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La oposición venezolana: mismo fin, caminos distintos

Los antichavistas disienten en los tiempos y la profundidad de las reformas antes de unas elecciones. María Corina Machado lidera la esperanza del cambio, pero Washington no termina de apostar por ella

María Corina Machado en Madrid, el 18 de abril. Álvaro García

Si el opositor Leopoldo López, que pasó más de cinco años entre la prisión de Ramo Verde y el arresto domiciliario, tuviera que resumir el paso de María Corina Machado por Madrid, lo contaría “como una gran demostración de la fuerza que tiene la Venezuela que exige la salida del chavismo del poder”. Y si tuviera que elegir una frase, sería la que ella misma pronunció el pasado lunes durante un desayuno con empresarios: la de liderar “una gran alianza nacional que trasciende ideologías y posiciones doctrinarias”. En el fondo, lo que defienden López y Machado es lo que defienden todos los que quieren ver al chavismo fuera del Palacio de Miraflores. Pero en la Venezuela sin Nicolás Maduro, la forma sigue dividiendo a los opositores.

En Venezuela y en el exilio, todos quieren elecciones libres, pero divergen en el cuándo. Todos quieren ver a los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez fuera del poder, pero tampoco están de acuerdo en cómo sacarlos de allí. Todos quieren reformas, aunque no terminan de coincidir en su profundidad, ni en quién debería liderarlas.

Esa fractura está muy presente en Caracas. Dignora Hernández, secretaria política de Vente Venezuela, el partido de Machado, detalla en el patio de su centro de operaciones las barbaridades acumuladas en 27 años de chavismo. Hernández señala a Delcy y Jorge Rodríguez como “la continuidad” de un régimen que la encarceló más de 500 días en la oscura prisión del Helicoide por su actividad política. Y defiende que deben irse cuanto antes: “Ellos no pueden garantizar la reconstrucción porque su esencia es destructiva”. El diputado opositor Stalin González invierte el diagnóstico: “Si seguimos planteando la lucha como un enfrentamiento existencial entre ellos y nosotros, el conflicto no va a terminar”.

Hernández y González son los dos extremos de la oposición venezolana: los llamados existencialistas, que ven al chavismo como un tumor que extirpar, y los coexistencialistas, que han aceptado que es un fenómeno político y social que vino para quedarse. No necesariamente en el poder, pero cuya visión de país tiene aún arraigo en la población.

González es uno de los 12 diputados de la oposición moderada que dialoga con el chavismo aun siendo antichavistas. Que conviven con él en la Asamblea Nacional porque creen que su pequeño margen de negociación es mejor que no tener ninguno. Se sienta junto a otros como Henrique Capriles o Antonio Ecarri que, estos meses sin Maduro, han podido regatear con los chavistas la letra pequeña de leyes como la de la amnistía o la ley de hidrocarburos.

Es un rol que no incomoda demasiado al poder y que María Corina Machado y sus aliados desprecian por haberse prestado a un sistema electoral tramposo. “Ellos son la parte teatral del gobierno. Ni siquiera sacaron los votos necesarios y el régimen les regaló los puestos para que estuvieran ahí y lavar su imagen”, dice López, en una oficina del centro de Madrid, sobre Stalin González y el resto de diputados opositores.

Las tensiones entre unos y otros se concentran estos días en la urgencia de marcar un calendario electoral. Hernández cuenta el regreso de Machado “en semanas, no en años ni en meses”, aunque admite que aún faltan “algunas alianzas por construir”. Asume que es la Casa Blanca quien marca los ritmos. De hecho, ha sido Washington quien ha frenado la rapidez con la que Machado quería volver a Caracas. “En lo particular, me gustaría que apretara más y que se aceleraran los tiempos”, admite Hernández.

En la oposición más moderada, el horizonte de una elección se alarga a uno o dos años, con un presidente o presidenta de transición que completaría el mandato hasta 2031 que habría tenido Nicolás Maduro de no haber sido capturado el 3 de enero. Es el tiempo que consideran razonable para rehacer las instituciones. “Estabilizar el país pasa por reinstitucionalizarlo, pero esto no puede ser una caída de mesa limpia”, explica el diputado Antonio Ecarri. Para que haya una elección en Venezuela con garantías, se requiere un árbitro imparcial y un sistema confiable. Todo eso toma tiempo”, defiende González.

Por ese plazo más largo apuesta también buena parte de la élite económica del país, incluso la que guarda simpatía ideológica por Machado. Saben, sin embargo, que conviene acelerar los cambios mientras dure la presión de Donald Trump, antes de que su atención se diluya en los demás frentes que mantiene abiertos en el mundo. Que los Rodríguez sigan en sus despachos o que nadie sepa todavía quién gobernará los próximos años son incógnitas incómodas, pero quizá no suficientes como para no invertir en el país, justifican. Nada que un inversor de riesgo no esté acostumbrado a incorporar a sus cálculos, mantienen expertos del sector financiero.

