimaciones del Instituto de Estudios Peruanos (IEP)— optó por trabajar y asumir la multa. Otro 5% se quedó en casa por una razón más difícil de revertir: no confía en las elecciones ni le interesan.
Desde mediados del siglo XX, la política peruana es una historia de desilusiones, con prosperidades falaces y reformas que no llegan a consumarse. Alternancias entre autoritarismos que promueven nacionalismos o seducen con su mano dura en las épocas más vulnerables y democracias que ilusionan más con sus retornos que con sus desempeños.
Por segunda elección consecutiva, ningún candidato alcanzó el 20% de los votos válidos durante la primera vuelta. Como ha dicho más de un analista, ha sido una “pelea de enanos”. Keiko Fujimori (Fuerza Popular), la hija del autócrata que pugna por la presidencia en su cuarto intento, se posicionó en el primer lugar con apenas el 17%, mientras que a Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) o a Rafael López Aliaga (Renovación Popular) le bastará el 12% para pasar a la segunda vuelta. Veintiocho candidatos estuvieron por debajo del 4%, y 23 no alcanzaron ni un dígito de las preferencias.
Las elecciones peruanas del 2026 no tuvieron precedentes: 36 presidenciales —Napoleón Becerra murió semanas antes de los comicios, pero aun así casi once mil personas votaron por él—, en una cédula más grande que un cartón de pizza familiar. Además de los desvaríos de los malos perdedores, quienes revivieron al fantasma del fraude, la contienda será recordada por que, si los votos nulos o en blanco hubiesen formado un frente político, habrían liderado la elección con más de tres millones de adhesiones.
Los partidos políticos, que en su mayoría se alquilan para las elecciones y carecen de un norte ideológico, tienen cada vez más problemas para despertar confianza y satisfacción en la población. Julio F. Carrión, Patricia Zárate y Jorge Aragón, politólogos e investigadores del Instituto de Estudios Peruanos, se plantearon explicar este fenómeno de múltiples variables en Desencanto (IEP), un libro que se publicó semanas antes de los comicios.

“Lo que encontramos, en general, es un país desconfiado que apenas confía en su familia, muestra poco interés en la política, ha visto colapsar sus simpatías partidarias, ofrece un débil apoyo a la democracia, se muestra muy descontento con el desempeño del sistema y no siente orgullo ni respeto por él, ni cree que defiende los derechos fundamentales de las personas, y se siente muy desconectado de sus representantes”, reza una de las conclusiones de la publicación.
Basado en sondeos y mediciones, Desencanto deja en evidencia la enorme insatisfacción del peruano acerca de la forma como funciona la democracia en su país. En el 2023 exhibía el segundo porcentaje más bajo (19,2%) de satisfacción entre los países de América del Sur y el Caribe. Solo superaba a Haití, de acuerdo al Barómetro de las Américas. En el 2025, la cifra se redujo al 12%. Un caldo de cultivo que favorece a opciones antidemocráticas.
El 20,3% de peruanos considera que sus derechos básicos están protegidos. Es un 11% menos que el promedio de países de la región. Otro indicador es el acceso a la justicia. Un 18,6% de ciudadanos cree que los tribunales garantizan un juicio justo, según encuestas del 2023. Nuevamente, se trata de los porcentajes más bajos en el continente.
Perú sumará su noveno presidente en una década, un periodo de profunda inestabilidad que ha desencadenado diversas movilizaciones. Conforme a la investigación, los peruanos son de los que más salen a protestar en Latinoamérica (entre un 10% y un 14%), pero curiosamente no se involucran en organizaciones de la sociedad civil y mucho menos militan en partidos políticos. Tienen serios problemas para articular su descontento.
“Es un indicador de que es el único camino que ven como influencia política debido a la desintegración de los partidos políticos. La tragedia del Perú es que las participaciones en protestas no se traducen en una consecuencia institucional”, analiza Julio F. Carrión, profesor de la Universidad de Delaware, en los Estados Unidos.

La especialista en opinión pública y cultura política Patricia Zárate puntualiza que las movilizaciones en Perú poseen un carácter antipolítico. “Hay un mal entendimiento. Porque si quieres generar cambios, tu protesta tiene que ser política, pero la reacción suele ir en contra. Es una contradicción en sí misma. A ello se suma una élite cultural muy moralista y jóvenes que, por su poca formación política, se escandalizan porque los congresistas negocian entre ellos, cuando la política es eso, negociación”.
Cada vez que las elecciones ingresan a las instancias más decisivas, se reactiva el antifujimorismo, un movimiento político para evitar que el fujimorismo vuelva a gobernar Perú, al menos de manera oficial, pues debido a su influencia en el Parlamento y en otras instituciones del Estado, se dice que manda desde las sombras.
“No veo cómo puedes construir algo político de esa manera. No es que solo te enfrentes a los líderes del fujimorismo, sino que también desprecias a la gente que vota por ellos. Tienen un ánimo revanchista y son parte del problema, porque como el fujimorismo les da asco, no se esfuerzan en entenderlo”, anota Zárate. Por su parte, Jorge Aragón señala que, en realidad, se trata de una dualidad: el antifujimorismo y el antiizquierdismo. “Poseen la misma lógica. Es comprensible en un país donde el rechazo es más fuerte que la propuesta”.
En medio de la incertidumbre de los comicios, los tres coinciden en que una de las claves para acabar con este desencanto es fortalecer el Estado, construir instituciones sólidas de manera gradual y alentar posturas ideológicas que, más allá de sus diferencias, estén comprometidas con comportamientos democráticos. “Desafortunadamente, el voto se ha dividido de tal forma que terminaremos nuevamente con dos candidatos por los que la gran mayoría de peruanos no votaría”, finaliza Julio F. Carrión. Otra elección definida más por lo que se quiere evitar que por lo que se quiere construir.







































