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Ataque de Estados Unidos a Venezuela
Análisis
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos

¿Y si Venezuela es solo el principio?

El ataque de Trump puede extenderse a otros países para consolidar la hegemonía de EE UU en Occidente frente a la expansión de China

Esta barbarie de Venezuela no tiene visos de detenerse en el territorio venezolano. Trump llevaba meses amenazando hasta que ha logrado sacar a Maduro de su fortaleza. La primera víctima, vejada y pisoteada, es el derecho internacional. El resto de los países occidentales se encoge, paralizado, como los viajeros del metro cuando un matón golpea a alguien. O como cuando el pistolero empieza a armarla en el salón del Oeste. Si la operación prosigue con derramamiento de sangre, malo. Pero si cuajase en una transición medio pacífica, las consecuencias podrían ser aún peores.

Porque entonces Trump podría ver más que justificada la famosa doctrina que el presidente James Monroe anunció en 1823. El objetivo de Washington en el siglo XIX era que las potencias europeas no intervinieran en los asuntos de América. Y eso justificaría después el intervencionismo de Estados Unidos en lo que consideraba su patio trasero, su cheque en blanco para implantar al Pinochet de turno. Trump lleva esa doctrina como estandarte en el documento de 33 páginas, publicado en noviembre, donde se detalla la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. El sábado, mientras difundía una foto de Maduro esposado y con los ojos vendados, le preguntaron en la conferencia de prensa:

—Señor presidente, los críticos dicen que esto es un regreso al imperialismo del siglo XIX. ¿Está usted reviviendo la doctrina Monroe?

Y respondió:

—Estamos haciendo algo mucho mejor. Yo lo llamo la doctrina Don-Roe. Lleva mi nombre y el de Monroe, pero es mucho más fuerte. Significa que Estados Unidos es el jefe de este hemisferio. No vamos a permitir que China, Rusia o Irán tengan presencia en nuestro patio trasero. Durante demasiado tiempo dejamos que nos pisotearan. Eso termina hoy. Este es nuestro vecindario, y lo vamos a mantener limpio y seguro. La Doctrina Monroe fue algo grandioso, pero no tenía los dientes que yo le estoy dando. Tenemos el ejército más poderoso y vamos a usarlo para proteger nuestros intereses y nuestras fronteras.

Si el atropello no termina en Venezuela, puede que tampoco se detenga en Cuba. Trump advirtió en la misma comparecencia:

—Creo que Cuba será algo de lo que acabaremos hablando muy pronto, porque Cuba es una nación fallida ahora mismo. Su sistema no ha sido bueno para ellos. El pueblo ha estado sufriendo durante muchos, muchos años.

Y que tampoco se frene en Colombia. Otro periodista preguntó:

—¿Y qué hay de Colombia? El presidente Petro ha condenado la operación como una violación del derecho internacional.

—Él [Petro] está fabricando cocaína. Tienen al menos tres grandes fábricas de cocaína funcionando ahora mismo y la están enviando a los Estados Unidos. Así que él tiene que cuidar su trasero.

Puede que no se sacie ni con Groenlandia, para donde ha nombrado un enviado especial dos semanas antes de invadir Venezuela. Y quién sabe si no volverá a bromear sobre anexionarse Canadá. Aunque todo esto pueda parecer una locura, hay mucha lógica en ella. Y todo ello podría desembocar en una palabra: China.

El gran duelo del siglo XXI se está librando entre Estados Unidos y China. Pekín no se conforma con las obras de su Nueva Ruta de la Seda o sus constantes ejercicios militares sobre Taiwán, sino que avanza sus peones sobre Latinoamérica. El líder chino, Xi Jinping, tendió la mano en mayo a los países de la región, presentándose como alternativa al “unilateralismo y el proteccionismo” de Trump. China se ha convertido en el segundo socio comercial de Latinoamérica, por detrás de EE UU. Y para varios países, como Brasil, Chile y Perú, ya es el primero.

El pasado abril, la Embajada china en Buenos Aires publicó un mensaje en el que reivindicó su influencia en América Latina frente a Washington. Pidió a EE UU que se abstenga de “obstruir o sabotear deliberadamente” la asistencia china en el continente. “Esa actitud deja al descubierto el carácter hegemónico e intimidatorio de un proceder inmoral”, advirtió.

Es posible que tarde o temprano Pekín desenfunde y dispare contra Taiwán. Para entonces, contará con Rusia de su lado y sus coreanos del norte. La lógica de Trump dicta que Washington ha de estar preparado para cuando llegue el momento. Y esa preparación no consiste en reforzar la relación con Europa, a la que humilla diciéndole que sus partidos neonazis y de ultraderecha son mejores pianistas, tocan mucho mejor la partitura antieuropea que a él le gusta escuchar… sino por tener bajo pleno control su rancho occidental.

Todo esto cabe en el saco de la lógica trumpista para medirse con China: el petróleo de Venezuela, el triángulo del Litio (un área del tamaño de California que abarca territorios de Chile, Argentina y Bolivia), donde se encuentra el 50% de las reservas mundiales de litio, los minerales críticos de Ucrania, de Sudamérica o Groenlandia, el estrecho de Panamá al que insiste en “recuperar”… Y, también, forzar a los países aliados a comprar armas a Estados Unidos bajo el pretexto de que hay que aumentar el gasto en la OTAN.

El secuestro de Nicolás Maduro es, en última instancia, un mensaje cifrado para Xi Jinping: el “siglo americano” no ha muerto, simplemente ha cambiado de modales. Al pisotear el derecho internacional para “limpiar su vecindario”, Trump marca una línea de fuego sobre el mapa. En el nuevo orden, los recursos estratégicos de otros países se convierten en botines de una Guerra Fría que ya ha empezado a calentarse. Solo los países que cuentan con el arma atómica pueden permitirse ese lujo llamado soberanía nacional.

Si sale mal el ataque a Venezuela, malo. Si sale medio bien —sin más derramamiento de sangre—, peor. Pero hay una tercera opción: que salga mal y a pesar de ello, Trump continúe con su doctrina Don-Roe, hundiendo lanchas en cualquier costa, pisoteando el derecho internacional en Cuba, Colombia y en el resto del rancho, incluida Europa.

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Sobre la firma

Francisco Peregil
Redactor de la sección Internacional. Comenzó en El País en 1989 y ha desempeñado coberturas en países como Venezuela, Haití, Libia, Irak y Afganistán. Ha sido corresponsal en Buenos Aires para Sudamérica y corresponsal para el Magreb. Es autor de las novelas 'Era tan bella', –mención especial del jurado del Premio Nadal en 2000– y 'Manuela'.
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