Desde el asiento del copiloto de un vehículo que está de gira por toda Venezuela, Juan Pablo Guanipa, aliado de Machado, se niega a fijar fecha: “No sería responsable hablar de un plazo. Lo importante es que sea lo más pronto posible. Yo le digo a la gente, cuando noto esa urgencia, que hemos luchado durante 27 años y que podemos esperar activamente durante algunos meses más”. Guanipa, liberado hace pocos meses tras ser detenido por el régimen, forma parte de la Plataforma Unitaria, el grupo de partidos que apoya la candidatura de Machado. Tanto él, que ha ganado una enorme popularidad en estos meses, como otros partidos afines, viven ya en campaña.

Todos coinciden en que se necesitan ciertos requisitos previos antes de ir a las urnas, aunque no llegan a ponerse de acuerdo en el alcance de las reformas. Guanipa exige la libertad de los presos políticos, el regreso de los exiliados, cambios radicales en el Consejo Nacional Electoral, la auditoría del registro electoral para que los venezolanos puedan votar estén donde estén y la habilitación de los dirigentes suspendidos, como la propia Machado. Los que tienen menos prisa aspiran incluso a reformar la Constitución para limitar mandatos y equilibrar el ejercicio del poder que el chavismo diseñó a su gusto para no soltarlo nunca. “Debe haber elecciones, pero la democracia no son solo elecciones”, mantiene Stalin González. “La votación no puede verse como el fin, sino como parte de un proceso”.

Ecarri, por ejemplo, señala un problema de fondo que se mantendrá, sea quien sea el gobernante, si no se hacen cambios profundos: el de la “hiperpresidencialización”. En Venezuela, el presidente de la República concentra las funciones del jefe de Estado, del presidente del Gobierno y del 90% de las competencias del parlamento, explica. “Pero no podemos ir a una reforma constitucional sin antes reconstruir acuerdos mínimos, entre ellos el del poder judicial. Ese es el primer avance real para poder ir a alguna reforma seria”, defiende Ecarri. “Hay que quitar lo más tóxico del chavismo y del madurismo que impiden la seguridad jurídica”.

El corresponsal para América Latina de The Economist le preguntó recientemente a Machado por las mismas dudas que presentaron a EL PAÍS en Caracas algunos miembros de la élite venezolana sobre su liderazgo. Un grupo de influencia, que también susurra en Washington, y que prefiere una figura más moderada y dialogante que ella, aunque menos popular, para que el régimen ceda el poder. Creen que las transiciones solo tienen éxito si no suponen una ruptura total. La líder opositora despreció la idea: “Menuda democracia —dijo—, la historia de Venezuela demuestra que esta estrategia simplemente no funciona”.

La búsqueda de un liderazgo alternativo al de Machado se ha convertido, desde hace meses, en una de las tareas discretas de Washington. Trump ha recibido a la opositora varias veces y ella cultiva excelentes relaciones con ciertos lobbies estadounidenses, pero el republicano no ha terminado de convencerse de que ella sea lo que más conviene a sus intereses.

Mientras Delcy Rodríguez le ofrece obediencia y previsibilidad desde Miraflores, el presidente estadounidense decidió relanzar a otra figura: un opositor respetado dentro de Venezuela, aunque con mucho menos tirón popular que Machado. Y así fue como Enrique Márquez, exrector del Consejo Nacional Electoral y candidato presidencial derrotado en las fraudulentas elecciones de 2024, apareció por sorpresa a finales de febrero en el discurso sobre el Estado de la Unión, invitado por el propio Trump. Fue en esos comicios que Edmundo González Urrutia, el candidato de Machado, ganó con cerca del 67% de los votos, según las actas que presentó la oposición.

Recién salido de la cárcel en la que lo metieron por intentar demostrar el fraude de Maduro, Márquez es capaz de sentarse a hablar con chavistas y con opositores. El gesto, breve pero calculado, fue la forma más clara en que la Casa Blanca podía decir, sin decirlo, que en Venezuela hay más de un interlocutor posible.

Aunque Washington es el único con capacidad para acelerar los cambios, en la capital de España viven muchos de quienes aspiran a conducirlos. En Madrid residen algunos de los principales líderes políticos de la oposición, que además cuentan con el apoyo político de la derecha, la ultraderecha y el respaldo económico de una parte importante del capital que aspira a llevarlos al poder.

Durante los cinco días que Machado pasó en Madrid, ha defendido su principal propuesta económica para la recuperación de Venezuela: la privatización total de la petrolera PDVSA. A esa hoja de ruta han dado su apoyo nombres como el propio Leopoldo López, Antonio Ledezma y, por supuesto, Edmundo González, todavía hospitalizado. A ellos se suma Julio Borges, que reside en Valencia. Atrás quedaron los tiempos en que estaban enfrentados.

Las principales voces del exilio en España coinciden en la necesidad de empujar una hoja de ruta para la que es necesario tener el apoyo de Trump, comenzando con un regreso de Machado “coordinado” con Washington. En ese entorno, hay pocas dudas sobre el liderazgo de la opositora. De hecho, ella por momentos habla como si fuera ya presidenta. Con una mano exige libertad para los partidos perseguidos y con la otra ofrece algo que no había mencionado hasta ahora: garantías de protección o inmunidad para algunos miembros del régimen con el fin de asegurar una transición democrática. No hay dudas de que hoy por hoy es la preferencia de los venezolanos, pero en un país donde ha ocurrido lo impensable, el gran juego sigue abierto.

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