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El crimen se desplaza de las costas al interior de Ecuador y convierte ciudades tranquilas en focos de violencia

El narco transforma las regiones de Los Ríos y El Oro en escenarios de homicidios, secuestros y extorsiones

Operativo militar en contra de la violencia, en Babahoyo, Los Ríos, en febrero de 2024.Carlos Arias (Agencia Press South/Getty Images)

Luis —que pide que no se publique su verdadero nombre— tuvo 20 minutos para decidir si huía o no de sus captores. 20 minutos que separan la vida anterior de la que viene después. A su lado, otras dos personas también secuestradas permanecían inmóviles, paralizadas por el miedo, incapaces siquiera de soltarse las cuerdas que les ataban manos y pies. Los habían abandonado a la orilla de un río, tras vaciar sus cuentas bancarias y sus tarjetas. Mientras se alejaba, todavía aturdido, Luis pensaba en la advertencia que había recibido 15 días antes: que no saliera de noche, que ya lo tenían “fichado”. Ese día el trabajo lo obligó a atravesar la llamada ruta ecológica, siete kilómetros de carretera entre Babahoyo y Quevedo, en el centro-oeste de Ecuador. Hoy, ambas ciudades figuran entre las más peligrosas del mundo.

Según la clasificación anual de la organización mexicana Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, que elabora la lista de las 50 ciudades más peligrosas del mundo, en 2025 seis ciudades ecuatorianas aparecen entre las diez primeras. Babahoyo irrumpe por primera vez como la segunda más violenta, con 166 homicidios por cada 100.000 habitantes. Machala ocupa el cuarto lugar; Quevedo, el quinto; el centro de la provincia de Manabí, el séptimo; y Guayaquil, durante décadas sinónimo de puerto y crimen, el octavo. La violencia no ha disminuido: cambió el mapa.

Hace una década, en las principales ciudades de Los Ríos, El Oro y Manabí, la tasa de homicidios no superaba los 15 por cada 100.000 habitantes. Hoy triplican o cuadruplican esa cifra. El crecimiento ha sido abrupto.

Luis nació en Quevedo, en la provincia agrícola de Los Ríos. Creció entre fincas de banano, plátano y café. “Queremos pensar que la vida sigue igual, pero ya no tenemos esa vida tranquila de antes”, dice meses después del secuestro. En su familia, el delito se volvió rutina. A su suegro, de 75 años, también lo raptaron. Pagaron rescate. En la entrega, los criminales enviaron a un niño de 12 años para recoger el dinero mientras hombres armados vigilaban desde matorrales y vehículos cercanos con fusiles. Lo soltaron dos días después en una carretera secundaria. No se había recuperado de las precarias condiciones en las que estuvo cautivo cuando regresaron a su casa a disparar. “Parece que hubo una mala repartición y volvieron a por más”, resume Luis. Fue entonces cuando parte de la familia se separó y migró a otro sitio hasta que las cosas se calmaran.

En Los Ríos, transitar se ha convertido en una negociación. Antes de recorrer ciertas vías, muchos piden permiso a la mafia o pagan la “vacuna”: una tasa informal de “protección” para circular por carreteras públicas. El Gobierno ofrece otra narrativa. El 26 de febrero, el presidente Daniel Noboa visitó Quevedo para entregar ocho tractores a cooperativas agrícolas. En un discurso que duró cuatro minutos, aseguró que su Gobierno se ha enfrentado a la delincuencia y que los indicadores mejoran.

Disputa entre el relato oficial y la vida diaria

Pero cuando la comitiva presidencial abandonó la ciudad, uno de los tractores fue robado y tres agricultores secuestrados en la vía Jauneche-Mocache, una carretera que los vecinos describen como territorio tomado por las bandas. Cuando el caso se viralizó en redes sociales, un operativo con 300 militares y helicópteros recuperó la maquinaria y rescató a los campesinos. La escena mostró la ironía en la que se vive en Ecuador: la disputa entre el relato oficial y la vida diaria.

El Índice Global de Crimen Organizado, que mide la intensidad de los mercados ilícitos y sus actores en una escala del 1 al 10, otorga a Ecuador una puntuación de 7,48 en criminalidad en 2025, casi dos puntos por encima de la media regional (6,13). El país dejó de ser solo un corredor y pasó a ser territorio en disputa.

El negocio del narcotráfico es, sin duda, uno de los principales motores de esta violencia que se ha desplazado a las provincias. Los puertos de Guayaquil y Esmeraldas, que durante años fueron las principales puertas de salida para la droga ecuatoriana, ya no son los únicos actores en esta historia. Pero en los últimos cinco años, la fragmentación de las bandas y la presión estatal en ciertos enclaves empujaron a los grupos hacia nuevas plazas, analiza Renato Rivera, director del Observatorio Ecuatoriano del Crimen Organizado. Los Ríos y El Oro, con su interconexión a través de la Sierra y la Amazonía, se han convertido en unas de las nuevas arterias del narcotráfico, territorios disputados por bandas que no solo trafican con drogas, sino que también se expanden a través de secuestros y extorsiones. La violencia se atomizó y llegó a regiones nuevas.

“La violencia en Los Ríos tiene relación con el importante flujo comercial y lo que representa para el comercio de bienes formales”, explica Rivera. “En ciudades donde hay una concentración del comercio, también hay disputa criminal”, sostiene. A su juicio, provincias como Los Ríos y El Oro, al sur, se han convertido en nodos logísticos: bodegas, rutas, enclaves. Y Manabí y Esmeraldas, al norte, son aprovechadas por su gran cantidad de puertos pesqueros y artesanales por donde están sacando la droga sin mayor esfuerzo de control estatal.

En Babahoyo, Verónica —nombre protegido— mide el pulso del miedo en la tienda de ropa donde trabaja. “La gente ya no sale de noche, no va a fiestas ni a bares. Y si no sale, no compra”, dice. El consumo revela el repliegue. El mayor temor no es solo el asalto, sino el azar: sentarse junto a alguien que sea objetivo de una banda y quedar atrapado en un ajuste de cuentas. “Nos hemos vuelto desconfiados de todos. Cuando salgo de mi casa, ya ni saludo. No sé si eso me convierte en sospechosa”, lamenta. En la costa ecuatoriana, el encierro se ha vuelto una forma de supervivencia, así como no mirar de frente, evitar dar la identidad. Una sociedad que ha empezado a bajar la voz.

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