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Delitos digitales
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Criptojusticia: la interacción entre el crimen digital y la corrupción algorítmica

En las dos últimas décadas, las economías criminales se han vuelto casi invisibles

Latinoamérica enfrenta al auge del crimen organizado transnacional, que mezcla inteligencia artificial, criptomonedas y corrupción algorítmica para eludir sanciones y reescribir las reglas del poder. La justicia debe digitalizar su ética antes de que el código sustituya al derecho. Los nuevos capos del crimen ya no trafican cocaína ni armas. Trafican datos, algoritmos y criptomonedas. Su territorio carece de fronteras físicas: son servidores repartidos por medio mundo. Su fuerza no nace de la violencia, sino de la invisibilidad.

El crimen organizado ha mutado en una red global que combina economía digital ilícita, corrupción institucional y opacidad financiera. Ya no compra funcionarios: compra sistemas. Y mientras los delincuentes operan con velocidad cuántica, el derecho todavía camina —como se suele decir— con pies de papel. En las dos últimas décadas, las economías criminales se han vuelto casi invisibles. El narcotráfico se blanquea a través de NFT —activos digitales únicos basados en blockchain, útiles para el arte digital legítimo, pero también para el lavado de dinero cuando se inflan artificialmente—; las redes de trata se financian con stablecoins anónimas y los grupos de Ransomware operan como auténticas multinacionales del delito, con departamentos de “atención al cliente”.

Las criptomonedas, símbolo en su día de libertad financiera, se convirtieron en la herramienta perfecta para el lavado de activos digitales. Los mixers y exchanges sin vigilancia recuerdan a los viejos paraísos fiscales, solo que ahora basta un clic.

En España y en toda Europa, las autoridades financieras advierten algo parecido: la evasión de sanciones internacionales mediante criptoactivos y redes opacas. Desde Moscú hasta Dubái, capitales públicos y privados esquivan los vetos europeos a través de billeteras descentralizadas y sociedades pantalla.

La corrupción ya no viaja en transacciones convencionales, sino en líneas de código. La cibercorrupción se ha vuelto una forma nueva de captura institucional: funcionarios que alteran bases de datos, algoritmos que priorizan intereses privados, sistemas hechos para esquivar el control judicial.

En algunos países, los sobornos se esconden en transacciones tokenizadas; en otros, los sistemas de contratación pública se manipulan desde su propio código fuente. La opacidad dejó de ser una consecuencia para transformarse en una estrategia deliberada. España no está al margen. Las recientes reformas en transparencia digital y los planes europeos de ciberseguridad intentan cerrar ese hueco legal que permite que la tecnología pública —desde una licitación automática hasta un sistema policial basado en IA— se reprogramen para fines oscuros. Además, el Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea (AI Act) abre una puerta decisiva para auditar los algoritmos públicos y privados que influyen en decisiones con impacto legal.

Ante este panorama surge una idea que empieza a tomar forma: la criptojusticia. No busca criminalizar la tecnología, sino humanizarla. Es decir, construir un marco ético y jurídico que devuelva la rendición de cuentas a los entornos descentralizados, donde la soberanía se disuelve entre nodos, servidores y algoritmos.

Sus pilares son tres:

1. Justicia algorítmica: contratos inteligentes con cláusulas éticas, trazabilidad verificable y vías de resolución de disputas.

2. Responsabilidad distribuida: desarrolladores, validadores y exchanges con deberes fiduciarios; ya no vale esconderse tras la neutralidad del código.

3. Supervisión digital: auditorías algorítmicas y cooperación internacional en tiempo real; la vigilancia no puede seguir siendo analógica en un mundo programado. En definitiva, la criptojusticia intenta devolver la confianza a la era de la automatización: poner a las personas —no al código— en el centro del Estado de derecho.

Por otro lado, el crimen organizado transnacional aprendió que la violencia llama la atención, pero la codificación da poder. Los cárteles del ransomware operan en criptomonedas; las mafias financieras usan inteligencia artificial para automatizar fraudes; y algunos Estados autoritarios levantan ecosistemas de corrupción algorítmica para vigilar, censurar o desviar fondos sin dejar huella. En este tablero global, la evasión de sanciones se ha convertido en la arteria del poder geoeconómico. Desde plataformas DeFi hasta bancos fantasma en jurisdicciones “amigas”, el dinero sancionado circula con la misma facilidad que un tuit. Hoy la impunidad ya no se decreta: se programa. El reto no es técnico, sino ético. La humanidad cedió su poder a los algoritmos sin preguntarse si estos conocen los límites de la conducta. La justicia penal enfrenta un dilema nuevo: ¿cómo perseguir la corrupción cuando el autor del delito es un sistema autónomo?

Los países tienen la histórica oportunidad de liderar un nuevo contrato social digital donde el código sea verificable, la información trazable, y los algoritmos responsables ante el derecho. Por ejemplo, España, con su experiencia en cooperación judicial y su liderazgo en políticas de Compliance, puede convertirse en un laboratorio ético de criptojusticia europea. Porque el futuro no se decidirá en los parlamentos, sino en los servidores. Y si no programamos la ética en el corazón de esa revolución, el crimen organizado —no la ciudadanía— acabará siendo el soberano de la era digital.

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