Europa y América Latina ante el fin de las certezas: acercamiento en un mundo que se rompe
Josep Borrell, Iván Duque, Laura Chinchilla, Eduardo Frei y Enrico Letta dibujan un diagnóstico común: la política exterior de Trump se convierte en un factor de inestabilidad

Una sesión con tres expresidentes latinoamericanos. Un ex primer ministro italiano. Y un vicepresidente de la Comisión Europea. Piensan distinto, creen en modelos de gobernanza distintos, pero coinciden en que vivimos en un mundo inestable, que necesita nuevas fórmulas para sobrevivir.
La sesión, parte del Foro Internacional para América Latina y el Caribe que se celebra estos días en Panamá, arrancó con una metáfora que terminó funcionando como resumen involuntario del debate. La escena global, arrancó el moderador y periodista de EL PAÍS Andrea Rizzi, nos lleva a la gran obra de Kafka: “La metamorfosis no es solo lo que está en el centro, sino también lo que ocurre alrededor”. El cambio no es solo lo más evidente, el hombre que se transmuta en insecto, sino también la evolución de quien le rodea. Su traducción en el tablero geopolítico actual: el mundo se transforma, pero también lo hacen —por obligación— todos los que lo habitan.
Josep Borrell, directo, marcó el tono de la mesa desde el primer minuto. Para el exvicepresidente de la Comisión Europea, el gran parteaguas no es una disputa comercial ni un episodio aislado, sino un corte ideológico y estratégico. “El gran factor disruptivo que significa Trump” ha supuesto “el fin del mundo occidental”, dijo el exministro socialista español. Y advirtió: “No estoy exagerando”. Para Borrell, el vínculo transatlántico, tal como Europa lo entendía, ha dejado de servir de suelo firme y alertó de “un cambio radical” en las condiciones de seguridad. Mientras Europa sigue mirando a Ucrania con la guerra en curso, la protección estadounidense ya no es una garantía. Aunque aún hay quien no lo concibe, alertó.
La fractura, dijo, también se reproduce en América Latina. “Por parte latinoamericana también están ustedes divididos”, explicó: hay gobiernos “muy cercanos a Trump” y otros que se alinean con una visión distinta del orden internacional, basada “no en la fuerza, sino en la ley, en el orden”. En esa doble división —Europa partida, América Latina partida—, Borrell señaló una consecuencia práctica: Europa necesita “buscarse otros aliados, otros mercados” y acercarse a la región “más próxima, cultural y lingüísticamente”. Su conclusión fue explícita: una relación más estrecha puede ser “un contrapeso” ante la “dinámica de ruptura del orden internacional” que, a su juicio, “está promoviendo hoy Estados Unidos”.
Si Borrell trazó el mapa geopolítico, el expresidente de Colombia, el derechista Iván Duque, eligió un punto de partida incómodo: existe una relación histórica y estratégica entre América Latina y Europa, sí, pero citó algunos datos para desmontar cualquier atisbo de autocomplacencia. Antes de los tratados de libre comercio entre ambas regiones, aseguró, “el intercambio crecía un 30% más al año” y “sigue creciendo, pero por debajo de la tasa de crecimiento que teníamos antes”. La inversión europea ha sido clave, admitió Duque, pero “mantiene una tendencia a desacelerarse”. El problema, se sugirió en la mesa, no es la falta de potencial, sino la incapacidad de convertirlo en una estrategia sostenida. Crítico con el bloqueo para terminar de cerrar el acuerdo Mercosur-UE, el exmandatario colombiano defendió el comercio como una herramienta para “aislar de los vaivenes ideológicos las relaciones internacionales”.
El tercer giro lo introdujo la expresidenta de Costa Rica Laura Chinchilla: la seguridad como condición de posibilidad de todo lo anterior. La exmandataria de centroderecha se anticipó: “Aquí no hay buenas noticias”. Y su lanza no se limitó a América Latina. Europa, dijo, “ya pasó a convertirse en el primer mercado de consumo de cocaína del mundo”. La seguridad dejó así de ser un asunto regional para convertirse en un problema compartido, con flujos ilegales que conectan producción, consumo y decisiones geopolíticas. Y si América Latina concentra la producción y Europa se convierte en el mercado más dinámico, la cooperación —advirtió Chinchilla— no es un gesto diplomático, sino una necesidad.
El ex primer ministro italiano Enrico Letta jugó con lo planteado antes por Borrell, Duque y Chinchilla: la globalización no desaparece, pero muta. “La globalización no se acabó en este periodo. Cambió”, afirmó. Y precisó el sentido de ese cambio: menos apertura indiscriminada entre continentes y más integración regional dentro de ellos. Una mutación que obliga a los bloques intermedios a ganar escala o resignarse a la irrelevancia. La idea que ha sobrevolado toda la jornada de este miércoles en el foro. “El cambio de la globalización va en la dirección de una integración regional entre los diferentes continentes. Es menos intercontinental, es más intracontinental”, añadió Letta, decano en IE University.
Para explicarlo, Letta recurrió a dos referencias claras. Por un lado, China: recordó que “el más importante discurso el año pasado del presidente chino Xi Jinping fue para lanzar el plan de cinco años para crear el mercado interno y eliminar las barreras en China”. Por otro, Estados Unidos: “Sabemos muy bien que el plan de Trump es America First”. Dos modelos distintos, pero con un denominador común: reforzar el espacio propio antes de negociar con el resto. Ese giro, compartido por potencias rivales, redefine el tablero para regiones que no logran actuar como bloque. “La economía del futuro va a estar dominada por tres grandes actores: Estados Unidos, China e India”, avanzó Letta. Frente a esos polos, dijo, europeos y latinoamericanos solo tienen una salida viable: “Tenemos que integrarnos al interior y tenemos que ser capaces de trabajar juntos”.
Sobre Europa, el ex primer ministro italiano habló sin rodeos de las debilidades estructurales: competitividad, mercado único, dependencia tecnológica, financiera y energética. “Sabemos que no somos autónomos, no somos independientes tecnológicamente, financieramente, energéticamente, y tenemos que hacer algo para ser autónomos e independientes”. La vulnerabilidad, quedó claro, no es solo latinoamericana. La frase funcionó también como espejo para América Latina: “Estamos en el mismo barco”.

El expresidente chileno Eduardo Frei ofreció el diagnóstico más áspero de la mesa sobre la realidad latinoamericana. Desde su experiencia en las negociaciones con la Unión Europea, recordó que ya a finales de los noventa se advertía a Chile que debía “juntarse con cinco o seis países de América Latina”. Y, mientras el italiano Letta celebraba el acuerdo entre continentes, Frei subrayó con ironía que la firma de Mercosur ha tardado “27 años” y que aún enfrenta obstáculos para entrar en vigor. Para Frei, el problema es más profundo: “Todos los procesos de integración no han funcionado, no hay ninguno que funcione”. El democristiano enumeró la falta de integración energética, de infraestructura y de coordinación política como síntomas de una región fragmentada que “hoy día no pesa en la escala mundial”. En un contexto de competencia entre grandes bloques, esa falta de escala se convierte en un lastre estratégico. Y al referirse al fracaso de gobiernos incapaces de resolver los problemas cotidianos y de construir una voz regional común en un mundo cada vez más competitivo, concluyó: “La gente se cansó”.
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